Vida (I)

Borja Pino / @BorjaPino

Las primeras luces del amanecer se filtraban a través de la persiana de la habitación, inundando el cuarto con el calor de aquella mañana del septiembre vallisoletano, iluminando el rostro de la mujer que dormía al otro extremo de la estancia, acurrucada en la cama, cubierta sólo con una fina sábana azul.

Miriam abrió un ojo, recién salida de un sueño profundo y placentero, y estudió la habitación con mirada cansada y soñolienta. Nada había cambiado desde la noche; la ropa esparcida por el suelo, el escritorio lleno de apuntes y de manuales de gestión empresarial, los pañuelos de papel arrugados apilados a los pies de la cama, únicas pruebas del arrebato masturbador que la había poseído de madrugada… Todo seguía igual, incluso el sueño que todavía sentía, fruto de los tres días de estudio ininterrumpido de los que acababa de salir hacía apenas doce horas. Y, pese a todo, se sentía feliz, más dichosa que nunca.

Echó hacia atrás con los pies la sábana, descubriendo su magnífico cuerpo, y se acomodó sobre el lecho, intentando despejarse. Un amplio espejo cubría por completo la pared a la derecha de la cama, y Miriam sonrió al verse reflejada en el cristal. Tendida boca arriba, completamente desnuda, mantenía una pierna estirada y otra ligeramente flexionada, y su brazo derecho descansaba sobre la almohada, detrás de su cabeza, oculto bajo su larga melena azabache.

El vientre, hinchado y endurecido en su octavo mes de embarazo, coronado por el pequeño bultito en que se había convertido su ombligo, le impedía verse el sexo; alargó el brazo y, con dos dedos, acarició el suave y delicado vello negro que cubría su pubis, y palpó la hendidura de su vulva, húmeda y llena. Recorrió con las yemas uno de sus pechos, inflado y abundante, y aunque le dolía hacerlo, pellizcó suavemente el amplio pezón, lo retorció con delicadeza, y dos gotitas de leche brotaron de él. Miriam esparció aquel líquido blanquecino sobre su teta, se miró de nuevo en el espejo y sonrió, satisfecha. Estaba estupenda; su cuerpo seguía siendo esbelto y atractivo a pesar de lo avanzado de su estado, y no había perdido su apetito sexual. Lo que el cristal reflejaba le gustaba. Era una estampa maravillosa, digna de los pinceles de Boticceli.

El reloj de la cómoda marcó las siete en punto de la mañana. La luz del sol se hacía más intensa por momentos, pero Miriam no tenía ninguna gana de ponerse en pie aún. Era sábado, los exámenes ya habían terminado y su cuerpo, exhausto tras las largas jornadas de estudio, reclamaba reposo, así que bostezó ruidosamente y se tapó de nuevo con la sábana, arropada por las caricias de aquella tela ligera y sedosa. Cerró los ojos y, sonriendo de oreja a oreja, se durmió plácidamente.

Recordaba con claridad cuándo y cómo había ocurrido; no había vuelto a tener sexo con alguien hasta mucho después, cuando su barriga ya se perfilaba bajo la ropa con nitidez (lo que le había servido para descubrir hasta qué punto ponía cachondos a los hombres follar con una mujer embarazada). Había sido en febrero, ocho meses atrás, durante una gélida noche de invierno. Él se llamaba Mayo, era ecuatoriano y se ganaba la vida yendo de una ciudad a otra, dibujando con sus dedos paisajes al óleo sobre baldosas de cerámica que, después vendía a 3€ el dibujo.

Miriam lo había conocido en la plaza Fuente Dorada, en el centro de Valladolid, mientras volvía a casa tras haber estado estudiando durante toda la tarde en la biblioteca de San Nicolás. Se había detenido por pura casualidad delante del tenderete de Mayo, simplemente para ajustarse uno de los zapatos, pero el muchacho había aprovechado el lapso de tiempo para pintarle una preciosa cascada bordeada por una frondosa selva en la que se combinaban los verdes más dispares y coloristas. A Miriam le encantó el dibujo, más aún cuando Mayo se negó a aceptar su dinero. Ella le dio las gracias y le preguntó cómo podía pagárselo, y él respondió que tomando algo juntos. Eran casi las once de la noche, hacía frío y Miriam estaba destrozada tras las horas de estudio intensivo, pero no fue capaz de decirle que no; Mayo irradiaba una fuerza especial, un encanto irresistible, fruto de su sangre latina. Ella asintió con la cabeza, y cuando el muchacho hubo desmontado el tenderete, los dos se pusieron en camino.

Fueron a un local llamado “El Patriarca”, un barucho de mala muerte situado junto a la Plaza Mayor, donde los mojitos costaban 2€ y la salsa no dejaba de sonar en el hilo musical. Pidieron un mojito cada uno y comenzaron a charlar, interrogándose, hablando de sí mismos; al principio Miriam se había sentido incómoda, fuera de lugar, pero no tardó en relajarse. Mayo era alegre, atento y muy guapo, y la hizo reír a carcajadas contándole algunas de sus hazañas con el sexo opuesto.

Diez minutos de conversación bastaron para que Miriam comprendiese que Mayo era un machista convencido, un controlador agresivo, un dominador violento. Y a Miriam, necesitada de sexo y acostumbrada a empuñar el timón en la cama, aquello le excitaba. Machista, violento, esclava… Repetía esas palabras para sí una y otra vez, y se sorprendió al descubrir que su cuerpo se encendía, que su boca se llenaba con ellas. Una oscura mancha de humedad comenzó a empapar sus bragas, y Miriam cruzó las piernas para que Mayo no lo notara.

Salieron del bar en torno a las doce y media y echaron a andar juntos, charlando animadamente. Mayo no podía dejar de parlotear; hablaba de su familia, de Ecuador, de sus conquistas amorosas, de sus peripecias sexuales… Miriam escuchaba, reía de vez en cuando y apenas intervenía. A las afueras del centro él la tomó de la mano; ella no se resistió. Se besaron y se abrazaron durante todo el trayecto; Mayo apretaba las nalgas de Miriam y le hundía la lengua en su boca, para que ella la absorbiese. Cuando llegaron frente al piso de Miriam, sito en la calle Doce de Octubre, él la tomó en brazos, la subió por las escaleras hasta el segundo y, una vez dentro de la casa, se encerraron en su habitación.

CONTINUARÁ…

Foto de portada: mujerurbana.net