Olvidándote a golpes de cadera

Llevo varios semanas esperando su llamada. Miro el teléfono una media de doscientas veces al día, pero aún así, no encuentro su nombre en ninguna de las notificaciones. Así que me envuelvo en el digno silencio de una repudiada e intento seguir con mi vida.
Entro en Twitter, vomito mis malestares, paso el rato, me río, y allí me hallaba, cuando me entró un DM entre muchos que llama mi atención. “Follo como Joss“. Así, ni un saludo ni una presentación, nada. Me hace gracia que se refiera a uno de mis personajes, y clickeo su foto para cotillear su página.
Morena
Escribe bastante bien. Delata su inteligencia en ásperos comentarios cargados de ironía, en sus tweets contra la humanidad adivino su incómoda situación actual, bien por desamor, por trabajo o simple hastío. Me cae bien, así que contesto a su DM. “Esa es una afirmación no contrastada”. Dos minutos después llega su respuesta. “Trabajo de noche en el parking central de Benalmádena, a escasos kilómetros de ti. Búscame, contrasta cuando quieras.”
Me hace reír, otro que va de ‘rompebragas-cibernético’. Cierro Twitter. He quedado para salir y se hace tarde.
Paso la noche entre amigos, sin quitarme a mi amor no correspondido de la cabeza. Sigo mirando la pantalla del teléfono cada pocos minutos, una amiga me reprocha mi actitud. Decido beber para ahogar recuerdos e integrarme mejor en el grupo, a las tres de la madrugada, cuatro gin tónics en el cuerpo después, me decido a pasar página. Me despido del grupo y salgo hacia mi coche.
De repente el sonido de mi propio intermitente me hace darme cuenta de que estoy saliendo de la autovía en la salida de Benalmádena, decidida a dejar de pensar en alguien que, parece ser, piensa poco en mí, acelero y me dirijo al parking del centro.
accesoglobal.info
Aparco. Mis tacones resuenan tras de mi. Tengo la boca seca y el latido del corazón un poco revolucionado. Me acerco a la ventanilla del vigilante. Alguien levanta la cabeza de un ordenador y me mira, barba, ojos rasgados, pelo corto pero con una rasta larguísima en un costado. Sonrisa de quien se sabe ganador aún antes de empezar a jugar. Me gusta lo que veo.
– Hola, venía a contrastar una información.
– Hola… sí… vaya!… ¿eres?… ¡joder!… Yo…
– No te esfuerces, ¿me dejas pasar? O tengo que quedarme a este lado del cristal.
Me abre la puerta. He agrandado sus pupilas, con la sorpresa y sus gestos me confirman que ha sido gratamente. No lo dejo hablar, aprovecho que pasa nervioso una mano por su pelo para, comerle directamente su boca. Lo arrincono contra una mesa y sin darle tiempo a reaccionar, empiezo a desabrocharme la camisa. Le cojo de la nuca y le beso, sin pensar, sin acordarme de quién ocupa mi mente a todas horas.
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Sin vergüenza, sólo dejo salir a esa mujer que llevo dentro en todo su esplendor, meto su cara en mi escote y mientras tanto bajo mis braguitas. Me siento encima de la mesa. Él sabe manejarse y me provoca escalofríos en la columna vertebral con sus labios en mis pezones. No se ni su nombre, me excito por el sitio totalmente a la vista de cualquiera que venga a aparcar.
Me excito por lo inusual de compartir sexo con un desconocido, me excito, de una manera totalmente animal, lo agarro de la rasta, cual correa de perro y le coloco entre mis muslos, subo los talones a la mesa,  me recuesto hacia atrás, contra la mampara.
Él tira el teclado al suelo y un bote con boligrafos. El sonido retumba en toda la estancia. Su lengua, grande, mullida, aprieta mi botoncito mágico provocando oleadas de puro placer. Me mordisquea, succiona cada pliegue, cada rincón… Le aprieto con furia contra mí. Me muevo contra su cara de repente justo a punto de dejarme llevar por el orgasmo, me agarra fuertemente de la muñeca que lo sujetaba por la rasta.
Se separa de mí. Abro los ojos desubicada, ofendida por lo inoportuno de la frenada pero no me deja divagar mucho. Me da la vuelta contra la mesa, mientras sujeta mi brazo por la muñeca a mi espalda.  Duele. Noto sus dedos llenos de saliva en la entrada de mi coño. Me revuelvo por el cambio de rol. Me aprieta más contra la mesa, mis pechos, aún medio sujetos por la ropa, me duelen en su aprisionamiento contra la dureza de la mesa, escucho el sonido de su cremallera, un papel que se rasga.
 ascensor
“Te voy a enseñar a follar”. Creo que se está poniendo el condón. Me tiemblan las rodillas. Noto el calor de unas lágrimas surcando mi nariz para caer en la mesa. Aparto el recuerdo de quien me invade la mente y noto como me empujan con fuerza por mi espalda. Él se queda quieto dentro de mí mientras reculo para acoplarme mejor y empieza a golpearme con sus caderas.
Noto cada embestida en mi cuerpo e intento acompañar el ritmo con mis caderas. Entro en trance. Busco más, empujo más, quiero más. Me agarra del pelo hacia atrás, noto el orgasmo de nuevo cerca. Me rebelo y me zafo de sus manos.
Le empujo hacia la silla y me siento encima de él. Ahora el ritmo lo marco yo. Le agarro de la barba con fuerza quizá pensando en aquella otra barba… pero no quiero pensar. Cierro los ojos fuertemente para ahuyentar la culpabilidad de lo que estoy haciendo y me muevo aún más rápido. Él aprieta mis pechos, y los va intercalando en su boca. Siento que vuelo, grito. Unos focos alumbran de repente toda la oficina, los ignoro desde las alturas. Me quedo un minuto mirando a estos ojos que me miran interrogantes, sonrío.
 tacones
Me bajo, busco mis braguitas y me las coloco. Recompongo mi ropa, cojo un cigarro de encima de la mesa y lo enciendo. Lo veo mirarme desde la silla, polla tiesa y enfundada aún a la espera de su orgasmo. Me acerco, le beso en la mejilla y salgo hacia mi coche.
Llego a casa. Me ducho aún noto el ardor en mi interior. Me molesta al agacharme a recoger la ropa del suelo del baño. Abro Twitter, busco al chico del parking, y le escribo. “No ha estado nada mal. Sí, podrías llegar a protagonizar uno de mis relatos”.