A medio camino

Autor: @miguelonmiguelo

El tren entró en Atocha a las 11.45 de la mañana. Habíamos quedado a las seis de la tarde, pero así tendría tiempo de prepararme y relajar un poco los nervios. Hacía ocho meses que hablábamos por las redes y desde el principio tuvimos un feeling brutal. Hablábamos mogollón por privado. Las primeras charlas eran sobre temas diversos, pero pronto empezamos a coger confianza y a explicarnos cosas de nuestra vida y mandarnos fotos para vernos. Asustaba un poco que fuéramos de caracteres tan parecidos y coincidiéramos en tantas cosas.

Ella estaba impresionantemente buena. Tenía uno de los culos más espectaculares que había visto en mi vida y que complementaba un cuerpo de la misma espectacularidad. Acabamos dándonos el teléfono y follándonos vivos en conversaciones interminables. La intensidad era fuerte, nos hervía la sangre y cada vez se hacía más insoportable no podernos tocar, oler, comer… No sé qué coño tenía, pero me ponía cachondo perdido sólo hablando y no soy un tío que con tan poco se excite de esa manera, siempre me ha ido bien con las mujeres y no es que pase hambre precisamente, pero ella tenía algo diferente, un morbo exagerado en una personalidad magnética.

«Hablábamos por redes sociales y tuvimos un feeling brutal» // Fuente: aiguesdesvh.cat

Yo no soy guapo. Tengo pinta de vikingo cabreado y, como ella decía, una cara de vicio que no la cambiaba por ninguna belleza artificial de ningún Adonis de pacotilla de cara limpia y cejas depiladas. Un día salió la oportunidad de conocernos. Los dos teníamos unos días de fiesta y decidimos encontrarnos a medio camino de los mil kilómetros que nos separaban. Quedamos en Madrid.

El lugar que fijamos para el encuentro, para vernos por primera vez, fue en el Parque del Retiro. Llegué algo antes de la hora y me senté en un banco. Estaba nervioso, hacía años que no me pasaba en una primera cita. Apareció una mujer impresionante, esta realidad superaba a cualquier ficción, una rubia de piel morena y sonrisa tan cabrona como atractiva. Llevaba una falda corta suelta, de esas que tienen un tacto perfecto cuando agarras fuerte el culo, y una camiseta de tirantes blanca que realzaba su color de piel y dejaba ver un impresionante par de tetas.

-Hola, barbitas.

Hola, rubia.

Nos miramos sonriendo sin decir palabra durante un rato, sin tocarnos, a medio metro.

«Nos miramos sonriendo sin decir palabra» // el-mundo.net

Me bombeaba fuerte el corazón llenándome de sangre la polla. Se me notaba, pero no me escondía. Quería, deseaba que ella lo viera, que viera como me ponía de cachonda el alma sólo con su presencia. Nos dimos dos besos, en el segundo le busqué la comisura y no se apartó. Paseamos un rato escuchándonos y mirándonos como dos adolescentes ansiosos. Nos sentamos en un banco apartado y seguimos charlando. Al hablar ella, yo bajaba la mirada a sus labios, con descaro, quería que se diera cuenta que la estaba mirando, que ya me la estaba follando.

-¿Quieres que vayamos a tomar algo? -le pregunté.

Te quiero tomar a ti.

Ya no hicieron falta más palabras, se desató toda la contención como un huracán. Nos lanzamos a las bocas, nos comíamos vivos. Ella se sentó a horcajadas encima mío y yo la agarré del culo con fuerza. Nos comíamos como si se fuera a acabar el mundo y nos daba igual que nos vieran.

Deslicé la mano bajo la falda, necesitaba tocar ese coñito. El tanga estaba empapado. Lo aparté y se lo froté con ansia mientras ella devoraba mi lengua y se iba excitando cada vez más. Le atrapé el clítoris con dos dedos y se lo apreté, estaba hinchadísimo. Empecé a meterle un dedo, entraba solo por lo mojado que estaba. Llevaba tres dedos dentro cuando empecé a acelerar mi mano. Le subí con la otra mano la camiseta y empece a chuparle los pezones. Ella gemía cada vez más fuerte y estaba en semitrance.

-¡Sigue, cabrón! No pares, me voy a correr…

Se tensó en un grito y comenzó a convulsionar a la vez que notaba como me mojaba el pantalón con un chorro de fluido. Lleve la mano a mi boca y saboreé su esencia. Era una delicia, estaba en el paraíso. Se quedó abrazada a mí durante un minuto y dijo:

-Gracias, barbitas. Ahora te toca a ti, vamos entre los árboles.

«Nos comíamos como si se fuera a acabar el mundo» // Fuente: 20minutos.es

Buscamos un sitio algo más apartado. Me bajó los pantalones de un tirón, me salió la polla como un muelle y me golpeó en el ombligo.

¡Qué polla tienes, cabrón!  Prepárate para la mejor mamada de tu vida -dijo con cara de loba viciosa.

Me la comía con un hambre que hacía mucho que no sentía. Me apretaba los huevos y los lamía; me olía las ingles y me dejaba lleno de saliva.

Quiero follarte -le dije con un ansia que hasta me dolía.

-No. Tenemos dos días. Ahora quiero que me folles la boca y que me llenes; quiero tenerte dentro; quiero mi merienda y la voy a tener.

Aquello casi me hace reventar de morbo. Le agarré la barbilla con una mano y con la otra, la frente y empecé a follarle la boca a lo bruto. Me agarraba fuerte del culo y apretaba contra ella. No aguantaba más.

¡Me corro! -grité.

Ella no se apartó, cerró más la boca para que no saliera nada. Tuve uno de los orgasmos más brutales de mi vida. Notaba cómo me vertía en un exagerado placer sobre aquella boca caliente mientras su mirada no se apartaba de mí, quería ver mi orgasmo en mi cara. Me tuve que apoyar contra un árbol para no caerme.

-¿Te ha gustado, barbitas? Ahora ya estás dentro de mí -me dijo con sonrisa triunfadora.

La cogí de la cara con las dos manos, aún con la polla palpitando, y nos besamos, esta vez con suavidad, notándonos… Madrid iba a ser divertido.

Imagen de portada: brokedreams.metroblog.com