Una noche de libertad (II)

Borja Pino / @BorjaPino

Continuación de Una noche de libertad (I).

-Así que has venido a este sitio en busca de… 

– No lo sé, la verdad – confesé –. De respuestas, de calma… O tal vez sólo de cerveza y de buena música. 

Sonrió al oír el comentario.

– Y de una buena conversación.

– Sí – no sabía muy bien cómo concluir mi argumentación, de modo que recurrí a un tópico mil veces repetido en la literatura y en el cine –. Busco un respiro, eso es todo. Un cambio.

– Y, dime… ¿Lo has encontrado ya? 

Su voz estaba cargada de curiosidad, de buena voluntad, y también de un apenas perceptible matiz de esperanza. Le sonreí; en el fondo, aunque me resistía a admitirlo, quería lo mismo que él.

– Pues todavía no, pero espero hallarlo pronto – le miré a los ojos; mi cuerpo temblaba de ansiedad –. ¿Me ayudarás a encontrarlo?

Él sonrió.

Una hora y media después de habernos conocido ya estábamos en su piso, tendidos juntos en su cama, entrelazando nuestras lenguas, fundiendo nuestros cuerpos desnudos, temblorosos de placer y de deseo. Nos besamos, nos abrazamos, nos acariciamos y nos lamimos, y también bebimos el uno del otro, de nuestras bocas, de nuestros penes, de nuestros anos… 

Hazme todo lo que quieras  – me susurró al oído, dándome la espalda.

Yo fui el primero en penetrarle. Era la primera vez que practicaba aquella clase de sexo y, a pesar de la abundante cantidad de lubricante con que cubrí su ano, me costó mucho introducir mi pene en su orificio, y creo que llegué, incluso, a hacerle daño, pese a que su cuerpo se había abierto todo lo posible para recibirme.

Lejos de enfadarse por ello, Pablo rió cariñosamente mi torpeza, y me rogó con dulzura que me volviese y que le dejase hacer a él; le obedecí sin rechistar, me tumbé boca abajo y le esperé, impaciente y un poco asustado. Él se arrodillo encima de mí, untó mi ano con una copiosa capa de aquel gel transparente y frío y, después, con la destreza propia de un hombre versado en los secretos del sexo anal, me penetró sin dificultad. Su falo entraba fácilmente en mi cuerpo, que se iba dilatando más y más con cada nuevo centímetro de avance.

Y, cuando sus testículos le impidieron llegar más adentro, Pablo empezó a moverse despacio, sin hacerme daño, cuidando de mí. Una de sus manos estaba apoyada en la pared, para darse impulso, y con la otra aferraba mi propia mano; durante el tiempo que permanecimos encajados el uno dentro del otro no me la soltó ni un instante. 

Me hizo el amor con una ternura infinita; lo hicimos todo muy despacio, dejando que yo disfrutase de aquella nueva forma de obtener placer, permitiéndome saborear cada  matiz de aquella experiencia extraña para mí y, a la vez, infinitamente grata. Me besó en la nuca, chupó mis orejas y me hizo reír cuando mordisqueó suavemente mis hombros, mientras acariciaba mis piernas con uno de sus pies y se apretaba contra mí, tratando de hacerme completamente suyo, de fundirse conmigo.

Se corrió enseguida, sin aspavientos ni gritos excesivos, vaciándose con elegancia dentro de mí, chorro a chorro, hasta que mi ano fue incapaz de acoger más semen. Cuando se hubo derramado por completo, Pablo me dio la vuelta, envolvió mi pene con sus labios y me masturbó así, absorbiendo y lamiendo mi falo mientras me pellizcaba suavemente los pezones, hasta que mi semen inundó su boca. Entonces Pablo nos limpió a los dos con un poco de papel higiénico, se tumbó a mi lado y sonrió, cansado y satisfecho.

– Te dolerá un poquito mañana – dijo, mientras encendía dos cigarrillos y me pasaba uno –. Y, tal vez, también pasado, pero pronto sanará. Échate bastante crema hidratante para que no te escueza demasiado.

– Gracias – murmuré, exhalando una gran bocanada de humo –. Por todo. Ha sido maravilloso, de verdad.

– Para ser la primera vez, sí – asintió, riendo –, aunque hay que pulir un poco tu técnica – luego se inclinó hacia mí y me besó en el cuello –. ¿Cómo te sientes?

– Extraño – confesé; los dos nos pusimos serios –. A ver. Me ha gustado, ha sido genial y estoy muy a gusto contigo; en ese sentido, no hay ninguna pega. Pero… No es mi mundo, ¿sabes?

– Lo sé. Ya contaba con ello.

– Y, además, está mi novia. Jamás me había planteado engañarla, y ahora… – no sabía cómo expresar el caos de ideas y de sentimientos que me embargaba, así que opté por el ataque directo – No te molestes, te lo ruego, pero… Creo que empiezo a arrepentirme de esto.

Pablo me observaba con una mirada comprensiva en los ojos. Nada de aquello le sorprendía, porque sabía desde el primer momento cómo era yo y lo que necesitaba; había aceptado voluntariamente las reglas del juego, se había comprometido a ayudar a un amigo necesitado de cariño y de compañía, y ahora llegaba el momento de regresar a la realidad. Y, aunque pudiese parecer lo contrario, ninguno de los dos salía perdiendo.

Rodó sobre las sábanas y se sentó a horcajadas encima de mis piernas; no té el tacto de su húmedo pene, ahora flácido, sobre mi propio miembro. Ronroneando como un gato juguetón, acarició mi nariz con la suya y me miró a los ojos. Sonreía.

No pienses que has engañado a tu novia esta noche, porque no lo has hecho – me dijo, y su voz irradiaba seguridad y serenidad –. A veces, todos necesitamos poner a prueba nuestro amor por los seres a los que queremos, para bien o para mal, éste es el mejor método. Eso has hecho esta noche: recordarte a ti mismo que sigues queriéndola y, de paso, perder tu virginidad por segunda vez.

Asentí despacio, procesando cada una de sus palabras. Él prosiguió.

– Mañana por la mañana, cuando recuerdes lo que hemos hecho, llámala y dile eso que arde dentro de ti y que ya estás deseando decirle: que la amas, que quieres pasar tu vida entre sus brazos y que te hace muy feliz.

– Lo haré – respondí, por fin tranquilo y animado.

– Y, pase lo que pase, nunca olvides esta noche; te vendrá bien en el futuro. 

– Pero tú…

Uno de sus dedos se posó delicadamente sobre mis labios, impidiéndome protestar.

– Yo estoy donde tengo que estar.

Entonces me besó. Fue un beso largo y suave, cálido y dulce, tranquilizador en extremo. Un agradecimiento, un “no hay de qué”, una despedida. Cuando nuestras bocas se separaron, después de casi un minuto unidas, en sus ojos brillaban lágrimas de tristeza, pero también de felicidad.

– Quédate todo el tiempo que quieras. 

Bajó de la cama y, desnudo y descalzo, se fue hasta el baño. Cuando la puerta se hubo cerrado a sus espaldas y escuché el sonido de la ducha, me tumbé sobre un costado, cubrí mi cuerpo con las sábanas y, con una sonrisa de oreja a oreja, me quedé dormido.
Y, para mi sorpresa, durante todo el resto de la noche apenas soñé con él; en
cambio, sí que soñé con ella…

Foto de portada: festivalvenezolanodeladiversidad.wordpress.com.