Por fin en casa

Autora: @imposibleolvido.

¿Sabéis esos días, en el trabajo, en los que no puedes concentrarte en absolutamente nada, y justo es el día que más trabajo entra?, Pues así estaba yo, Martes, recepción de mercancías, cajas apiladas a la espera de ser vaciadas y colocadas en su sitio, el pedido de verdura esperando que se preparase en recipientes para guardar en cámara, dos reservas para comer a primera hora y yo, bueno, yo con la cabeza en otra parte, y el estómago encogido desde ayer.

Viene, por fin, ha podido cogerse tres días seguidos, después de tres meses sin poder ni olernos, sobreviviendo a base de conversaciones interminables al teléfono, emails, o mensajes de whatsapp. Ayer tarde me aviso que salía para acá, así, a su estilo, sin aviso previo, provocando este huracán de sensaciones dentro de mí. Lo echo tanto de menos, esto no saldrá de aquí, él no debe saberlo, nos ceñimos a un juego con guión que nosotros mismos escribimos, y tenemos prohibido implicar más de la cuenta en esta relación. Pero por Dios, cómo lo echo de menos.

Lo cité a la hora que salgo de trabajar, en una terraza del paseo, le dije que no nos conocíamos y que si quería algo conmigo tenía que ganárselo. Me gusta proponerle retos, porque sé que eso lo enciende, y porque me encanta ver cómo se las apaña siempre ante cualquier situación que se me llegue a ocurrir.

El restaurante donde trabajo está de bote en bote, pero Alex, que me conoce bien,(compañero y amigo) me dice a las cuatro que me vaya a donde quiera que sea que tengo la cabeza, en otra ocasión lo habría callado con cualquier bordería de las mías, pero esta vez, lo único que acerté hacer fue coger el bolso y salir corriendo hacia el coche.

Quería llegar la primera, me duché rápidamente, trencé mi pelo, ya que pensar en secarlo y plancharlo no me iba a dar tiempo, y me coloqué los shorts que tanto le gustaban, vaqueros y cortísimos, zapatillas de tacón a juego con la camiseta, mis aros gigantes, y mi última adquisición de Ruiz Zafón.

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Bien, no había rastro de él todavía, elegí una mesa central de cara al mar, pedí un café con hielo y un botellín de agua, me acomodé en la silla y me evadí de los nervios abriendo mi libro. Si venía, que llamara él mi atención, no iba a ponérselo fácil.

Vi cómo se levantaba la parejita que tenía sentada al lado, el ruido de sus sillas me hizo levantar la vista del libro, se iban, bien, falsa alarma, seguí tranquilamente a lo mío, estaba buscando el renglón donde dejé de leer cuando escuché su voz, “una cerveza, por favor”. Cerré el libro de golpe y afloraron mis nervios todos a la vez, no pude evitar mirarlo fijamente, y sonreír. Ahí estaba, mi vikingo, sonriéndome nervioso, sus ojos escudriñaban los míos, y bueno había que seguir el guión, encendí un cigarro, y hice como que no lo conocía, bajé de nuevo la vista al libro, escuchaba ruido de papel crujiendo, a saber qué hacía, me reí, aún sin mirarlo.

Era un mapa de la zona, el muy capull!, quería que lo ayudara a saber por dónde moverse, dónde comer, y me preguntaba si tenía algo que hacer esa noche. Esa noche tenía mucho por hacer, pero aún no era el momento de decírselo.

Empezamos a soltarnos vaciles de esos tan nuestros desde una mesa a la otra, me empezaba a hacer gracia la expectación creada a nuestro alrededor, acabo en mi mesa, provocándome con su cara de vicio, su manera de morderse el labio, y diciéndome todo lo que quería hacer conmigo.

Pedí la cuenta y nos fuimos, lo cogí de su rasta y lo levanté de la silla hasta quedar de pie, a la altura de mis ojos su boca, mis ganas de morderla eran devastadoras, pero me giré, tirando de él mientras sus manos me agarraban por la cintura y salíamos de allí.

El camino hasta el hostal dónde lo llevaba fue un recorrido de manos deseosas de encontrar el tacto del otro, miradas hambrientas, parar y comernos en mitad de la calle, sin reparar en composturas de etiqueta, que a estas alturas, dejamos en algún otro lugar olvidadas. Y qué ganas tenía, notaba cabalgar el corazón en mi entrepierna, abocado a volverme loca de deseo.

La mesa, la encimera y los fogones parecen despertar la libido sexual de las parejas. (Foto: http://sobrevivirrhhe.com/)

Llegamos a aquella pequeña habitación, digna de cualquier escritor ruso alcoholizado, me desnudé sin pararme a que se deleitara en mi desnudo, me ordenó que me arrodillara, lo hice gustosa, deshacer su placer en mi boca era otra de las cosas que más deseaba en aquel momento, lo hice chillar, gruñir desesperado, me cogió del pelo y compartimos su saliva, me encendió, me levanté como una loca y asumí el control,  tiré de él directamente hacia mi coño, frotando a mi antojo sobre su cara mi feminidad, fuera de mí, sus gruñidos y la fuerza con la que me apretaba las caderas me hicieron quererlo dentro de mí, aún más, lo empujé y me subí a horcajadas, entró del tirón, sin ninguna traba, suave y caliente hasta el fondo, me moví, me moví con rabia, buscando ese orgasmo que planeaba sobre mi desde el mismo instante en que lo vi pidiendo su cerveza en aquella terraza, y llegó, rápido, intenso, como todos los que compartimos, justo en el mismo momento noté como me llenaba su semen, aumentando aún más el placer de mi vuelo.

Me quedé allí, encima de mi vikingo, boca seca, pulso acelerado, rendida, totalmente entregada, me cogió la cara con las dos manos, aparto el pelo mojado de mi frente, me besó, de esa manera tan tierna y a la vez tan exigente, esa manera tan suya, marcando mi labio con sus dientes, suavemente, nos perdimos cada uno en los ojos del otro y el sonido de su voz me envolvió en un abrazo al escuchar de su boca:

  • Te he echado de menos.

Ahí me sentí por fin en casa. Ya no había nada que temer.