A 500 kilómetros

Autora: @imposibleolvido

Llegó el día de encontrarnos, al fin, tras ocho meses de conversaciones, llamadas, correos, relatos compartidos, juegos a distancia, se acabó la espera. Voy en el AVE nerviosa: aún sabiendo que me conoce mucho mejor que nadie que haya conocido nunca, mis más íntimos secretos, mis miedos, mis sueños, siempre te queda ese nerviosismo interno… ¿Y si no soy como espera?, ¿Y si no hay feeling? Aparto las dudas que me vienen, ya llego a Atocha, tengo que ir a su encuentro.

Me meto en una cafetería en la misma estación, pido un café y me recompongo un poco en el baño. Tengo que ir al Retiro, quisimos vernos, al menos esta primera vez, en un sitio abierto, tranquilos, donde poder hablar o, si la ocasión lo requiriese, salir corriendo.

El retiro albergó este encuentro. (Imagen: meteoactual.es).

Me bajo del taxi y recibo la ubicación desde su whatssapp. Empiezo a caminar, hace calor, aparte del calor que ya siento yo por dentro, nervios, ansiedad cogida a las paredes de mi estómago. Lo veo a lo lejos, sentado en un banco, me paro y estudio su perfil.

Mi vikingo, lo rodea un aura de seguridad que impresiona, sentado, manos apoyadas por detrás, casi recostado, piernas estiradas hacia delante… aligero el paso y gira la cabeza hacia mí. De repente me embriaga la tranquilidad de saber que es él, noto la aprobación en su mirada, su sonrisa de truhán. Nos miramos, frente a frente, lo recorro lentamente con la mirada hasta llegar a su abultado pantalón, muero por que se adelante y me bese.

Y me da dos besos, ¿perdona?, ¿dos besos?, quiere alargar el momento. Bien, hablamos, no sé ni bien sobre qué, sólo puedo gestionar las ganas de asaltar su boca y enterrar mis manos en su pelo. Y así fue, de repente estaba sentada sobre él, su boca, Dios, su boca sabía perfectamente cómo encajar en la mía, su lengua curiosa, su sabor perfecto, y sus manos, sus manos recorrían mi espalda, tenía su erección pegada a mis braguitas. Ni siquiera pensé en el entorno que nos rodeaba, me froté sobre ella, descarada, hambrienta, y sus manos encontraron el modo de acelerar aún más mi hambre de él.

Me corrí con su boca mordisqueando mis pezones y sus dedos marcando el ritmo de mis caderas, desde mi interior. Quería más, y lo quería ahora, lo agarré de la mano y lo arrastré hacia un lugar más escondido, ni siquiera crucé palabra alguna, y si lo hice, por Dios que no lo recuerdo, la visión de esa polla apuntando a mi cara… le bajé el vaquero hasta los tobillos y me agaché, quería su orgasmo en mi boca, y lo quería ya.

Cuántas noches me dormí pensando en cómo le comería el alma, ver desde abajo el deseo enturbiando sus ojos me ponía totalmente cardíaca, le arranqué el orgasmo con mi lengua, y me tragué su esencia en estado puro.

“Le bajé los vaqueros”. (Imagen: blogtutormedico.com).

-¿Te ha gustado, barbitas? Ahora ya estás dentro de mí.

Verlo buscar apoyo en un árbol tembloroso y sonriente fue lo mejor de aquel primer momento, el primero de una interminable serie de encuentros habidos en un solo fin de semana.