Placer en las nubes

Autora: @brokenwings013.

Nunca consigo llegar a tiempo a los sitios, sobre todo cuando se trata de coger aviones. Parece que cuando tienes que embarcar, los minutos pasan el doble de rápido y siempre te toca la puerta de embarque más lejana al lugar donde tú te encuentras. Esta vez, no iba a ser una excepción. Tocaba viajar cerca. Londres era la parada elegida para presentar el nuevo producto de mi empresa. Llegaría muy justa de tiempo. Apenas tenía una hora desde que llegase a Heathrow, para encontrarme con mis clientes.

Decidí volar ya con la ropa que llevaría a la reunión. Después de todo, sólo faltaban 4 horas para la presentación. Elegí una ceñida falda negra de tubo, una camisa blanca y unos tacones negros que habían sido mi última adquisición de Cristian Laboutin. Esa suela roja me ponía el punto picante que siempre da un toque sensual a mi forma de vestir.

Iba corriendo como una loca por los pasillos. Chequeando cuál era mi puerta de embarque por enésima vez, cuando choqué de bruces con una azafata que iba tan agobiada por llegar tarde como yo. Mi carpeta y mi móvil salieron por los aires, y su maleta, también cayó al suelo. Recogí mis cosas corriendo y ella su maleta. Le pedí mil perdones antes de tan siquiera divisar sus ojos, y cuando estaba esbozando mi mejor sonrisa (con la que normalmente suelo conseguir casi todo lo que me propongo), me quedé petrificada ante el rostro que descubrí: unos preciosos ojos verdes me miraban fijamente, mientras unas mejillas se sonrojaban por el encontronazo.

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Sonreí y articulé un “lo siento” casi imperceptible. Ella, simplemente sonrió y me dijo: “perdona, llego tarde” y salió corriendo rumbo a su avión. Llegué por los pelos a coger mi vuelo. Justo sonaba el “last call” con mi nombre cuando alcancé el mostrador de mi compañía de vuelo. Entré y casi que me tiré encima de mi asiento. Estaba agotada. Lo bueno es que en dos horas y media, podría descansar, recomponer mi carpeta y dejar de pensar en esa chica con la que me había chocado. Era preciosa.

Empezaron las instrucciones que las azafatas siempre dan cuando el avión se dirige a la pista para despegar. Casi que me las sé de memoria así que ni siquiera miro el show de cómo indican las salidas de emergencia. Esta vez, no sé por qué, levanté la cabeza. Me sentía observada, y busqué cerciorar mi sensación.

De repente, la vi allí. A escasos dos metros de mi asiento. Con sus brillantes ojos verdes y una sonrisa que podría deshacer hasta el acero. Me quedé embobada mirando cómo gesticulaban sus manos. Esos dedos tan largos y finos hicieron volar mi imaginación casi sin darme cuenta. Su figura era una sucesión de curvas por las que deseaba perderme, y esa camisa blanca tan parecida a la mía, hacía presagiar que debajo se escondía un pecho que embrujaría a cualquiera.

Sus ojos volvieron a posarse en los míos y noté el rubor subiendo por mi cuerpo. Los latidos de mi corazón se aceleraban y mi sexo comenzaba a despertar. Sus labios articularon un “hola” sin que pudiera escuchar el sonido de su voz. Y yo, le guiñé un ojo como acto reflejo.

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Junto con el despegue, mi imaginación voló. Esa mujer me hacía desearla sin tan siquiera conocerla. Quería acercarme a ella. Saber el olor de su perfume, probar el sabor de sus labios. En cuanto el vuelo se estabilizó, apareció ella junto con una de sus compañeras empujando el carrito de las bebidas. Compré una botella de agua con tal de tenerla cerca, y al coger el cambio del dinero, nuestros dedos se entrelazaron instintivamente. Me dio una servilleta también, y como recompensa, gané esta vez unas dulces palabras de su boca.

Abrí la servilleta para limpiar el cuello de la botella. Y justo al desplegarla, tenía una nota que me invitaba a ir al baño del avión en tan sólo 10 minutos. Estaba firmada por “Álex”. Sería esa nota para mí? Mi deseo recorría ya cada centímetro de mi cuerpo, y más empujada por él que por mi valor, a los diez minutos exactos, entré al baño del avión. Es un sitio tan angosto, que casi sentía claustrofobia, pero no me iría de nuevo a mi sitio sin saber qué pasaría.

– “Toc Toc” – sonó en la puerta.

Deslicé el pestillo y abrí mientras mi corazón latía taquicárdico. Allí estaba ella, que poniendo una mano en mi pecho me empujó hacia el interior del baño. Cerró la puerta y se apoyó sobre ella. Yo estaba paralizada. No sabía qué ocurría, pero pronto lo averigüé. Sin apenas darme cuenta, se lazó con decisión y empezó a besarme apasionadamente. Mi boca no respondía, y mi cuerpo se hizo piedra. Su lengua buscó a la mía y sólo en ese momento reaccioné.

La empujé de nuevo contra la puerta del baño y esta vez tomé el control. Agarré sus muñecas por encima de su cabeza y empecé a destrozar sus labios con mis besos. Mi lengua bailaba con la suya mientras notaba que ella quería liberar sus manos. Mordíamos nuestros labios y nuestras respiraciones se aceleraban más y más.

Sus manos fueron más hábiles que las mías y acabaron desabrochando mi camisa y mi sujetador, y dejando ante ella mis pezones duros e hinchados de placer. Su boca se lanzó sobre ellos antes de que pudiera darme cuenta. Era como una escurridiza anguila que sabía cómo hacer que mi cuerpo se volviese loco de deseo. Esa manera de lamer mis pechos y morder mis pezones me hizo llegar al orgasmo antes de previsto. Levanté su cabeza mientras me corría y clavé mis dientes en su cuello con tal de ahogar los gemidos que probablemente oiría hasta el capitán del avión. Nunca me habían devorado con tanta ansia, y quise corresponder a tanto placer.

De rodillas y vestida ya tan sólo con mi falda y mis tacones, levanté su faldita de azafata y retiré un tanga negro hacia un lado. Cogí uno de sus muslos y la coloqué sobre mi hombro. Abrí sus piernas para mi y vi un monte de Venus completamente depilado que me pidió que lo lamiera con todas las ganas que esa mujer me provocaba. Mi boca aprisionó su hinchado clítoris y mi lengua comenzó a lamerlo con avidez. Mis círculos sobre él provocaban espasmos en sus piernas y esa reacción sólo conseguía hacer que mi lengua siguiera realizando movimientos que la volvían loca.

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Agarró mi pelo con fuerza, y empujó su pelvis contra mi. Entre gemidos me suplicaba que no parase de lamer, que quería derramar su placer en mis labios. Mi lengua acariciaba su clítoris con rapidez. Esta vez, los movimientos eran de arriba a abajo, haciendo presión sobre la base de su botón. Eso le hacía apretarse más contra mi y restregar sus suaves labios depilados contra mi boca. Me sentía cada vez más encendida y quería notarla dentro de mi. Me puse de pie no sin que ella se quejase y empecé a besarla aún con restos de su esencia en mi boca.

Mientras la besaba, una de mis manos descubrió esos pechos de locura y la otra decidió acariciar a mi azafata por dentro de su ser. Dos de mis dedos la penetraron buscando directamente su punto G. Estaba hinchado y las contracciones de su vagina aprisionaban mis falanges. Sus manos rodearon mi cintura y desabrocharon mi falda, que cayó con un sofisticado movimiento de caderas. Agarró mis nalgas, y me giró contra la puerta. Mordió mis labios, se deslizó por mi cuello y me susurró “Vamos a corrernos nena, no nos queda mucho tiempo. Abre tus piernas”

De repente, dos dedos entraron en mí. Esos dedos largos que me habían seducido desde el primer momento, acariciaban interior. Rozaban las paredes de mi vagina y rodeaban mi punto G. Mis dedos torturaban su clítoris. Ella no paraba de morderme y besarme, nuestros gemidos se aceleraban en sincronía con nuestros dedos. No podía contener mi orgasmo mucho tiempo más, notaba como mis piernas temblaban y una corriente eléctrica conectaba mi estómago con mi vulva.

Estaba a punto de correrme. agarré su nuca y le susurré “Vámonos Álex. Córrete conmigo”. Álex paró de besarme tan sólo un segundo. Me miró con sus ojos verdes y esbozó una sonrisa. Me penetró más profundo y al hacerlo atrapó entre sus dedos mi punto G. Eso hizo que me corriera instantáneamente. Empecé a gemir sin control y ahogó mis sonidos entre sus besos. Noté como vertía mi flujo por su mano. Mientras, los espasmos sacudían mi cuerpo. Me estaba destrozando de placer. Era una diosa.

Retomé mi control en tan sólo un segundo y la penetré con un tercer dedo. Agarré su cadera y la moví a mi antojo. Gemí en su oído mi segundo orgasmo en cadena y ella estalló conmigo en placer. Regalándome su esencia de mujer y los besos más intensos que probé.

De repente… alguien llamó a la puerta
– “¿Está ocupado?”

Alguien tuvo la osadía de interrumpir nuestro viaje de placer.