Amor y sexo (IV)

Oírlo así, pegado a mí, erecto y accesible… No le hice perder mucho el tiempo, le quité la camisa y recorrí su torso con las manos. Noté sus manos en mi culo, abarcándolo, apretando y abriendo mis cachetes, clavando las yemas de sus dedos peligrosamente cerca de mi ano, el placer de esas manos fuertes sobre mi, su boca besándome. Estaba totalmente mojada.
Y lo comprobó, empezó a masturbarme lentamente y a mí me temblaban las rodillas, me dio la vuelta, él seguía sentado en el taburete, yo de pie, siguió masturbándome mientras al oído su voz me susurraba.
-Mira bien, todo el mundo nos mira, a tu derecha, ¿lo ves?, se está masturbando mientras nos mira. ¿Ves a aquella mujer de allí? Te mira mientras se lo comen, ¿ lo ves?, dime, ¿quieres seguir aquí, ratoncita?
Como respuesta involuntaria, mis caderas, por decisión propia, empezaron a acompañar sus movimientos, y mi vista se nublaba de placer. Me agarré con fuerza a sus rodillas.
– Sí, sabía que sí, esta es mi chica, córrete amor, aún queda mucha noche.
Una mujer se acercaba directa hacia nosotros, llevaba una especie de albornoz y la seguía de cerca un muchacho con la mitad de sus años, me miraba fijamente mientras se acercaba y me sonreía. Se abrió la bata frente a nosotros, tenía unas tetas pequeñas y duras, tiesas, que me apuntaban, era un poco rellenita pero atractiva.
– Tina, ¿quieres que te lo coma mientras te toco?, déjate hacer, Tina.
Yo lo escuchaba como muy lejos, sólo sé que ella se arrodilló delante de mí, apoyada en mis caderas y empezó a comerme. Joss pasó sus dedos a mi culo, y lo rodeaba, lo volvía a rodear, lo acariciaba, yo estaba a punto de correrme en la boca de aquella desconocida y de repente fui consciente de lo que hacía. Me envaré y busqué a Joss, pero él me agarró desde atrás las piernas, abriéndolas, y me subió encima de sus rodillas, exponiéndome más a aquella profesional del cunnilingus, mientras me besaba el cuello y magreaba mis pechos. Me corrí, ahuyando en el oído de Joss, me dejé ir.
– Eres una joya, chica, estaremos en la dos, espero que vengáis.
La mujer se ciñó el cinturón de la bata y se alejó, agarrada a aquel jovencito. Yo tenía el corazón en la garganta, y Joss me soltó en el suelo.
– Me vas a matar, me va a explotar la polla, ven, coge tu vaso, vayámonos a un reservado.
Cogí el vaso y eché a andar como pude tras él, me temblaban las caderas y seguía con un estado de excitación bastante alto. Joss de espaldas estaba tremendamente sexy, al ir detrás, pude ver como se giraba más de una cabeza femenina a su paso, y alguna que otra masculina, me hizo gracia y archivé la imagen para luego contársela. Llegamos frente a unas cortinas horribles, de terciopelo rojo, con un cuatro, le dieron una bolsa abultada a Joss y él abrió la cortina.
Había una enorme cama redonda, totalmente rodeada de espejos, arriba y a los lados, una puerta en un lateral, supuse que un baño, y una mesa pequeña. Joss depositó allí aquel extraño paquete y me abrazó.
– ¿Estás bien, ratoncita?
Me limité a asentir con la cabeza, mi mente era un torbellino de imágenes, e ideas, que aún no sabía si eran acertadas o equivocadas. Lo besé. Y apuré mi segundo vaso de whisky, digna de hacer sentirse orgulloso al mismísimo Winston Churchill. Lo noté caer a mi estómago, y calmar un poco mis nervios, calentando mis venas.
Joss se había desnudado, paseaba su desnudez sin atisbo de vergüenza, me enamoraba esa seguridad. Se sentó al lado de la mesa, y al ver que iba a abrir el paquete me senté encima de él. Dentro había un pack muy completo. Toalla, toallitas húmedas, un vibrador, una joya anal, unas bolas chinas, todo empaquetado y de brillantes colores. Joss sostuvo la joya en alto, luciendo sonrisa.
-¡Nooo, Joss!, ¿en serio?
– Vamos, si lo estás deseando, ya miramos una por la web no hace mucho, entonces sí te hacía la idea.
No pude más que reír, estaba en lo cierto, el muy jodido. Se la metió en la boca, la mojó con su saliva y me hizo señales de que me diera la vuelta.
– Vamos, no te quedes ahí de pie, sube a la cama, ponte a cuatro patas, déjame que te la ponga, te voy follar con ella.
– Has olvidado cerrar la cortina…
– No, no lo he olvidado, la cortina se va a quedar así, ratoncita, vamos, sube a la cama o te daré un par de azotes.
Me hizo gracia y me reí, me gané un azote en las nalgas, seguro que con marca. Subí deprisa a la cama y cerré los ojos para, al menos, no ver cómo me miraban. Noté el frío del lubricante en mi culo, y lo cerré, involuntariamente, me gané otro azote, esto prometía, me dio la risa. Joss debía de estar loco por follar y yo aquí retrasando el momento, no pude evitarlo y volví a echarme a reír, me dio otro azote, empezó a tocarme suavemente con aquella punta fría de acero, y de repente me lo colocó, no me dio tiempo a incorporarme un poco cuando sus manos me agarraron de las caderas y me arrastraron al filo de la cama, para penetrarme de un solo golpe hasta el fondo, y empezar a follarme.
Me empujó con una mano los riñones, enterrando mi cara en el colchón, sus embestidas me llegaban al puto útero, y la joya que lucía mi culo hacía su efecto, de vez en cuando la giraba y me hacía saltar. Me estaba dando fuerte cuando sentí que me corría, subí las manos hacia atrás buscando contacto y me las cogió, a mi espalda, tirando de ellas hacia su polla y echándome hacia delante con cada embestida, noté su semen dentro de mí mientras me agarraba fuerte el culo con las dos manos, aprentándome. Caí exhausta, quise quitarme la joya, pero Joss, el muy cabrón, estaba atento y me dio en la mano.
– No, aún no, ratoncita, eso se queda ahí.
(Continuará…)
Imagen de portada: El Mundo.