Encuentros

Autora: @imposibleolvido.

Seguía pegado a su portátil, ultimando detalles de la próxima reunión. Tenía que presentar las cuentas y los números no cuadraban, se apartó el pelo de la frente y frotando sus ojos empezó a cerrar ventanas, notaba los párpados pesados y necesitaba una ducha.

La pantalla del móvil iluminó la estancia, había olvidado ponerle de nuevo el sonido…era ella, de nuevo, ¿acaso no dormía? Pensó en no abrir ni el mensaje pero la curiosidad podía más que el cansancio…”¿estás sólo?“. Se quedó mirando esas dos palabras, y en su mano vibró un nuevo mensaje, “quiero verte”: dos nuevas palabras y de nuevo ese no saber que decirle.

“Ábreme”, rezaba el tercer mensaje, y de repente el timbre de la puerta llenó la estancia. Su entrepierna captó el significado segundos antes que su cerebro y se precipitó a abrir. Y allí estaba ella, con esa fiebre en los ojos que denotaba necesidad, apoyada en la pared frente a la puerta, con aire despreocupado y felino. Entretuvo su mirada por un segundo en el colgante que rozaba su clavícula y supo en ese justo instante que esa noche tan sólo había comenzado.

No sabía cómo, pero estaban ya en la puerta de la habitación, su boca exigía con urgencia ser besada, sus dientes mordían con avidez sus labios, y él se demoraba en responder para aumentar la demanda. Ella lo arrinconó contra la pared y metió sus frías manos sobre su abdomen, la diferencia de temperatura de la caricia junto a la calidez de la situación hizo que su polla saltara dentro de sus apretados boxers, exigiendo participar en el encuentro. La empujó con la cadera hacia adelante, sonriendo contra su boca, demostrando que estaba totalmente subyugado, e invirtió la situación.

Ahora cogió el mando, la agarró por la nuca y la besó con ansiedad, con toda la sed que da una jornada de infarto, con todas las ganas del día apoyó la palma de la mano en la base de su espalda y la pegó a su erección. Ella gimió de anticipo y todo fue un laberinto de manos deseosas de piel, un enredo de prendas que caían al suelo.

No quería llamarlo de nuevo, pero mientras se duchaba, sentía cada poro de su piel gritar de necesidad. Había sido otro día repleto de tensión en el trabajo, de prisas, de carreras que al final del día no te llevan a ninguna parte, y su cabeza sólo repetía una imagen repetidamente, aquel rostro ávido sobre ella, aquellos ojos verdes que la taladraban hasta lo más hondo.

Sin ni siquiera pensarlo, salió de la ducha y se secó, mecánicamente agarró el móvil: última conexión hace tres horas, posiblemente estaba dormido, y sonrió para sus adentros. Le encantaba sorprenderlo, ver su perplejo ceño fruncido al verla aparecer de la nada. Empezó a arreglarse y cogiendo las llaves del coche salió corriendo por la escalera, sólo de pensar en ello ya se sentía acalorada por dentro.

Llegó a su calle, y tras aparcar, sacó el móvil del bolsillo de la cazadora y empezó a escribir: “¿Estás sólo?”.

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