El despertar

Borja Pino / @BorjaPino

Adrián abre los ojos cubiertos de legañas a una grisácea mañana londinense. Es uno de esos amaneceres encapotados, lúgubres, tormentosos, tan típicos del octubre británico. Un algo indescriptible, mezcla de pereza, cansancio, hastío y sueño acumulado flota en el ambiente, impregna la pequeña habitación repleta de polvo, envuelve los dos cuerpos desnudos que descansan sobre la cama, cubiertos por un mugriento juego de sábanas que alguna vez fueron blancas. Un olor dulzón mana del lecho. Whisky barato, refresco de cola, aroma de porro, gel lubricante, sudor, semen…Vicio.

El joven, de no más de treinta años, se muerde la muñeca para reprimir un bostezo, arranca con una uña las legañas solidificadas que bloqueaban sus párpados y vuelve la cabeza hacia la derecha. La única ventana de la estancia, desprovista de persianas y con las cortinas abiertas, ofrece una nítida visión de un edificio de paredes de ladrillo salpicadas de desconches, un par de farolas cubiertas de carteles y la parte superior de una cabina telefónica roja. Kensington. Allí se encuentran ahora. Él y su acompañante. Adrián tarda un rato en recordar el nombre del lugar, su ubicación en el mapa y la identidad de la persona que ronca a su lado.

Se llama Ángel, cree recordar. Sí, ese es su nombre. Ángel. Español, para más señas; lo mismo que él. Una curiosa coincidencia del tiempo, del espacio y de la vida. Lo ha conocido la noche anterior, en un pub islandés que está a apenas quinientos metros del hotel en el que Adrián se aloja, el mismo en el que se encuentran en ese momento. Ambos estaban solos, acodados en la barra, buscando en el fondo de las jarras de Guinness las respuestas a preguntas dolorosas que atenazaban sus almas y obstaculizaban su felicidad. Adrián fue el primero en hablar. No hizo falta ni que se presentasen en profundidad, ni que intercambiasen datos superfluos. Se desahogaron el uno en el otro, necesitados de alguien que escuchase sus miserias, sus anhelos, sus sueños perdidos o, al menos, en suspenso indefinido. Cuando el local cerró, Adrián le ofreció a Ángel una última cerveza en la tranquilidad de su habitación; ni siquiera llegaron a abrir una sola lata.

Adrián gira sobre sí mismo y contempla el cuerpo de Ángel; permanece en el lado izquierdo de la cama, acurrucado, dándole la espalda. Tiene estética de atleta decadente. Los brazos, hasta hace poco fibrosos y cargados de energía, ya empiezan a volverse fofos y blandos, y un amago de barriga comienza a crecer en su recientemente escultórico vientre. Películas de vello crecen en lugares en los que su presencia ha estado vedada hasta hace nada. Aún así, sigue siendo una deidad masculina. Y folla bien. Muy bien. Adrián suspira, entre complacido y apesadumbrado. Está seguro de que, a diferencia de sí mismo, Ángel no es gay.

Temeroso de que el despertar de Ángel vaya acompañado de una súbita conciencia de su heterosexualidad y de un rechazo inmediato, Adrián se aprieta un poco más contra él, sin llegar a rozarle, y aspira el aroma que desprende su pelo ensortijado y descuidado, su recia nuca, sus hombros relucientes por el sudor seco. Al mismo tiempo, desliza una de sus manos hasta su propio pene, pegajoso y cada vez más enhiesto, adherido a la mata de vello negro que bordea su base gracias a la acción del semen coagulado. Se toca. Se muerde los labios. Recuerda el tercer y último polvo de la noche mientras agita su rabo, y sueña con volver a perforar el culo de su amante, cálido y acogedor en su dura virilidad.

– Oh, coño… – gime, esforzándose por evitar que la creciente excitación le arranque un grito delator – Si pudiera darte una vez más

Imágenes nítidas cruzan su mente, acompañadas de texturas, olores y sabores maravillosos y todavía muy cercanos en el tiempo. El abrazo inicial, los besos y las caricias, las nubes de ropa volando en todas direcciones, la lengua de Adrián sumergida en el ano de Ángel, la polla del primero cobijada en la boca del segundo, la aliviadora falta de condones, los pegotes de lubricante, la entrada del uno en el culo del otro, y viceversa…

Es una paja secreta, sucia, rápida. Al cabo de pocos minutos, Adrián alcanza el orgasmo. Su cuerpo se crispa, estira las piernas, se acerca más al cuerpo de su amante. Muerde la almohada empapada al tiempo que de su polla brota un potente chorro a presión de semen blanquecino y espeso, seguido de otros dos más débiles y de un cuarto de nuevo intenso. La lefa se estrella contra uno de los glúteos de Ángel, forma gruesos pegotes, comienza a gotear hacia abajo, desaparece en la hendidura del culo reaparece poco después, hasta formar un charquito pegajoso en la sábana.

– Joder, puta… – musita Adrián, abriéndose la polla una y otra vez para escupir hasta la última gota de semen – Si sólo pudiera…

Entonces, de súbito, Ángel se da la vuelta.

Sus ojos claros, de un azul glauco, muy poco mediterráneos se clavan en los de Adrián. No hay enfado en ellos, ni resentimiento, ni tan siquiera desconcierto. Sólo un profundo humor y una leve decepción.

– Serás idiota… – dice, y estalla en carcajadas mientras esparce sobre sus nalgas el semen tibio – ¡Podrías habérmela metido! ¡Te estaba esperando!

Foto de portada: singleinpanama.blogspot.com