Cuando los fantasmas te visitan al amanecer

Borja Pino / @BorjaPino

Aquella mañana Virginia se despertó con ganas de un polvo. Entraba una luz excesiva por el enorme ventanal de la habitación, y maldijo entre dientes cuando sospechó que su despertador había fallado otra vez. Se frotó los ojos para tratar de adaptarlos a la incómoda claridad matinal y giró sobre sí misma, buscando a su lado, a tientas, el cuerpo desnudo de Ángel. Meditando sobre la marcha en la forma más sensual de rogarle que la follase.

Él no estaba allí.

Igual que ayer.

Y que anteayer.

Y que el día anterior.

Tardó casi dos minutos completos en ser consciente de que hacía año y medio que Ángel ya no vivía allí. No quedaba nada de él en aquel loft frío, aséptico, de paredes blanquecinas y tonos generales que evolucionaban a lo largo de toda la escala de grises. Sólo el vacío en armarios y cajones, el juego de llaves de repuesto en el cenicero que había sobre la cómoda, el contorno de su cuerpo impreso en el colchón, cada vez más difuminado. Aparte de eso, cero.

Virginia pensó en todo eso sin nostalgia ni tristeza. Sólo la embargaba una profunda decepción, un fastidio que nacía en su cerebro, recorría todo su magnífico busto y moría en su sexo, húmedo e hinchado por el deseo.

– Hijo de puta… – murmuró entre dientes – Al final, conseguirás que te acabe pidiendo que vuelvas.

Empujó las sábanas hacia atrás de una patada, se despojó de las finas bragas amarillentas que conformaban su atuendo, escupió en la palma de la mano derecha y, tras separar y flexionar las piernas cuanto pudo, la apoyó de plano sobre su coño, sin molestarse en sondear la hendidura de gruesos labios enrojecidos.

– Pues te vas a joder–gimió mientras empezaba a frotarse el sexo, apretando suavemente su clítoris, oculto bajo jugosas cortinas de carne vaginal –. Esta vez disfrutaré yo sola.

Frotó y frotó, retorciéndose de placer y mordiéndose el labio para ahogar los gritos. No le gustaba chillar cuando se masturbaba; lo consideraba un desperdicio de energía que jugaba en detrimento del orgasmo.

De ese orgasmo que no llegaba.

Apretó con más violencia, recreándose en la viscosa película blanca que cubría sus dedos, procurando gozar al notar que los labios de su vulva se separaban sin que ella hiciese apenas presión. Cerró los ojos y trató de imaginar el cuerpo de Ángel; de visualizar sus manos, grandes y viriles, acariciando sus pequeños pechos; de sentir en su boca el tacto de aquella verga larga, gruesa y rojiza, siempre húmeda, que Virginia tanto disfrutaba chupando.

– Puta… – musitó, esforzándose por imitar la voz ronca de Ángel – ¡Puta!

La mandíbula le temblaba. Los brazos le temblaban. Las piernas le temblaban. Estiró los pies y hundió la cabeza en la almohada, acomodándose para recibir ese clímax que se retrasaba. No solía tardar demasiado en correrse cuando estaba sola, y la tardanza le preocupaba. Se metió dos dedos de la zurda en la boca, los empapó de saliva, levantó unos centímetros el culo e introdujo uno de ellos en su ano. Un escalofrío de dolor y de placer recorrió su ser, haciéndola flaquear y arrancándole un gritito sordo. Su culo, acostumbrado a acoger cilindros mucho más gruesos que aquel, se dilató pronto y se adaptó sin problemas a la anchura del primer dedo. Luego, del segundo. Y, por fin, de un tercero.

El orgasmo no llegaba.

– ¡Maldito cabrón! – gruñó Virginia, frustrada, al tiempo que se arañaba coño y ano– ¿Por qué me has hecho esto, joder?

Lágrimas de rabia corrían por sus mejillas, irrumpían en su boca a través de las comisuras, se filtraban por entre los dientes hasta la lengua. El sabor de aquel líquido le hizo recordar la noche, ahora ya tan lejana, en que, tras una cena en un McDonalds y un casposo último polvo en el descansillo de su piso, le había pedido a Ángel que se largase de su vida para no regresar.

Finalmente, Virginia se detuvo.

Permaneció unos instantes así, desnuda y abierta, húmeda por delante y con tres dedos dentro de su enrojecido culo. Aturdida, petrificada, extrañamente cansada. Incapaz de moverse. Harta de todo.

Giró la cabeza hacia la ventana y sollozó, suplicando a un “nadie” indeterminado que la luz del día disipase pronto sus ganas de llorar, de mandarlo todo a la mierda y de abrirse las venas en una bañera llena de agua tibia. De dejarse ir, sola y olvidada. De quitarse de en medio de una puta vez.

Entonces, reparó en el reloj amarillo impreso en la inmensa pantalla publicitaria que pendía del edificio de enfrente.

Las 10:47.

Hacía casi dos horas que debía estar en el trabajo.

Foto de portada: www.areadenoleer.com