El regreso a casa

Borja Pino / @BorjaPino

La noche cubría con su lúgubre manto de penumbra las calles de Valladolid, desafiando a la tenue luz que irradiaban las escasas farolas diseminadas por las aceras. La reunión de los veteranos de la residencia universitaria había concluido más tarde de lo previsto, y era ya de madrugada cuando el taxi nos dejó a mi novio y a mí frente a nuestro piso, sito en el barrio de Belén, junto a las principales facultades de la ciudad. Soplaba un gélido viento del norte, propio de aquel mes de diciembre, y los dos estábamos ateridos; su elegante traje negro le protegía razonablemente del frío, pero mi vestido de algodón, complementado con unos ceñidos leggins negros y con unas sandalias de tacón de aguja, apenas servía de defensa, y todo mi cuerpo tiritaba, helado como un témpano.

Subimos a casa lo más rápido que pudimos, corriendo cogidos de la mano, riéndonos como dos tontos cada vez que uno de nosotros tropezaba con un escalón. El piso nos recibió con el dulce calor de la calefacción que, a petición mía, habíamos dejado encendida durante nuestra ausencia, a pesar de las reticencias de mi novio. Él respondió a mis burlas al respecto con una sonora carcajada, mientras se despojaba del abrigo y de la americana. En cuanto a mí, dejé la chaqueta y el bolso sobre el sofá del salón y entré en la cocina.

El frío había despertado mi apetito, y estaba mordisqueando la crujiente cobertura de galleta de un bombón de chocolate cuando, de súbito, mi novio me abordó por la espalda. Apretó mi cuerpo contra el suyo, besó y lamió mi nuca, me acarició suavemente el vientre, tratando de palpar mi sexo sobre la tela; yo le seguí el juego. La fiesta de aquella noche nos había excitado a los dos, y notaba cómo su miembro, hinchado por el deseo y aprisionado dentro del pantalón, se clavaba en mi culo.

Se moría de ganas de poseerme, y yo también, así que después de apartarle de mí con fingido desdén, esbocé una sonrisa juguetona, le di la espalda de nuevo y me recliné sobre la vitrocerámica. Él me subió el vestido y bajó mis leggins y mis bragas a la altura de las rodillas. Hundió su mano entre mis nalgas y las separó con cuidado, dejando al descubierto la húmeda hendidura de mi sexo, y el arrugado y contraído agujero de mi ano, completamente cerrado; yo estaba intrigada y un poco asustada, pero le dejé hacer. Se arrodilló a mis espaldas, encajó su cara entre mis glúteos y empezó a lamerme, a absorberme, a beber de mi vulva, inflada y encharcada. Su lengua reptaba sobre mi carne, ágil y húmeda, extrayendo unas pocas gotas de mi vida cada vez que la introducía en mi sexo.

Temblé, me estremecí de placer, y tuve miedo de que mis tacones de aguja me jugasen una mala pasada, de caer de rodillas y arruinar el momento. Mi novio lo intuyó; me cogió en brazos, me sentó sobre la encimera y, lentamente, comenzó a desnudarse. La corbata, la camisa, los zapatos, los pantalones… Aquella era la primera vez en toda la noche que contemplaba su miembro; era un pene sencillo, en absoluto extraordinario, ni muy largo ni demasiado bajo, pero suave y cálido, apoyado en una base de carne oculta bajo una tupida mata de vello púbico, rizado y castaño. El bálano, hinchado y amoratado, estaba recubierto de una babilla blanquecina y viscosa, salpicada de burbujas, que desaparecía cada vez que el prepucio se cerraba sobre el glande. Me gustaba su pene; era elegante y apetitoso, y me mordí el labio con disimulo mientras frotaba una pierna contra la otra, ansiosa por tenerlo dentro de mí.

Cuando la última prenda acabó encima de la mesa, mi novio me descalzó, me sacó las bragas y los leggins y, después de lamer dulcemente mis piernas, se colocó entre ellas, lubricó su falo con saliva y, ayudándose con una mano, me penetró. Poco a poco, centímetro a centímetro, su miembro fue llenando mi cuerpo, entró dentro de mí tan suavemente que apenas sentí una levísima punzada de dolor cuando mi vagina acogió su carne enhiesta.

Me abrazó con fuerza, tenso por la excitación; yo le envolví con mis brazos y con mis piernas, y le acepté gozosa en mi interior. Hicimos el amor allí, en la cocina, intercambiándonos calor y cariño, placer y amor. Le acaricié las nalgas con mis pies, recorrí su espalda con los dedos, me embriagué con el agradable olor de su pelo. Su cabeza reposaba sobre mi hombro mientras me penetraba. Con voz entrecortada por el placer, le susurré al oído que le amaba, que no quería separarme de su lado jamás, y él respondió dándome un tierno beso en el cuello. Era feliz, y yo también.

Ahora se movía más rápido, jadeaba, gemía. Una fina película de sudor cubría nuestros cuerpos. Me quitó uno de los tirantes del vestido, desnudó uno de mis pechos y se lo metió en la boca; aquello pareció relajarle un poco. Apreté con ternura su cabeza contra mi teta y le dejé mamar a placer, sintiendo sus labios en torno a mi pezón erecto y duro, gozando de aquellas suaves y húmedas caricias. De pronto, comenzó a temblar, a gritar palabras inconexas, sacudido por violentos espasmos. Clavé mis pies y mis manos en su carne desnuda, aumenté la presión que ejercía sobre su cabeza y le pedí que eyaculara, que se vaciase dentro de mí.

Chilló, se irguió de súbito, y un potente chorro de semen salió despedido de su pene, llenó mi cuerpo, me hizo estremecer de placer. Satisfecha, mi vagina recibió el néctar de su orgasmo, tibio y espeso, y noté cómo se derramaba fuera de ella, deslizándose suavemente por mis ingles. Mi sexo estalló poco después, y entonces fui yo la que se vació entre gritos de éxtasis, implorando enloquecida más placer, más placer…

Permanecimos abrazados durante largo rato, empapados y exhaustos, incapaces de movernos por el agotamiento, con los músculos entumecidos y nuestros jugos goteando de nuestros cuerpos. Él me acariciaba la nuca, me besaba la barbilla y el cuello, chupeteaba con dulzura los lóbulos de mis orejas; era su particular forma de decirme que me amaba, que estaba a mi lado y que, pasase lo que pasase, siempre cuidaría de mí.

Le abracé, encantada y feliz, enamorada de él hasta lo más profundo de mi corazón. Nos apretamos el uno contra el otro, agradeciéndonos mutuamente aquel violento arrebato de amor carnal, y luego mi novio concluyó lo que había comenzado hacía apenas media hora: me quitó el vestido, dejándome completamente desnuda sobre la encimera, y limpió con un pañuelo de papel el semen que goteaba de mi vulva. Entonces, con toda la ternura que reservaba para los momentos que pasábamos a solas, me tomó en brazos y, sin dejar de besarme ni por un instante, me llevó a nuestra habitación.

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