Adicción (I)

Borja Pino / @BorjaPino

Hola, querido lector.

Me llamo Diana, tengo 24 años, soy universitaria y, antes de seguir con esto, quiero dejar claro que este texto no constituye ni un alegato de culpabilidad, ni un grito de ayuda, ni tan siquiera un desahogo desesperado. Nada de eso. Sencillamente, es el reconocimiento por escrito de un hecho incuestionable: estoy enganchada a la masturbación. Tal cual. Así de simple y de claro. Soy una adicta, una obsesa, una ninfómana de una especie peculiar. Estoy enferma, lo sé, y me gusta. Y, para que nadie se forme una idea errónea de mí, que conste que soy una chica bastante normal.

Estudio cuando debo, follo cuando quiero (estoy de un buen ver razonable, y eso ayuda), tengo mi propio grupo de amigos y puedo charlar de más de un tema de interés general sin quedar como la “guapa tonta” de la conversación. En definitiva, tengo una vida social bastante rica, y me atraen las mismas cosas (o casi) que interesan a la gente de mi edad y de mi condición. Lo único que me diferencia de mis amigos es que, mientras ellos encuentran el placer supremo en las fiestas, en el cine o en el sexo con otra persona, yo lo encuentro en el onanismo, en hacerme dedos cuándo, dónde y cómo mi cuerpo mi lo pide.

Ya sea en mi cuarto o en el baño de una discoteca, sola o acompañada, con mis manos o valiéndome de algún objeto, en el momento en que el calor del sexo parte de mi coño y se expande por todo mi cuerpo debo masturbarme; necesito masturbarme. Y hacerlo hasta alcanzar un orgasmo profundo y pleno, hasta vaciar toda mi excitación en forma de flujos vaginales, hasta liberarme de los grilletes que aprisionan mi sexo. El de la masturbación es un arte que he ido perfeccionando con el paso de los años, y que me ha llevado a probar un buen número de objetos, de personas y de lugares.

Recuerdo con claridad la primera vez que me masturbé. Tenía catorce años por entonces, aunque parece que, en vez de una década, han pasado sólo unos pocos días. Hasta entonces, aunque había jugueteado y tonteado con mi sexo, jamás me había planteado darme placer en firme. Era una noche de otoño; mis padres, hartos de la rutina laboral que se repetía semana tras semana, habían ido al teatro, y yo me había quedado en casa bajo el cuidado de Clara, nuestra vecina y amiga de confianza, una cuarentona soltera de apariencia gris y de vida monótona, arisca y amargada, pero con un elevado sentido de la disciplina y de la responsabilidad, lo que la convertía en la canguro perfecta.

Me acuerdo de que, a media noche, me levanté de la cama y, muerta de sed, me encaminé a la cocina para beber un poco de agua. Estaba a punto de consumar mi misión cuando, de improviso, me llamaron la atención unos extraños ruidos procedentes del salón, y el tenue parpadeo de la televisión, que iluminaba intermitentemente la parte final del pasillo. Me asomé por la puerta entreabierta. Clara, sentada en una de las butacas del salón, dándome la espalda, con el vestido subido y las bragas a la altura de los tobillos, acariciaba su arrugado y peludo sexo con ambas manos, jadeando y agitándose sobre el asiento como una posesa. En la pantalla del televisor, una joven asiática, de no más de veinte años, chupaba ávidamente la monstruosa polla de un negro que, sentado en un sofá escarlata, reía y profería palabras en inglés, visiblemente satisfecho.

No sé cuánto tiempo permanecí allí, de pie junto a la puerta, cautivada por aquella surrealista escena. Clara, la vecina gris, la solterona aburrida, la mosquita muerta del edificio… ¿Masturbándose ante una mamada interracial? ¡Ni en mis sueños más retorcidos se me habría ocurrido imaginar que tal cosa fuese posible! Era una situación irreal, incómoda, repulsiva… Y, a la par, excitante, sucia, peligrosamente placentera. Me retiré de allí en el momento en que el negro penetraba por el ano a la asiática, cuando un hilillo de baba comenzaba a deslizarse por la comisura de la boca de Clara.

Recorrí el pasillo de puntillas, procurando no hacer ruido; a cada nuevo paso notaba la humedad que cubría mi sexo, que empapaba mis bragas, que amenazaba con deslizarse por mis piernas, dejando un delator reguero de gotas transparentes a lo largo del pasillo. Realmente me había excitado la visión de aquella verga erecta como una lanza, de aquella boca babeante que la engullía, de aquel ano perforado inmisericordemente por un pene brutal… Pero, sobre todo, era incapaz de olvidar la imagen de mi vecina sobre la butaca, semidesnuda, con los ojos cerrados y la baba goteando de su boca, mientras sus dedos se hundían en aquel sexo maduro, mojado, oculto bajo un espeso vello negro, y reaparecían recubiertos de una película gelatinosa, espesa y brillante. Evoqué aquella escena con tal intensidad que, a medio camino de mi habitación, tuve que detenerme y apretar una pierna contra la otra para no correrme y mearme allí mismo.

Llegué a mi cuarto a duras penas, enfebrecida y sudorosa. Eché el cerrojo a la puerta, me acosté de nuevo y, temblando de ansiedad, me despojé de los calcetines, de los pantalones y de las bragas, hasta que mi sexo, hinchado y enrojecido, quedó totalmente desnudo. Separé las piernas cuanto pude, me abrí el coño con delicadez y coloqué un dedo sobre el clítoris, que palpitaba e irradiaba un calor de una intensidad desconocida para mí hasta el momento.

Y así, desnuda de cintura hacia abajo, mordiéndome los labios para no atraer a la vecina con mis gemidos, me hice mi primer dedo. Froté y froté mi vulva durante casi una hora, haciéndolo cada vez más rápido, intentando arrancarle a mi cuerpo porciones cada vez más grandes de placer. Primero un dedo, luego otro, uno másHasta que toda la mano cubrió mi coño, empapado e inflado, y yo me retorcí de puro placer, creyendo que me iba a morir.

Cuando por fin me corrí, flexioné las piernas cuanto pude, aferré con la mano libre la almohada y, ahogando un chillido de gozo, un chorro de un líquido transparente salió despedido a presión de mi coño, mojó las sábanas, salpicó el suelo de corcho de mi habitación. Temblé y lloré, sacudida por violentos espasmos que casi me arrojaron fuera de la cama, vaciándome a gusto, dejando que mi cuerpo vomitara todo aquel placer retenido durante tanto tiempo. Y cuando por fin me relajé me cubrí de nuevo con las sábanas, me tumbé sobre un costado y así, parcialmente desnuda y extenuada, cubierta de mis propios jugos, con una mano sobre el húmedo sexo para mitigar el escozor que sentía, me quedé plácidamente dormida.

Foto de portada: silviaortegasan.blogspot.com