Adicción (II)

Borja Pino / @BorjaPino

Desde aquella noche, ahora tan lejana, la masturbación se ha convertido en una de las piedras angulares de mi vida, en una adicción incorregible, en una grata forma de esclavitud. Hasta hace cuatro años, pocos eran los días en que no me daba placer a mí misma una o varias veces. Y, aunque desde que estoy en la universidad mis hábitos onanistas se han visto mermados, aún procuro masturbarme, al menos, tres veces a la semana.

En medio de este torbellino sexual que me domina mis orgasmos, habitualmente sucios e intensos (siempre he sido una mujer atraída por las formas más atípicas y sórdidas del placer), han sido desatados por los más variados objetos: consoladores y vibradores de todo tipo, bolas de plástico, cojines, esponjas, peluches, medias, rotuladores, estuches… Sin contar las lenguas, los labios, las manos e, incluso, los pies de mis amantes, a los que habría que sumar un buen número de pollas y algún que otro coño. Pero, del amplio abanico de elementos que me han procurado (y que todavía me procuran) placer, ninguno puede igualar a mis propias manos. Sólo ellas conocen la forma exacta de masturbarme, la profundidad justa a la que deben sumergirse dentro de mi cuerpo, la presión específica que hay que ejercer sobre mi clítoris para provocarme un orgasmo violento, infinito, eterno. Pocas cosas pueden aportarme el nivel de placer que me proporcionan mis manos, y sólo dos o tres amantes han logrado que me corra con un grado de intensidad de gozo más o menos análogo.

La adicción que sufro (o, más bien, de la que disfruto, puesto que cada vez me siento más conforme conmigo misma y, por extensión, menos dependiente del onanismo) ha dado pie a situaciones de lo más variopintas. Algunas han sido verdaderamente incómodas, como aquella vez que, con dieciocho años, mi madre me sorprendió desnuda en el salón, corriéndome y orinándome mientras veía un vídeo en el que una campesina brasileña le hacía una mamada a un caballo.

Otras no han pasado de la mera picardía, como el día en que, entre clase y clase, hube de refugiarme en los baños de la universidad y masturbarme a gusto, porque me había imaginado a mi profesor de Anatomía II y a mí misma follando (dándome por el culo, para ser más explícita), y mi savia ya amenazaba con rebosar la barrera de mis bragas y gotear falda abajo. Por último, también se han dado momentos verdaderamente negativos para mí, de entre los que destacó mi expulsión de las prácticas el segundo año de carrera como castigo por haberme ausentado de mi puesto de trabajo reiteradamente para follar con los otros empleados o, sencillamente, para hacerme dedos en los lavabos.

Por fortuna, las situaciones de este último tipo han sido muy escasas, y me alegro de poder afirmar que, a mis 24 años y a punto de licenciarme en Enfermería, compagino a la perfección el sexo (en cualquiera de sus formas) con mi actividad social y académica. Aún así, espero no abandonar jamás esta droga; darme placer es uno de mis pasatiempos favoritos.

De los cientos de dedos que me he hecho a lo largo de estos diez años, hay uno que recuerdo con especial nostalgia, no sólo por lo placentero que me resultó (perdí el conocimiento por espacio de unos minutos), sino por lo insólito del entorno en el que tuvo lugar. Fue durante una tórrida noche del junio pasado. Era jueves, las clases habían terminado y todos los alumnos que poblábamos la residencia universitaria en la que vivía preparábamos los exámenes de fin de curso. A las doce menos cuarto hacía un calor infernal en mi habitación, y decidí bajar a la biblioteca de la residencia (una estancia mucho más fresca e infinitamente más cómoda que mi cuartucho) para tratar de concentrarme mejor.

Allí, sola en la inmensa biblioteca, envuelta por el sepulcral silencio de la residencia dormida, me sentía incómoda, pegajosa, a pesar de que sólo llevaba puesto un ligero vestido playero, unas bragas y mis sandalias de playa. Agobiada y aburrida, no tardé en abandonar el estudio y en empezar a fantasear para tratar de despejarme. Recordé mi último polvo, que había tenido lugar el sábado anterior; el chico (un amante eventual al que había conocido dos meses antes en una discoteca, y con el que mantenía una relación exclusivamente sexual) me había llevado a su piso y, tendidos desnudos en su cama, me había dejado que le comiese la verga a conciencia, hasta que no pudo contenerse más y me penetró por detrás durante unos segundos, sólo para correrse dentro de mí. Después, como aún faltaba yo, me tumbó boca arriba sobre las húmedas sábanas y chupó mi sexo, lo lamió y lo mordisqueó, hasta que su boca se llenó de los cálidos fluidos de mi vagina, mientras mi cuerpo era sacudido por espantosos temblores, consecuencia del violento orgasmo que me poseía.

En esos pensamientos estaba sumida cuando, de pronto, reparé en que llevaba un buen rato acariciándome inconscientemente el sexo por encima del vestido y de las bragas. La tela de las dos prendas estaba mojada, y me subí un poco el bajo del vestido, hasta que mis nalgas entraron en contacto con el frío asiento de la silla. Me decidí; estaba sola y aburrida, y sabía que de nada serviría intentar concentrarme en los apuntes mientras estuviera tan excitada, así que aparté a un lado la tela de las bragas, coloqué un dedo sobre el clítoris y empecé a aliviarme.

Me abrí, me froté y entré dentro de mí, retorciendo los dedos en el interior de mi vagina, sacando de mi cuerpo todo el jugo en él retenido. Tal era el placer que me estaba dando, y la excitación que me producía sentirme sucia y en peligro, que tuve que morderme la mano libre para no gritar. Me descalcé, puse una de mis piernas desnudas sobre la silla que tenía enfrente y esparcí sobre mis muslos el gelatinoso fruto del placer; aquella humedad alivió parcialmente el calor que sentía, pero multiplicó mi excitación. No sé cuánto tiempo continué así, entrando y saliendo de mi cuerpo, metiéndome hasta tres dedos en el coño simultáneamente, pero pronto me fue imposible soportarlo más. Y, tras aferrar un puñado de cleenex que había dispuesto sobre la pesa y apretarlo contra mi coño para no empapar el suelo, me abandoné a un orgasmo brutal, húmedo, dolorosamente placentero.

Gemí y chillé, incapaz de seguir ahogando los gritos. Mi cabeza temblaba, mis pechos temblaban, mis brazos temblaban, mis piernas temblaban… Mi sexo se abrió cuanto pudo para, de inmediato, contraerse de nuevo, escupiendo chorros y chorros de aquella savia transparente y cálida que me arrebata la vida y, la vez, me la devolvía al instante; esa savia, néctar de la vida, caló el inútil puñado de cleenex y comenzó a gotear, a deslizarse por mis piernas, hasta formar un charquito alrededor de mis pies. Y cuando, tras interminables segundos de jadeos y de convulsiones, me hube vaciado por completo, solté los pañuelos, me desplomé sobre la mesa y me desmayé, exhausta y rota.

Esa ha sido, hasta el momento, la vez que realmente he estado a punto de morir de placer. Ningún tío, ninguna chica, ni siquiera yo misma, hemos sido capaces de volver a llevarme hasta el extremo de perder el conocimiento por culpa de un orgasmo. Atesoro el recuerdo de aquella noche tórrida y húmeda como si fuese de oro puro, y continúo masturbándome cada vez que mi cuerpo me lo pide, gozando de cada nuevo orgasmo y soñando con el dedo que, una vez más, me lleve más allá de los límites del placer.

Foto de portada: historiasjbparati.blogspot.com