50 Sombras de Sexo

Ya no está de moda “hacer el amor”. Lo que se lleva es follar duro. Pero lo que mola de verdad, es tener sexo duro con un multimillonario que pueda permitirse su propio helicóptero, que te regala coches, vestidos y todo tipo de aparatos tecnológicos; aunque esto suponga el control absoluto de tu libertad personal. Y esto es lo que ocurre, de forma resumida, en la película 50 Sombras de Grey, adaptación de la trilogía de libros que puso de moda el BDSM.

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Christian Grey es uno de esos multimillonarios. Le mola dar azotes en la cama (o donde surja), pero no dormir abrazado a sus compañeras de juegos eróticos. Está, al parecer, exageradamente bueno (si eres mujer no se te ocurra cuestionar su belleza en voz alta o habrá quien cuestione tu orientación sexual) También tiene un serio problema: necesita tenerlo todo controlado, mujeres incluidas. Su obsesión llega a unos niveles bastante enfermizos.

Anastasia Steel, por su parte, es una joven universitaria que acaba de terminar filología inglesa. Es bastante patosa, la pobre, pero cuenta con el encanto de que se ha leído varios clásicos de la literatura y una inocencia angelical tan extrema que roza ligeramente el retraso mental. Conoce al señor Grey y cae (literalmente) rendida a sus pies. No parece importarle mucho que el susodicho sea un acosador, a ella el consejo “No te fíes de los desconocidos” le debió entrar por una oreja y salirle por la otra. Y eso que él le avisa desde el principio.

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Vale, la peli tiene partes eróticas, pero no nos volvamos locos. Las escenas de sexo son pocas y cortas, y tampoco se ve gran cosa en ellas, mejor dicho, no se ve prácticamente nada. No se muestran los genitales de ninguno de los protagonistas. No pasará a la historia como la película más lasciva, pues hay muchas otras que la superan con creces. Algunas de ellas, de hecho, ni siquiera son de género erótico.

50 sombras de Crepúsculo

A las fans de la famosa cuatrilogía sobre romances vampíricos, la trama de 50 Sombras de Grey debería resultarles familiar. Y es que los parecidos son asombrosos. El señor Grey coincide con Edward Cullen en ser un personaje atormentado, de buen ver y asquerosamente millonario.

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Los dos tienen innumerables habilidades: tocar el piano, bailar, pilotar aparatos… que en el caso del vampiro todavía tiene explicación (es inmortal, tiene mucho tiempo libre) pero el otro, ¿de dónde saca las horas libres para sus hobbies y, además, dedicarse a ser empresario?

Aparte, ambos controlan a sus chicas de una forma obsesiva: no soportan no saber dónde están, se meten en su casa sin permiso y ejercen de súper-hombre que las “protege” de cualquier peligro. Mientras, ambas protagonistas femeninas (Bella Swan en el caso de Crepúsculo) son tímidas, torpes e inseguras, además de vírgenes.

La explicación de las similitudes es que el libro de 50 Sombras nació como fanfiction creado por un grupo de personas, entre las cuales estaba E. L. James, que echaban en falta más escenas de sexo en las novelas vampíricas.

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El resultado, como se puede apreciar, ha ganado muy poco en sexo, nada en cuanto al argumento, y ha perdido a los chupasangres. Podríamos decir que el género es algo así como “Romance turbio con azotes”. El que espere una película para masturbarse en la butaca, mejor que se ahorre el precio de la entrada.