Choque de plumas

Autora: @imposibleolvido.

Eran ya las siete de la tarde, terminé corriendo de ducharme, y empecé a arreglarme con prisas, había quedado, por fin,  con Simón Galante, el recién publicado escritor, que me había invitado a la presentación de su primer libro. Nos conocíamos por compartir web, en la red, dónde a ambos nos publicaban una serie de relatos eróticos, pero aún, no nos conocíamos en persona, y eso que vivíamos en la misma ciudad.

A las ocho y media escuché pitar al taxi en mi puerta, sonreí, el Sr. Galante. fiel a su palabra, me había mandado uno puntualmente. Me precipité escaleras abajo sonriendo. Llegué de las primeras al salón del ayuntamiento, y ocupe uno de los sitios en la última fila, empezaba la procesión de gente entrando y ubicándose entre las filas de sillas dispuestas. Me alegré de no haberme arreglado en exceso, todas iban engalanadas de punta en blanco, así sería más fácil que me ubicara, con mis vaqueros y mi camiseta corta del Che Guevara era como un blanco certero al mirar hacia el público.

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Empezó la presentación, primero habló el concejal de Cultura, y seguidamente, ahí estaba, se le veía seguro y feliz, era exactamente igual que en la foto que vi en su perfil de whatsapp, no habían sorpresas de última hora, un hombre normal, de apariencia normal, y tremendamente atractivo. Creo que andaba buscándome entre las caras allí reunidas, veía su mirada recorrer una y otra vez la sala, de una punta a otra. Y de repente me ubicó, noté su mirada en mis ojos, y el guiño cómplice, ¿aliviado tal vez?, de verme allí sentada.

Acabada la presentación, se acercó a mi, me agarró de la mano y me hizo así oficialmente su acompañante para el brunch que ofrecía la editorial. Me hablaba como si me conociera de toda la vida, me abría las puertas, me separa la silla de la mesa para que me sentara, me servía la bebida, todo esto, de esa manera natural que sabes que es por costumbre. Me hizo olvidar su galantería comentando mil cosas de ediciones,  contratos, apuntes, fuentes consultadas… Me lo estaba pasando muy bien.

Fue el paso natural que subiera a acompañarlo a la habitación de aquél hotel a recoger el ejemplar que me había dedicado. Entramos en una suite, yo totalmente fuera de lugar, con mis vaqueros cortados pierna abajo, mis tacones y mi vieja camiseta del Che. Se excusó para atender el teléfono en la habitación y yo me quedé allí, en aquella sala, con aquellos sillones.

Me desnudé. Me quité toda la ropa, y me acomodé en una especie de diván muy recargado que había en un rincón, me volví a calzar los tacones, y subí una de las piernas al sillón, dejando la otra en el suelo, estudiando el ángulo de mis piernas para ofrecer una vista detallada de lo que iba a encontrarse el recién estrenado escritor.

Y empecé a rozar suavemente mi botoncito, casi sin tocarlo, pasando la yema de mis dedos sobre él, lentamente, escuché como se despedía, y al salir por la puerta hacia el saloncito. Se quedó allí, justo debajo del marco, apoyado en el dintel, lo ví tragar saliva, subir y bajar su nuez, abrí un poco más mis piernas, bajé la vista hacia mi mano y luego lo volví a mirar a él.

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Empezó a desabrocharse la camisa, sin moverse del sitio, lo ví quitarse el cinturón, sin moverse del sitio, lo vi bajarse la cremallera y quitarse el pantalón, sin moverse del sitio. Se agachó a liberar sus pies y al incorporarse, ví aquel bulto revelador bajo sus boxers, y se encaminó hacia mí, con paso seguro y mirada hambrienta.

Se quedó a un paso de mí, mientras terminaba de desnudarse, sin quitar la vista de mis ojos, con la orden de seguir tocándome en ellos. Acelere la presión de mi mano y el ritmo, “córrete para mí”, me dijo, y yo seguí su orden, mordiendo mi labio por aquel morbo que me daba tenerlo allí plantado, delante de mí, con su polla en la mano, mirándome sin cortarse un pelo, sin hacer ademán de ayudarme a terminar, sólo allí, siendo testigo de mi propio juego.

Me corrí, llegué al orgasmo levantando el culo del sillón y gimiendo, noté cómo me derramaba, cómo mojaba el sillón, entonces se acercó, metió su cabeza entre mis piernas y me hizo volver a subir allá en lo más alto, me comía con hambre voraz, sin hacer distinción entre mi culito y mi coño, sorbiendo, chupando, mordiendo. Me agarré a su cabeza y lo apreté aún más contra mí, aprovecho para subir mis piernas sobre sus hombros, y levantarme la pelvis hasta rozar, el brillante capullo de su polla contra mi hendidura, arriba y abajo, mirando lo que hacía, volviéndome loca por notarlo dentro.

Me llevó hacia la cama sobre su hombro, mientras amasaba mi culo, yo reía de pura sorpresa, de nervios, me tiró sobre el colchón y entró en mí, apoyando el peso de su cuerpo sobre las palmas a ambos lados de mi cabeza, notaba cada embestida, cada empujón contra mi matriz, frenético ritmo el del sr. Galante, me besaba con brusquedad, y a  la vez con mimo, este hombre escribía sus relatos sabiendo lo que hacía, me corrí de nuevo, me rendí a la evidencia.

Estaba delante de otro maestro de la pluma erótica.

Espero que no se quede en un único encuentro.