Dissaronno

Autor: @simon_galante

Era una noche de invierno, yo estaba en mi piso, en un pueblecito de Barcelona, con mi compañera. Ese día coincidió que ninguno de los dos teníamos que trabajar. Ella no tenía que ir a hacer de relaciones públicas y yo no tenía que ir a pinchar. Ambos nos dedicábamos a la noche, trabajamos en discotecas, pero no en la misma. Aunque sí muy cercanas.

Nuestra relación había empezado meses atrás, cuando ella se dedicaba a parar a la gente a las puertas de su discoteca e invitarles a chupitos y yo cruzaba delante de ella cuando iba de discoteca en discoteca a cambiar la música. A cada cruce, nuestros ojos se clavaban y nos sonreíamos.

Cuando nos pusimos a compartir piso nunca nos planteamos que pudiera surgir nada entre nosotros, estábamos más pendientes de nuestros rollos esporádicos de puertas para afuera que de lo que ocurriera puertas para adentro.

Volvamos a lo interesante, aquella noche estábamos los dos y ya habíamos cenado. Entonces le dije:

-Estoy un poco de bajón, ¿nos tomamos algo para animarnos?

-No tengo pasta para salir, mira a ver que hay en la nevera.

Fui a la nevera y allí solo había una botella de Dissaronno (Amaretto), una especie de licor italiano que después de aquella noche acabé por aborrecer. Volví al salón y como era lo único que había, empezamos a servirnos chupitos mientras charlábamos y nos reíamos. La botella iba bajando al mismo ritmo que subía nuestro deseo. Nos mirábamos como nunca nos habíamos mirado y nos decíamos cosas que nunca nos habíamos dicho.

Poco a poco, la conversación empezó a subir de temperatura, cada vez estábamos más cerca. Yo notaba el calor que su cuerpo despedía. ¿Notaría ella la erección que se estaba produciendo bajo mis pantalones? Cuando se acabó la botella y no teníamos nada que beber, ambos pensamos que podríamos hacerlo de nuestras propias bocas. Empezamos a besarnos, muy apasionadamente, como si no hubiese mañana. Nos levantamos y nos dirigimos a la habitación. A la gran cama que había en mi dormitorio.

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Para calentar un poco más el ambiente, si es que eso era posible, puse a reproducir en mi móvil la canción Ginuwine de Pony. Una canción que tiene un ritmo hecho para follar. La pasión nos nublaba, nuestras bocas recorrían mutuamente nuestros cuerpos. Yo pasaba por sus pechos, los acariciaba, los besaba, los mordía. Ella jugaba con mi piercing, me lamía de arriba a abajo y su mano me masturbaba con decisión.

No podíamos emitir palabras, solo jadear. Nuestras mentes y nuestras miradas eran las que se encargaban de trasmitir lo que queríamos. Ella se tumbó, y pude deleitarme con la visión de aquel cuerpo de color carne, aquellos pechos operados, redondos y suaves, su vientre liso y su sexo totalmente depilado, que pedía a gritos la compañía de mi lengua para que lo humedeciera.

Y eso mismo hice, abrí sus piernas y puse mi boca entre ellas, primero le mordí la parte interna de los muslos y la acaricié de arriba a abajo. De vez en cuando, uno de mis dedos iba hacia su boca para humedecerlo y este hiciera compañía a mi lengua mientras jugábamos con su clítoris.

Notaba cómo se retorcía, cómo intentaba cerrar las piernas y cómo me agarraba con fuerza del pelo. Eso hacía que me pusiese más duro aún. Me puse de pie a la altura de su boca y le ofrecí saborear aquella polla erecta. No lo dudó ni un segundo, la agarró y con los ojos cerrados empezó a chuparla, mientras se pellizcaba los pezones.

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Movía su cabeza adelante y atrás, con ritmo. A veces se sacaba de la polla de la boca y yo podía ver ese hilo de saliva que las separaba. Estaba empapada, y ella también. Lo comprobé cuando empecé a masturbarla. Una mujer excitada es mucho más complaciente y no hay que desaprovechar esa oportunidad.

Así estuvimos un rato. Es posible que en ese tiempo ella hubiese tenido un par de orgasmos. Sus gritos y su manera de retorcerse en la cama así me lo advertían. Decidí que era el momento de penetrarla, así que me dirigí de nuevo entre sus piernas. Las agarré, las levanté y poco a poco fui introduciendo mi polla en su coño. Caliente y húmedo, muy húmedo. Entró sola, casi no hizo ni falta empujar. Empecé a moverme despacio para ir abriendo poco a poco su sexo, para que ella notara como se iba abriendo camino.

Acomodó sus pies en mis hombros y tuve camino libre para poder embestirla. La sacaba casi por completo y me dejaba caer sobre ella con fuerza para provocarle así mayor placer. Ella me miraba fijamente con la boca abierta, y mientras más fuerte eran sus jadeos, mayores eran mis embestidas.

Comenzó a clavarme las uñas en la espalda y a morderse los labios. No le salían palabras, solo balbuceos y ruidos ininteligibles. Yo iba notando sus orgasmos a medida que ella clavaba sus uñas en mi piel. A todo esto, la música seguía sonando creando ambiente. Cuando ya llevábamos mucho rato, ella me dijo que estaba agotada, que su cuerpo había cubierto su cupo de orgasmos. Entonces le pregunté dónde podía correrme:

-Donde quieras, te lo has ganado, me dijo.

La decisión estaba tomada. Cuando noté que estaba a punto, paré un poco, para que notara como mi polla bombeaba sangre y palpitaba dentro de ella. Ella me miró sonriendo, como dándome la razón de que sabía lo que le gustaba. Llegó el momento, la saqué y me masturbé un poco para no perder el ritmo y así correrme.

Toda mi leche cayó sobre ella, en sus pechos, en su vientre. Yo no pude evitar mirar al techo y empezar a jadear. Estuve un buen rato corriéndome, y cuando acabé, empezó a restregársela por el cuerpo y relamerse los dedos. Me dijo:

-Estaba deseando probar a que sabías. Y me guiñó un ojo.