Una noche de libertad (I)

Borja Pino / @BorjaPino

Se llamaba Pablo. Era de Barcelona, tenía 27 años (cuatro más que yo) y trabajaba de publicista en una pequeña empresa de Valladolid. Maduro, alegre y tranquilo; el mejor amigo que se pueda desear. Cuando le conocí, en el verano de 2011, acababa de romper con su novio, después de casi seis años juntos, y llevaba dos semanas de baja laboral por depresión, aunque ya estaba prácticamente repuesto y a punto de reincorporarse a su trabajo.

En cuanto a mí, la relación entre mi novia y yo estaba atravesando un mal momento, fruto de un tiempo excesivo sin separarnos. Dormíamos juntos, comíamos juntos, estudiábamos juntos, salíamos de fiesta juntos… Apenas gozábamos de unos instantes de intimidad individual al día, y aunque a ella le agradaba aquella situación, yo comenzaba a notar los efectos del desgaste; había perdido buena parte de mi deseo sexual y de mi cariño hacia ella, y no había momento en que no anhelase ser libre de nuevo, como dos años atrás, y poder amar y acostarme con quien yo quisiera. Necesitaba, en suma, aire fresco.

Aquel día mi novia, una vez terminado su último examen, había partido en tren a su casa de Vigo, donde permanecería nueve días con sus padreen espera de que yo acabase el quinto curso de Periodismo; después nos reencontraríamos en mi tierra, Asturias, y pasaríamos juntos buena parte del verano.

 

Por la noche, solo y confuso (me sentía a la vez aliviado y abatido, y la echaba de menos tanto como deseaba no volver a verla más), salí a tomar algo al “Libertad 13”, un bar del centro de Valladolid frecuentado por homosexuales, y el local con el mejor ambiente de la ciudad.

Llevaba ya un buen rato acodado en la barra, jugando distraídamente con el vaso de mi primera cerveza de la noche y sumido en mis pensamientos, cuando Pablo apareció de entre un grupo de mujeres y hombres que charlaban cerca de mí. Se acomodó a mi lado, pidió un Gin Tonic frío y, antes de que me pudiese percatar de su presencia, me espetó:

– Van mal las cosas, ¿eh? 

Levanté la vista y me encontré frente a sus ojos, marrones como la caoba, melancólicos y tristes. Le estudié de arriba abajo; era elegante y atractivo, y su rostro rasurado era una combinación perfectamente equilibrada de juventud y de madurez. Además, tenía una voz preciosa, que destilaba firmeza y bondad. Me cayó bien desde el primer instante, pero preferí responder con un prudente “¿Por qué lo preguntas?”.

Lo dicen tus ojos – contestó, midiendo cuidadosamente sus palabras –.

Dudas, tristeza, desconcierto… No hace mucho otros ojos, muy queridos para mí, decían lo mismo. Su franqueza aniquiló mis defensas, mi reparo natural a entablar confianza con un desconocido. Tragué saliva, impactado por aquella imprevista confesión, y pensé rápidamente en algo que decir; algo que aliviase la tensión reinante.

– Y… ¿Sólo son mis ojos los que te dicen todo eso?

– Bueno… – esbozó una sonrisa maliciosa – Tus ojos, y el hecho de que no has dado más de dos sorbos a esa cerveza desde que estás aquí. Son cosas que llaman la atención. Tomó un taburete y se sentó en él, a pocos centímetros de mí.
¿Te importa que me desahogue contigo? – me rogó, y su voz irradiaba desesperación – Es que… Hace mucho que no lo hago, y tú pareces la única persona de este bar capaz de comprenderlo sin mandarme a la mierda.

No me importó en absoluto. Me habló de su novio, de lo muchísimo que le quería, de los viajes que habían hecho juntos por el mundo: Estocolmo, Roma, Bucarest, Edimburgo… Me contó cómo su relación se había ido deteriorando por culpa de la rutina, y apenas le tembló la voz cuando me relató cómo una tarde, al volver a casa del trabajo, se la había encontrado vacía, despojada de la ropa de su compañero, al que no había vuelto a ver más.

Le escuché sin decir nada y, cuando terminó de hablar, me alegré al comprobar que su rostro se había iluminado; que se había liberado de una carga pesadísima, de un dolor que, como una gruesa tabla cubierta de afiladísimos pinchos, se le había estado clavando en el corazón durante demasiado tiempo. Se sentía cómodo conmigo, y yo con él.

Por mi parte, le conté anécdotas de la universidad, de mis compañeros y de mis profesores, y de lo difícil que me iba a resultar encontrar trabajo en un mercado laboral tan saturado como el del periodismo. Nos reímos a carcajadas intercambiándonos peripecias sexuales, lo que me valió para dejarle clara mi heterosexualidad. Aquello le sorprendió, y también le decepcionó un poco.

– Y, entonces, si no eres gay… – comenzó a decir, intrigado – ¿Cómo has venido a parar a este bar? 
– ¿Es que es imprescindible ser gay para tomarse una cerveza y escuchar “Sweet Home Alabama” en este sitio? – le pregunté – ¿Tan raro es mi caso? 
La cerveza se le atragantó cuando empezó a reír a carcajadas.

– Lo es cuando un “hetero” declarado de 23 años acaba aquí, en el “Libertad 13”, el lugar en el que se reúne la flor y nata de homosexualidad vallisoletana, y se pasa una hora delante de la misma cerveza, mirando de reojo a los tíos.

Busqué en vano algún comentario al respecto, y acabé rindiéndome a la evidencia: me había “calado” a la primera. Tragué saliva, asustado ante la idea de haberle ofendido, pero Pablo sonrió, conciliador.
– Anda, cuéntamelo. ¿Por qué estás aquí? 

Me desahogué por completo; en realidad, lo estaba necesitando a gritos. Le conté que llevaba demasiado tiempo ligado a mi novia, que comenzaba a estar harto, que ya no me sentía tan atraído por ella. Él escuchó en silencio, sin interrumpirme ni una sola vez, asintiendo en ocasiones, como si conociese por experiencia propia algún punto en particular de mi historia. Cuando acabé suspiró; estaba analizando mis palabras meticulosamente, una a una…

¡Prosigue la lectura en este enlace: Una noche de libertad (II)!

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