¿Un café?

Autora: Niobe

Las reuniones de trabajo, a veces son más aburridas de la cuenta. Hoy, me encontraba en una de ellas, intentando mantener la compostura que una secretaría de dirección de cierto rango, debe mantener.

Mi mente es casi tan viajera como yo y eso a veces juega malas pasadas. Hoy vuela hacia mi llegada a casa. Esa, que hace que mi ropa interior y mi feminidad despierten y se rindan al placer del deseo…

Y es que resulta, que mi nueva vecina es una preciosa morena de ojos verdes que hace que cualquiera pierda el sentido. Hace días que no para de rondar por mi cabeza, y… a pesar de que sólo hemos cruzado un par de tímidos “Hola ¿qué tal estás?”, el deseo por ella crece con cada cruce con esa mirada felina.

Se ha convertido en una auténtica obsesión en mi mente. Despierto deseándola y me duermo febril por ello. Casi noto el tacto de sus labios de tanto pensar en ellos. Cierro los ojos y casi siento un beso rozándome en mi boca. Notando la calidez de su aliento y su respiración agitada.

Pienso en cómo sería acercarme a ella con la fatal excusa de pedirle un poco de sal, o café, para que podamos estar más cerca la una de la otra. Imagino, casi sin darme cuenta, ese momento en el que ella, me abre su puerta.

– “Acabo de llegar a casa y al querer tomar un café para relajarme después de un duro día, me he dado cuenta de que se me había acabado…”

Esa es la excusa que le lanzo en cuanto abre la puerta.

Ella, con una amplia sonrisa me invita a pasar, mirándome como si me desnudase sin tan siquiera acercar sus manos a mi cuerpo. Yo la miro embobada y paso, mientras noto como mi deseo se abre paso. Ella cierra la puerta tras de mi apoyando su espalda sobre ella. Me mira fijamente y me dice “¿todas las secretarías visten tan sensuales como tú?

Ante el sonido de su voz, noto que me vuelvo animal. No sé qué hace de mi pero creo que mi cuerpo está conectado a su placer. De repente, sólo pienso en maneras de dibujar esos hombros redondeados, en cómo degustar ese largo cuello de cisne en el que podría perderme horas y horas. Mi deseo me insta a acercarme a ella como una pantera se acerca a su presa, y sin mediar palabra, me lanzo y comienzo a besarla. Ella se queda petrificada en un primer momento, pero tras un breve tanteo se lanza a devorar mi boca.

Entre besos, empiezo a sacar tímidamente la punta de mi lengua a pasear, dejando un rastro húmedo tras los círculos que describo mientras lo recorro.

anal

El otro lado de su cuello es acariciado por mi mano. Una mano fría (porque acabo de llegar a casa) y que contrasta con el fuego que desprende su cuerpo. El contraste le arranca un leve gemido, esboza una medio sonrisa que me dice que más abajo notaré cuáles han sido las consecuencias de acariciarla con una mano helada.

No puedo parar de besarla. Su piel me atrae como un imán. Beso su cuello, subo por su barbilla y le doy un suave mordisquito, me adueño de sus labios y nuestras lenguas danzan al unísono. Conocen el baile como si llevaran toda la vida esperando hacerlo.

Una mano en su cuello. ¿La otra? baja hasta su cintura. La traigo hacia mi con un movimiento elegante. Aún pasa aire entre nuestros cuerpos y no estoy dispuesta a ello.
Está preciosa, y huele tan bien… Yo, con mi ropa de trabajo y ella, con una escueta bata que debajo sólo esconde un tanga.

Mientras nos besamos comienza a desnudarme. Arrastra hacia el suelo mi chaqueta y me dejas en camiseta. Tarda sólo treinta segundos en separarme de ella, y una milésima de tiempo en quitar mi camiseta roja. Creo que le apetece que estemos en igualdad de condiciones. Llevo un sujetador de color blanco. Hoy el traje de ángel es interior…
Sigo ganando en ropa. Aún queda mi pantalón, un tanga, unas medias y mis tacones.

Decido lanzar otro ataque y la acorralo contra la pared. Me gusta tenerla ahí.

La miro desafiante mientras desato su bata… “Si me desnudas, prepárate para disfrutar como una loca” susurro en su oído.

La idea le gusta, porque tras empezar a besarme otra vez, desabrocha mi pantalón para que resbale por mis piernas y acabe en el suelo.
Lo saco. Ahora sólo nos queda mi tanga, mis medias y mis tacones.

Decido ser mala y tras darle un beso apasionado en el que mi lengua baila su mejor danza, me pongo de espaldas a ella, para que contemple mi espalda y la caída de mi larga melena sobre ella. Empiezo a bajar mis medias como si de una streaper se tratase. Piernas abiertas y estiradas. Doblo mi cintura y deslizo mis medias hacia los tobillos.
Eso provoca un suspiro en ella. A medida que voy echando mi tronco hacia adelante, mi trasero se acerca más y más a su pelvis, y cuando mis manos están en mis tobillos, mis nalgas rozan encendidas contra su monte de Venus.

Me doy la vuelta de nuevo. Hoy voy a probar cuanto la excito. Mientras mi boca se acerca a besar uno de sus pechos, le retiro la bata. Mi lengua redondea con cuidado su pezón, que inmediatamente se pone erecto. Hago círculos, succiono, y lo lamo con mucha lascivia…

La cojo con mis brazos y sus piernas abiertas rodean mi cintura. Su espalda está pegada contra la pared y su respiración y sus dedos, se enredan entre mi oído y mis cabellos.
Mis piernas quedan flexionadas y se sienta sobre ellas. Bien abierta me deja contemplan ese tanga semitransparente de color negro que empieza a brillar por la humedad.
Mis labios, llenan su pecho de besos, lametazos y mordiscos… Mi mano derecha, como si de la serpiente del paraíso se tratase, empieza a acariciar el interior de sus muslos, y casi sin darse cuenta, pasa del calor de su ingle a acariciar con la punta de mis dedos su monte de Venus.
El tacto del tanga es suave, y que le estimule sin quitárselo empieza a hacerle gemir más. Se acerca a mi oreja, muerde mi lóbulo y me suplica entre suspiros “fóllame”

Miro a sus ojos verdes directamente. Le regalo una sonrisa que acabo mordiendo mi labio inferior, y te digo… ” es la hora del placer”

No quiero perder el tiempo, y empiezo a acariciar con más intensidad su sexo. Al principio sigo jugando por encima de la ropa interior, pero pronto es ella la que me suplica que retire su tanga y que la lleve al placer a través de la suavidad de mis dedos.

No me cuesta nada entrar dentro de ella, porque está empapada de placer. Dos dedos provocan un un tirón de pelo por parte de ella y un mordisco en mi cuello.

Eso me hace gemir. No puedo evitarlo…

La cojo en volandas y la tumbo en el suelo. Quiero saborearla y hacerle sentir escalofríos en cada centímentro de su piel. Me coloco encima de ella y mi lengua acaricia su boca. Sigue haciendo recorrido en su barbilla hasta bajar por la parte izquierda de su cuello. Pronto me encuentro poniendo erecto su travieso pezón… Levanto la mirada mientras continuo dejando un reguero de saliva por la parte izquierda de su cuerpo. Ella tiembla de placer y su espalda se arquea de placer…

Muerdo su cadera y eso provoca que me agarre del cabello. No tiene idea de cuánto puede llegar a excitarme que maltrate mis rizos.

Me sitúo encima del monte de Venús y empiezo a besarlo con lascivia. Ella no para de retorcerse. “Quiero que me folles”, “Hazme gemir”… no puede parar de suplicarme un orgasmo.

Mi boca se lanza a por ese clítoris hinchado y le dan un pequeño mordisco. Le provoco un grito de placer.

Mi lengua comienza a zarandearlo con decisión. Describo círculos hacia un lado y hacia otro. Le hace temblar de placer.

Mis dedos siguen dentro de ella. Empapados y apretados por sus contracciones vaginales.

Penetro profundo. Acariciando el cuello de su útero. Sintiendo como los espasmos son cada vez más violentos. Acelero los movimientos de mi lengua y mis dedos. Me encanta atacarla así. Cada vez está más excitada…

Mi otra mano agarra su cadera y la empujo contra mi boca. Quiero que me llene de su esencia. Quiero destrozarla de placer.

Vivaz, mi lengua cambia los movimientos y la lame de arriba a abajo. Cada vez más rápido, cada vez más animal.

De repente, me anuncia que no aguanta más, que se va, y yo, al oír esas palabras me voy con ella. Ambas estallamos en un orgasmo en el que no he necesitado más estimulación que sus gemidos. Mi boca no para de lamerla hasta que, extasiada, aparta mi cabeza con suavidad… Me tumbo encima de su monte, a saborear mi victoria. El descanso que precede a otra batalla…

De repente algo me saca de mis ensoñaciones, es la voz de mi jefe: “Álex, ¿vas a exponer el análisis de cuentas ya o esperamos a que vuelvas a la tierra?