El menú

Ismael Juárez

Me encontraba sola frente a una ensalada de atún y una botella de vino de Toro en aquel restaurante tan lleno de gente. Levanté la vista al llevarme a la boca el primer bocado y avisté una mesa al fondo del comedor, donde una pareja de hombres degustaba al parecer un segundo plato, conversaba y se dedicaba delicadas miradas. Me di cuenta de cómo el más delgado, de pelo largo y piel blanca, le cogía la mano al más musculoso, sonriente, de piel negra. En aquel momento éste le decía algo al otro. Luego rieron a grandes carcajadas. A continuación se besaron.

La ensalada me había gustado, ligera y exquisita. Bebí un sorbo de vino para celebrarlo en silencio. Esperando el segundo plato imaginé cómo aquella pareja de hombres haría el amor. Pensé en una habitación cualquiera pero tras sorber de nuevo la copa, la habitación se convirtió en una casa hecha de bambú, sin ventanas, sólo con un vano de entrada desde donde no muy lejos de allí un mar muy, muy azul, se asomaba. En el interior, de pie, apoyado frente a una pared circular, el hombre delgado era montado por el hombre musculoso.

Fue entonces cuando vino el segundo plato: estofado de carne. Miré hacia la mesa en la que aún comían los dos hombres y bebí otro poco de vino de Toro. Me imaginé de nuevo dentro de aquella casa de bambú con los dos hombres. Ambos seguían desnudos. Estaban frente a mí, me miraban, se daban cuenta que yo estaba por desvestir. Sonreían. Yo también.

El más grande y más sonriente fue el primero en acercarse a mí. Me besó en la boca y me dijo algo al oído que, lo que son las cosas, siento vergüenza de transcribir aquí. Luego empezó a quitarme lentamente la ropa al tiempo que comenzaba a besarme y tocarme más, más, más y más allá de donde empieza el deseo. Bebí otro sorbo, cerré los ojos y sentí como el más delgado también me besaba en la boca, también me quitaba ropa, se sumergía también en mi cuerpo. Desde más allá, el mar azul arrastraba los sonidos de su oleaje hasta el interior de la casa de bambú y empezaba a llover.

Pronto estuve completamente desnuda entre los dos. Asediada por los besos inmensos del hombre sonriente y del hombre con pelo largo, los tres nos dejamos conquistar y atar al goce de los sentidos. Por un instante, no sin cierto humor, comparé y constaté que entre el hombre negro y el hombre blanco el tópico una vez más se cumplía. La incipiente lluvia estalló y los tres nos vimos dentro de una tormenta de verano. El mar rugía. No pude evitar entonces mojar un poco de pan en la salsa del estofado y llenarme la copa. A continuación los dos hombres y yo nos encadenamos usando nuestros eslabones opuestos. Encadenados, el hombre musculoso me hacía gozar, yo hacía gozar al hombre delgado y el hombre blanco hacía gozar al hombre negro. Dos sorbos de Toro más tarde, empezamos a intercambiar eslabones, a jugar a encadenarnos con todas las formas posibles. También con las imposibles.

Terminé el estofado y apuré la copa de vino. Los dos hombres estaban pagando y yo me daba cuenta que había bebido algo más de lo previsto durante aquel menú. Aunque era invierno no llovía afuera y el mar estaba a cientos de kilómetros de aquel restaurante. Sin embargo me desafié a tener  la compostura suficiente y digna para comerme el postre: unos bollitos de coco con nata. No había probado el primero de ellos cuando una chica pelirroja y con un piercing en su ceja izquierda, se acercó y me dijo: ¿Te importaría que me sentara y compartiéramos mesa? Es que el restaurante está lleno y tengo prisa. Sonreí y le dije: Por supuesto. Me encantará tomarme el postre contigo.

Foto principal: www.espaciogastronomico.com