Mi obsesión

Borja Pino / @BorjaPino

A veces no puedo evitar pensar en Rikar; no en su forma de ser, ni en su rostro, ni tan siquiera en su cuerpo como conjunto. Nada de eso. Lo único de él en lo que soy capaz de concentrarme es en su pene. Sólo en su pene. Lo sé, es algo bastante raro, y más aún si tenemos en cuenta que sólo estuvimos juntos una noche, y por espacio de unas pocas horas. Pero es que la verga de Rikar no se parecía en nada a ninguna de cuantas he conocido (y os aseguro que no ha sido un número escaso). Largo y grueso, ligeramente curvado hacia arriba y totalmente liso, su pene era una combinación equilibrada de potencia y de elegancia. Poderoso, refinado, perfecto…

Lo intuí ya en la discoteca en la que nos conocimos esa misma noche, cuando rozaba su paquete contra mi culo y mis piernas durante los bailes, y yo notaba aquello hinchado y endurecido bajo la ropa, reclamando a gritos su libertad. Mis sospechas se confirmaron en el taxi que nos llevó a su piso, en el que le palpé la entrepierna con descaro ante la atónita mirada del taxista. Y obtuve la prueba definitiva durante la subida en el ascensor, cuando le metí la mano dentro de la bragueta y tomé entre mis dedos aquella verga inflada, aquel portento cárnico encerrado en unos tiránicos calzoncillos del algodón.

Hasta tal punto me obsesioné con él, con liberarle y hacerle gozar como se merecía, que mi primera reacción en cuanto estuvimos a solar en su piso fue obligar a Rikar a sentarse en uno de los butacones del salón, arrancarle los pantalones y los calzoncillos a tirones, arrodillarme entre sus piernas y admirar la hermosura equilibrada de aquel miembro perfecto. Ni siquiera tuve tiempo de desnudarme; me saqué los tacones con los pies, así su polla con una mano y me puse a trabajar.

La primera vez que me metí en la boca aquella verga masiva y dura sentí que, a mi alrededor, el mundo se detenía, desaparecía, y que sólo estábamos ella y yo. Su sabor, su textura, su olor… No sabría decir exactamente qué me cautivó, pero desde ese momento me quedé colgada de aquel miembro enhiesto. Al margen quedó la simpatía y el cariño de Rikar, su rostro infantil no especialmente agraciado, incluso su bello cuerpo escultórico, semejante al de un antiguo hoplita griego. Esa noche mi cuerpo y mi alma giraron exclusivamente en torno a su polla, mi polla. Sólo ella me llenaba, me hacía sentir viva, me convertía en una mujer plena y satisfecha. Mi obsesión, mi amante, mi confidente, mi mejor amiga.

Le lamí el glande, tiré de su prepucio con mis dientes, repté sobre toda la verga con mi lengua; aquella masa engordaba en mi boca, palpitaba, parecía a punto de estallar. Jugué a probar cuánto era capaz de tragármela, y aluciné al descubrir la cantidad de carne que mi garganta podía acoger. Rikar gozaba, gemía y me tiraba del pelo sin dejar de repetir “Pero… ¡Por Dios, Virginia! ¡Me la vas a arrancar!”, y clavaba los dedos en los reposabrazos del butacón mientras se retorcía de placer.

Yo no le escuchaba; estaba concentrada en la mamada que le estaba haciendo, en lamer cada centímetro de su majestuoso falo, de aquel tótem del placer. También sus huevos disfrutaron de mis atenciones; me metí ambos testículos en la boca, los absorbí a conciencia y mordisqueé con gula la piel que de su escroto, pero pronto abandoné aquella parte de su anatomía, harta de tragarme pelos y de recorrer superficies tensas, rugosas e inertes. Mi tesoro fálico era mejor, mucho mejor.

Temblaba, ardía, se erguía más y más con cada nueva chupada, como si tuviese vida propia, y era suave y sedoso, agradable al gusto y al tacto. Mamé como una descosida durante casi media hora, hasta que Rikar no pudo aguantarlo más. Cuando por fin se corrió, bebí ávidamente el semen que brotaba de la hendidura de su falo, saciando mi sed con cada nuevo chorro. Y, cuando hube saboreado la última gota de aquel jugo que tanto había anhelado probar, corrí de puntillas al cuarto de baño y me enjuagué la boca con agua.

Rikar estaba satisfecho, y no hicimos nada más en toda la noche; tampoco yo tenía muchas ganas de proseguir con la velada. Se durmió enseguida, despatarrado sobre el butacón, roncando a pierna suelta. Yo me calcé en silencio, cogí mi bolso y, sin hacer ruido, salí del piso para no volver nunca más.

Foto de portada: blog.enfemenino.com