Vida (II)

Borja Pino / @BorjaPino

La desnudó despacio, con ternura y mimo, cubriéndola de caricias y de besos. El abrigo, la camisa, la falda, el sujetador… Optó por dejarle puestas las medias negras, que le llegaban hasta las rodillas, pero descalzó sus pies, arrojando los tacones a una esquina de la estancia. Partió el elástico de las bragas con los dientes, se las arrancó de un tirón, las olisqueó como si fuese un perro, las chupó. Después frotó su cara contra el pubis de Miriam, le separó las piernas y hundió su lengua en el húmedo sexo de la muchacha. Ella gemía, se retorcía de placer, temblaba mientras notaba aquel músculo mojado recorrer su coño, apretar el clítoris, tratar de meterse entre los labios. Un dedo áspero, cubierto de pintura seca, penetró lentamente en su vagina, perforando la carne, escarbando, buscando algo oculto en lo más profundo de su cuerpo.

Miriam chilló, a punto de caer de rodillas; apoyó un pie sobre el hombro de Mayo, se agarró a su cabeza y siguió gozando de aquel dedo que la penetraba, de aquella lengua que la lamía y de un segundo dedo que, empapado en saliva, comenzaba a acariciarle delicadamente el orificio del ano. Trató de dejar la mente en blanco, pero no pudo; sólo podía pensar en comerle la polla a Mayo, en mordisquearle los huevos, en metérselos enteros en la boca. Gula, locura, verga, placer… Aquellas palabras llenaban su mente, la poseían, la esclavizaban. – Dame tu polla – le suplicó, tirándole del pelo –. Por favor, vida mía. Dame tu polla.

Mayo ignoró sus súplicas. Dobló un dedo dentro del cuerpo de Miriam y frotó con él las paredes de su coño; ella se estremeció de dolor y de placer. Mayo lo repitió una, dos, tres veces, hasta que Miriam sintió que algo se rompía dentro de ella, que se estaba partiendo en dos, que se iba a morir de placer. Entonces sobrevino el orgasmo, violento, sucio, profundo. Le pareció que su clítoris iba a estallar, rojo e inflamado; su vagina se contrajo de golpe, atrapando el dedo de Mayo. Miriam cayó de rodillas ante su amante, gimiendo y jadeando, mientras un charquito de los jugos de su sexo comenzaba a extenderse en el suelo, entre sus piernas. Se abrazó a Mayo, derrotada, y trató de recuperar el control de sí misma.

Voy a follarte, guarra – le dijo él –. Te va a gustar.

Los oscuros ojos de Mayo brillaron de ansiedad y de deseo, y Miriam no pudo negarse; además, su sexo, dilatado y húmedo, todavía insatisfecho, reclamaba más carne, más dolor, más placer… Mayo la cogió en volandas, la depositó con cuidado sobre la cama y empezó a desnudarse. Tenía un cuerpo atlético, de piernas y brazos recios, y su miembro erecto, largo y estilizado, rematado por una masa violácea cubierta de una espumilla blanca, era hermoso y potente.

Recostada en el lecho, Miriam se mordió el labio, ansiosa por tener aquella magnífica verga dentro de su cuerpo. Cuando se hubo quitado el último calcetín, Mayo se inclinó sobre la muchacha, se acomodó entre sus piernas y, guiando su pene con la mano, lo introdujo lentamente en la cálida vagina de ella. El sexo de Miriam se abrió aún más para acoger aquella polla hasta entonces desconocida, hinchada y dura, que palpitaba y engordaba a medida que Mayo profundizaba más y más.

Eres mi putita – le susurró al oído –. Mi zorrita guapa. Mi coñito privado. Y vas a gozar, niña. Vas a gozar…

Lo repetía una y otra vez, entre embestida y embestida, como si de una letanía se tratase. Miriam notaba cómo el sexo del joven crecía, se inflaba y ardía cada vez que pronunciaba aquella especie de oración. Mayo enloquecía, gritaba, temblaba, respiraba con dificultad. Clavó sus uñas en los hombros de Miriam, arrancándole un chillido de dolor, y reprimió el deseo de abofetearla; ella gozaba, extasiada por aquella mezcla de placer y de tormento, encantada de sentirse utilizada por aquella bestia, por aquel muchacho antes cándido y amable, y ahora agresivo y ansioso por hacerle daño.

Quería provocar a Mayo, enfadarle, obligarle a atizarle, a causarle dolor. Jamás había experimentado un deseo como aquel, animal, inhumano, perverso. Hincó sus dedos en el culo de Mayo, se metió uno de sus pezones en la boca y lo mordió fuerte, muy fuerte, hasta hacerle sangrar; él le apartó la cara de un tortazo, la aferró por el cuello, clavó su cabeza en la almohada. Miriam rió, gimió, pidió más… Mayo la abofeteó de nuevo, la estranguló, clavó sus dientes en una de sus tetas, devolviéndole multiplicado por diez todo el dolor que ella le había causado. Y Miriam, poseída y feliz, sintió que su sexo estaba a punto de explotar otra vez.

Entonces, sacudido por un violento espasmo, Mayo se corrió; lo hizo con la potencia de un toro salvaje, escupiendo por su polla oleadas de un semen tibio y viscoso, chillando de alivio cada vez que un nuevo chorro salía a presión. Miriam le abrazó, dejó que se vaciase a placer dentro de su vagina, sintió, la vida de Mayo llenar su cuerpo y fluir por todo su ser. Él jadeaba, agotado por el esfuerzo, cubierto de sudor. Miriam le envolvió con brazos y piernas, le acarició la espalda con ternura, le susurró dulces palabras de cariño al oído, tratando de calmarlo, de hacerlo suyo… Pero Mayo no lo comprendió.

De un salto bajó de la cama, limpió con un pañuelo de papel el semen que goteaba de su pene aún enhiesto y, sin mediar palabra, tomó su ropa y salió del piso, tarareando entre dientes mientras bajaba las escaleras. Y Miriam, ignorada y sola, incapaz de moverse por el cansancio y por el estupor, con las piernas muy separadas y el semen de Mayo manando de su sexo, no pudo reaccionar más que esbozando una sonrisa bobalicona. Sólo entonces reparó en el hecho de que Mayo no había usado condón…

Cuando Miriam se despertó, el reloj de la cómoda señalaba las diez y media de la mañana. El sol se habían afianzado en el cielo, y su luz bañaba la cama deshecha, la blanca piel de la muchacha, su rostro sonriente. Retiró la sábana de un puntapié y se incorporó.

– ¡Ya va siendo hora de hacer algo de provecho! – exclamó en voz alta. Saltó alegremente de la cama y se desperezó, haciendo crujir cada una de las articulaciones de su escultórico cuerpo. Se sentía alegre, dichosa, henchida de vitalidad. Acarició con ternura su vientre desnudo, responsable directo de su felicidad, y sonrió.

Todo saldrá bien, mi vida – murmuró –. Yo cuidaré de ti.

Satisfecha, gozosa, radiante de felicidad, se calzó las zapatillas y se encerró en el baño, decidida a darse una reconfortante ducha. El día, luminoso y alegre, se extendía ante ella en toda su plenitud.

A Míriam, buena enemiga y aún
mejor amiga, que acaba de ser madre
y se merece lo mejor de este mundo. 
¡¡¡Enhorabuena!!!
 

Foto de portada: escarchaenlamirada.blogspot.com