¿Desayunamos?

Autora: @brokenwings013.

Llega el verano y por fin dejo el portátil en casa y cambio los tacones por las bambas. Toca desconectar, disfrutar, y olvidarse de balances, reuniones y demás. No tenía muy claro mi destino de vacaciones, pensaba en algún destino de playa en el que también pudiera tener excursiones por la montaña. Pensaba en ir por el norte, pero me apetecía asegurar el buen tiempo y el calor.

Tengo una amiga que hace poco que estoy conociendo, y tiene la suerte de vivir en el paraíso. Hace unos días, hablando por teléfono, me sugirió que por qué no iba a verla, y la verdad es que no me lo he pensado ni un minuto. Nos hemos conocido con las nuevas tecnologías, y me pica el gusanillo de conocernos en persona. Hay cierta química, y aunque no es lesbiana, la tensión sexual a veces se transluce en nuestras conversaciones.
Pues allí llegué yo, con mis vaqueritos rotos, mi camiseta de tirantes y mis zapatillas de deporte. La verdad es que los nervios estaban a flor de piel. Esto era una especie de cita a ciegas, y no sé cómo saldría. A pesar de no buscar nada con ella,  me preocupada no gustarle. Era ilógico. De repente la vi entre la gente. Su larga melena rubia y esos ojos verdes que me había costado tanto que me enseñase. Tenía una sonrisa preciosa. Me quedé enfrente de ella. Sonriendo como una boba y sin saber qué hacer. Menos mal que ella dio el primer paso y se avalanzó a darme un abrazo de los buenos. De los que te hacen cerrar los ojos y que no pase el aire entre nuestros cuerpos. Permanecimos así un rato, mientras su perfume se colaba en lo más profundo de mí.
Al separarnos, nuestras mejillas ruborizadas eran señal de que para ninguna había sido un simple abrazo. Le pregunté dónde me llevaba, y me dijo que a su casa para que pudiéramos dejar mi maleta y darme una ducha. Había preparado un montón de actividades para estos días. Hoy nos esperaba un gran día de playa entre amigos. ¡Estaba deseando!
Cuando llegamos, preparamos un buen desayuno. No había desayunado y estaba hambrienta. Café recién hecho, tostadas y fruta recién cortada. Fresas y mango. Mis favoritas. Mientras hacíamos el café y las tostadas, habíamos intercambiado traviesas sonrisas y miradas de las que desnudan. Le hacía gracia que partiese la fruta y no dejase de comerme los trozos, y a mí me resultaba demasiado seductor el movimiento de sus manos mientras untaba de mantequilla las tostadas.
blingo
Le ofrecí un trozo de mango, y lo comió directamente de mi mano sin apartar la vista de mis ojos, y ella, hizo lo mismo conmigo con una fresa. Me la comí directamente de sus dedos mientras clavé mi mirada en sus ojos verdes. Nuestros cuerpos se habían acercado bastante con el juego de darnos de comer, y tras comerme la fresa, me limpió la comisura de los labios suavemente para quitar un pequeño resto que había quedado.
Pasaron unas décimas de segundo eternas, mientras sin darnos cuenta, nuestros labios quedaron a menos de un centímetro de distancia. Nuestra respiración se aceleraba, el calor de nuestros  cuerpos se elevaba rápidamente y de repente, ella rompió la distancia. Nuestros labios se conocieron también y empezaron a acariciarse lentamente. Parecía que había besado a más mujeres antes que a mi. Agarró mi cintura al mismo tiempo que su lengua decidió explorar el tacto de la mía. Sus labios eran suaves, y sabor era intenso, el mango pululaba aún por su lengua y me volvía loca de placer.
Los besos se volvieron más apasionados, y dejaron paso a mordiscos de pasión. Ella coló sus manos bajo mi camiseta y comenzó a erizar cada centímetro de su piel que conquistaba. Yo estaba inmóvil. Mi cerebro no comprendía lo que estaba pasando. Mi amiga era hetero y se había lanzado con una seguridad que me turbaba.
Mientras mordía mi cuello y me arrancaba gemidos, mis manos decidieron explorar las curvas que había bajo su camiseta. Su piel era suave, blanca y con un perfume que disparaba mis feromonas. Sin costarme demasiado, topé con su sujetador, que estorbaba para que culminase mi inspección. Deseaba el tacto de esos pechos, la dureza de esos pezones. Su cuerpo temblaba y ella gemía mientras buscaba de nuevo mi boca. Con apenas un par de movimientos de mi mano izquierda, desabroché su sostén. Y en dos segundos más, quité su camiseta, dejando su silueta de diosa llena de curvas, desnuda para mí.
Me separé para admirarla. Me dí cuenta de que la deseaba, y quería que su primera vez con una mujer fuese única. Tenía las mejillas rojas de pasión. Tomó mi mano, y sin dudar, la introdujo por debajo de su ropa interior. Descubrí un monte de Venus que ardía. Era suave y desprendía una humedad que me provocaba a regalarle un orgasmo inmediato.
-“Hazme disfrutar”- suplicó ruborizada.
-“Eso está hecho, angelito”, le susurré mientras acababa la frase besándola.
Mis dedos localizaron su clitoris, y empecé a masajearlo en círculos que acababan en la justa presión para hacer que sus uñas marcasen mi espalda por culpa de su placer. Ella estaba empapada, y sus contracciones se notaban sin siquiera penetrarla. Ambas estábamos muy excitadas. Yo notaba que mi tanga no iba a aguantar mucho más sin mojar mi piel. Terminé de desnudarla sin dejar de besarla y ella hizo lo mismo conmigo. Éramos dos diosas como la Venus de Milo. Nuestras curvas decidían fundirse en cada abrazo, en cada caricia.
Mientras nuestras bocas nos unían más, mis dedos jugaban con su clitoris. Sus labios estaban hinchados, gorditos, pidiendo algo más que caricias con mis dedos. Decidí que era hora de saborearla. La tumbé encima de la mesa de la cocina. Abrí sus piernas y mi lengua se encargó del resto. Cada lametazo le arrancaba pequeños gritos de excitación. Sus dedos se enredaban entre mis rizos, y su cuerpo se retorcía en la más bella danza que he visto bailar. Mi lengua penetraba en ella. Su sabor me tenía dominada. Mis labios besaban su clítoris y mis dientes lo apresaban lo justo para que esa mezcla de dolor y placer la hiciese curvar la espalda.

(Las fresas del placer. Imagen: 4b.blogspot.com).

Sus gemidos eran cada vez más rápidos. Sus movimientos más alocados. Sus palabras pidiéndome que la hiciese correr acabaron con mi delicadeza. Decidí darle lo que pedía. Tomé un trozo de mango. Lo puse entre mis dientes, y aproveché el frío de la fruta para masturbarla rozándola con ella. La penetré con dos dedos a la vez que hacía esos círculos que tanto le estaban gustando. Agarró mi pelo con fuerza y me empujó la cara contra ella. Yo aceleré  los ritmos de mi boca y mis dedos. Sus caderas perdieron el control también y se movieron conmigo.
Estalló en un orgasmo lleno de gemidos que molestan a los vecinos porque les desatan la envidia. Cabalgó mis labios a pesar de estar tumbada. Dirigió cada embestida de mis dedos con sus caderas. Su placer abrió las compuertas y se derramó en mí. Durante un par de minutos, se quedó quieta, reposando, disfrutando de cada sensación. Yo permanecí arrodillada, con mi cabeza apoyada en su vientre. De repente, fui consciente de que el mango seguía entre mis labios. Lo cogí entre mis dedos. Me incorporé a mirarla y pícara le dije:
-“Creo que ahora, más que nunca, el mango será mi fruta favorita”- Y me lo comí.
Empezaban unas vacaciones prometedoras.