Miradas

Un día tras otro la veía delante de mí. Sentada, tomando apuntes. De pie, charlando con esas amigas suyas que de vez en cuando me sorprendían mirándolas y me dedicaban una mueca tan falsa como sus sonrisas. No la podía borrar de mi cabeza, no dejaba de pensar en ella. Yo la odiaba, estaba harto de que se colara en mis pensamientos y me obsesionara noche tras noche con esas tetas que se perfilaban bajo esos escotes que a más de un profesor apasionaban. A pesar del rechazo mutuo que nos provocábamos, porque era asco lo que percibía en su mirada hacia mí, me moría por follarla.

No he sentido nunca mayor frustración que tener delante de mí a la persona en quien quería meterme y no poder hacerlo. Era prácticamente imposible detener mis ganas de desnudarla, aunque fuese en mitad del aula, y acabar por fin con la obsesión que me azotaba sin piedad. El novio, ese soplapollas con más músculo que cerebro, me era totalmente indiferente. Pasaba de ese imbécil tanto como ganas tenía de poner a su chica contra la primera pared que se pusiese a mi alcance.

Un día estaba meando en la universidad cuando, al salir del aseo, me crucé con ella. Se había despegado del musculitos y puso en su rostro una curiosa mezcla de asco y de sorpresa cuando se topó conmigo en el marco de esa puerta. Y no pude aguantar más. Me lancé a morder esos labios con saña, incluso con ira, sabiendo que estaba al fin cumpliendo la fantasía de tantas noches en vela y despertares húmedos. Para mi sorpresa, su cuerpo se dejó agarrar por mis manos y fuimos, con nuestras bocas atacándose la una a la otra, al primer aseo de mujeres que encontramos. No vimos a nadie, aunque daba lo mismo que hubiese más personas, para nosotros solo estábamos ella y yo.

A ciegas, devorando nuestros labios, nos desnudamos. Sus bragas cayeron al suelo tan rápido como la velocidad a la que sus dedos empezaban a acariciar mi cada vez más grande pene. No podía aguantar más. La puse mirando a la pared mientras se la metía una y otra vez. Con furia, salvajemente, haciendo realidad ese anhelo que desde tanto tiempo atrás tenía en la trastienda de mi consciencia. Apretaba sus pechos, agarraba esos duros pezones mientras notaba en sus jadeos que no era el único cuya fantasía se estaba llevándose a cabo.

No sé cuánto duro el mejor polvo de mi vida. Lo único que recuerdo eran las perlas de sudor recorriendo su piel mientras, aún con la respiración entrecortada y nuestras piernas temblando, nos vestíamos y nos mirábamos a los ojos. Ese secreto quedaría entre nosotros, nadie más sabría que en ese primer baño de los aseos femeninos el rarito de la clase se folló a la musa de la facultad.

Nunca más volvió a pasar. Nunca más volvió siquiera a posar su mirada de falso ángel en mis ojos de reconocido demonio. Sigo recordando sus gestos pidiéndome sin palabras que mi pene entrara en su vulva una vez más. Varias mujeres han caído en mis manos desde entonces, aunque no he conseguido borrar de mi memoria ese rostro, ese cuarto de baño, esa piel sudorosa. Dudo que lo haga. Dudo que quiera olvidarla.