Un reecuentro fortuito

Borja Pino / @BorjaPino

Fue durante una calurosa noche de julio, hace ya dos años, en mi piso del extrarradio de Avilés, en Asturias. Habíamos salido de fiesta mis amigos y yo, a celebrar mi regreso a casa tras los arduos, aunque satisfactorios, exámenes finales del mes anterior. Estábamos en un bar de copas del centro de la ciudad, jugando al “duro” y fumándonos unos canutos mientras intercambiábamos anécdotas de nuestras respectivas carreras universitarias cuando, de repente, vi que, acodado en la barra y rodeado por varios de sus colegas, estaba Darío, uno de mis mejores amigos en el instituto, y compañero de clase hasta el bachillerato. Hacía cuatro años que no nos veíamos y, sin embargo, él no había cambiado ni un ápice; su cuerpo, fibroso sin ser musculoso, transmitía potencia y elegancia, y su rostro aniñado, casi femenino, aún conservaba la delicada belleza de los tiempos pasados.

Verle allí me llenó de alegría; siempre habíamos estado muy unidos, y durante los  primeros años en el instituto habíamos descubierto juntos los secretos del sexo, hasta que las mujeres ocuparon ese espacio y continuaron la lección con un temario distinto. Ahora, a apenas cuatro metros de la mesa en la que me encontraba, él me estaba mirando, y en sus ojos marrones refulgía la misma pasión de los lejanos días en los que, desnudos y ansiosos, nos explorábamos el uno al otro en la intimidad de su cuarto, rebosantes de curiosidad y de deseo; la de aquellos tiempos era una pasión similar a la que me estaba poseyendo en aquel momento.

Cambiamos de bar media hora después; el grupo de Darío nos siguió, y no me cupo duda de que era la insistencia de mi viejo amigo la que había propiciado aquella extraña persecución. Sucedió lo mismo en el siguiente bar, y en el otro, y en el otro… Para entonces, tanto mis compañeros como los suyos estaban muy borrachos y terriblemente colocados, y apenas eran conscientes de en qué día nos encontrábamos.

Cuando estábamos a punto de abandonar el último bar, a eso de las cuatro de la
madrugada, Darío me hizo un gesto desde la distancia, indicándome disimuladamente la puerta del local. Le respondí asintiendo con la cabeza, tomé mi abrigo y, sin necesidad de despedirme de mis amigos ni de darles explicaciones (estaban demasiado borrachos como para comprender cualquiera de las dos cosas), salí a la calle y esperé. Darío se reunió conmigo unos segundos después y, en silencio, comenzamos a andar por la atestada calle Rivero.

Tomamos un taxi en el Parque del Muelle y, aprovechando que mis padres estaban de viaje en el extranjero hasta la semana siguiente, nos dirigimos a mi casa. Yo me senté junto al conductor; Darío, en el asiento posterior. Durante el trayecto no intercambiamos ni una sola palabra, aunque mantuvimos con el taxista una entretenida charla acerca de los problemas del creciente desempleo en España y la clara relación (al menos, para nuestro chófer) de ETA con el particular.

Llegamos al destino tras una carrera de doce minutos y 8,73€, y entramos en el portal cuando el taxi ya había desaparecido en la oscuridad de la noche. La subida en ascensor hasta el sexto piso se me hizo eterna; yo temblaba de ansiedad y de nervios, y el tenso silencio reinante no contribuía a relajarme. Sólo el suave contacto de los dedos de Darío con los míos, en una inesperada y breve caricia, me devolvió temporalmente parte de mi aplomo. Al fin, llegamos al sexto, entramos en mi piso y, después de dejar nuestros abrigos sobre la mesa del salón, pasamos a mi habitación.

No hubo preliminares, ni tampoco fueron necesarios. Tras unos instantes frente a frente, midiéndonos el uno al otro, decidiendo cómo empezar, Darío dio dos pasos hacia mí y me besó, me envolvió con sus brazos, y yo le devolví el abrazo, agradeciendo para mí el calor de su cuerpo que, a pesar del tiempo separados
transcurrido, aún me resultaba tan cercano, tan familiar. Nos desnudamos sin mediar palabra, analizando nuestros cuerpos; Darío fue el primero en descubrir su sexo, un magnífico falo grueso y duro, erecto por la excitación. Le imité enseguida y, cuando mi pene, mucho más modesto que el suyo, quedó desnudo y erguido ante él, Darío lo asió delicadamente con dos dedos y acarició lentamente mi prepucio, recogiendo con las yemas la babilla blanquecina que lo cubría, mientras lamía mi cuello y frotaba su pie contra mis piernas. Yo me agaché, me metí uno de sus pequeños pezones en la boca, lo recorrí con la lengua, lo absorbí y lo besé, hasta que Darío se descolgó de mi cuello y lanzó un gritito de gozo. Entonces me tomó de la mano y me llevó hasta la cama.

Agáchate – me susurró al oído cuando los dos estuvimos sentados sobre las sábanas –. Hazlo y confía en mí.

Busqué en sus ojos algún ápice de malicia y, al no encontrarlo, le obedecí sin rechistar, intrigado y nervioso; él se situó detrás de mí. Alargué la mano hasta el cajón de la cómoda y extraje de él un tubito de lubricante sanitario (un recuerdo de mis prácticas de Medicina del verano anterior), que le tendí por encima de mi hombro. Darío lo tomó con una sonrisa, separó con cuidado mis glúteos con dos dedos y aplicó sobre mi ano una abundante capa de gel. Un escalofrío me sacudió cuando sentí el contacto de aquella pomada fría y viscosa sobre mi piel, pero mi cuerpo no tardó en acostumbrarse a esa extraña sustancia. Darío esparció el lubricante meticulosamente, aunque sin introducir ninguno de sus dedos en mi culo. Cuando terminó, arrojó el tubo sobre la alfombra, rodeó mis caderas con sus manos y se irguió a mis espaldas.

Arrodíllate – volvió a susurrarme, con una voz dulce y tierna que irradiaba confianza –. Por favor, arrodíllate.

No hice preguntas, ni tampoco me volví a mirarle. Ansioso y un poco asustado, temblando por la ansiedad, me puse de rodillas sobre la cama, apoyé mis manos en el cabecero de madera y le dejé hacer.

Despacio, muy despacio, con la delicadeza propia de un hombre experimentado en las artes del sexo, Darío me penetró. Su pene entró suavemente en mi ano, esparciendo poco a poco el lubricante dentro de mi cuerpo, provocándome apenas un brevísimo y solitario espasmo de dolor cuando su grueso falo horadó mi carne. Cuando sus testículos chocaron con mis nalgas, impidiéndole avanzar más, Darío clavó sus dedos aún más en mi cintura y sacó su polla lentamente, centímetro a centímetro, hasta que el glande, hinchado y cubierto de aquella gelatina transparente, salió al exterior con un suave tirón, y yo me estremecí de placer. Repitió la operación varias veces, aumentando progresivamente el ritmo de la follada, dilatando cada vez más las paredes de mi ano. Adentro, afuera, adentro, afuera

Aferró con una mano mi verga, bordeando mi cadera derecha con su brazo, y me masturbó como un animal, descargando en mi pene toda la furia que mi culo no era capaz de albergar. Yo gemía, gritaba, le suplicaba que parase, que me hacía daño, pero sólo para excitarle aún más. Notaba su polla palpitar, arder, crecer dentro de mi cuerpo con cada nueva embestida, y por un instante temí que su miembro fuera a estallar.

De repente, Darío comenzó a temblar, a gemir, a respirar entrecortadamente. Me agarró del pelo con la violencia de un salvaje, y un potente chorro de semen, cálido y viscoso como un puré recién hecho, salió disparado de su polla, inundó mi cuerpo,comenzó a desbordarse fuera de mi ano, que aún acogía su miembro. Yo chillé, sentí un escalofrío, noté cómo la mano de Darío apretaba todavía más fuerte mi pene y se movía más rápido, más rápido…

Al cabo de unos segundos fue mi savia la que salió despedida con la potencia de un tren desbocado, tres potentes chorros a presión que empaparon las sábanas, la almohada y los dedos de Darío. Grité; fue un grito largo y profundo, como el aullido de un lobo en la noche. Grité de satisfacción, de placer, en estado puro, mientras mi cuerpo temblaba y mi semen goteaba de la mano de mi amante. Él seguía apretando mi polla; la abrió y la cerró, la estrujó dos veces más, hasta que la última gota del tibio néctar de mi cuerpo impregnó sus dedos. Entonces soltó mi miembro, sacó con cuidado el suyo de mi ano y me abrazó con ternura, frotando su cara contra mi nuca, ronroneando como un gatito faldero. Nos desplomamos juntos sobre las sábanas empapadas, agotados, y así, abrazados y satisfechos, nos dormimos, aguardando plácidamente la llegada del amanecer.

Foto de portada: www.alcarrizosdigital.net