De cursos por Madrid

Autora: @ImposibleOlvido

Es de esos viajes que te programa la empresa, de esos a los que tienes que ir sí o sí. Llovía al salir de Atocha. El hotel quedaba relativamente cerca de la estación, así que me subí el cuello de la gabardina, agarré con fuerza el asa de mi maleta y abrí el paraguas. Mis botas iban marcando el ritmo sobre el asfalto mojado. No tenía interés alguno en el curso de tapas creativas, la verdad, estaba saturada de miles de recetas de ellas, y no encontraba sentido a  la necesidad imperiosa de viajar a seiscientos kilómetros para complacer al inútil de mi jefe.

El hotel era bueno, al menos, así que entré directa a la cafetería sin pasar por recepción. Me moría por un café. Buscaba hueco con la vista al pasar entre las mesas, sin darme cuenta, de que mi maleta se iba a enganchar en la silla que dejaba atrás. Sentí el tirón del enganche de sus ruedas contra la pata de aquella silla y me giré asustada. Un hombre me miraba, ceño fruncido, por haberlo movido, literalmente. Sonreí, disculpándome, y el muy gilipollas en vez de devolverme la sonrisa, levantó un dedo amenazador en el aire y negó con la cabeza, para volver a enfrascarse en su enorme plato de huevos con bacon. ¡Gilipollas profundo!

Llovía al salir de Atocha. | Fuente: wikipedia.org

Entro tarde a la primera máster, Tapas Eróticas, me río por no llorar. Empujo la puerta e interrumpo lo que parece ser la presentación del chef. Me disculpo y busco mesa libre, están dispuestas en parejas, todas las visibles ocupadas. El chef me insta a colocarme en pareja para comenzar, me coloco en el único fogón libre, y ¡sorpresa, el tío de los huevos con bacon es mi compañero! Bien, esto cada segundo promete más.

Me pongo el mandil, me coloco el gorro, alineo los utensilios que tengo en mi partida, y me pregunta mi compañero: “¿eres cocinera?” Lo miro, es grande, mirada directa a mis pupilas, y sonrisa tímida. “Sí, eso creo”. Vuelvo a mis cacharros y a intentar quedarme con lo que nos pide el chef. Lo oigo susurrar: “Pues yo soy escritor, pero me defiendo”. Ni lo miro, me hago la sorda. Resumiendo, teníamos que hacernos de pinche, unos a otros, confeccionar dos tapas por pareja, y al final entre las dos mejores un premio-regalo.

Me concentro en ver con qué ingredientes contamos antes de pensar en qué carajo montar como tapa. “Te propongo un reto”. Me giro hacia mi compañero: “¿Perdona?” “Que te propongo un reto: tú me haces de pinche a mí primero, porque yo llegué antes, y después yo a ti. Si tu tapa es mejor que la mía seré tu esclavo sexual, si la mía es mejor, serás tú la mía.”

No puedo evitar reírme con ganas, me ha hecho reír más de lo estrictamente correcto para una señorita. Me seco las lágrimas, ¿un escritor retándome a cocinar una simple tapa? ¿Y para ser esclavos sexuales el uno del otro? Por favor, que me atropelle un camión, o algo. Sigo riéndome, él se une a las risas y susurra: “No te atreves”. ¡Mierda! ¿Por qué ha dicho eso? Me giro hacia él, le adelanto mi mano para cerrar trato y me sorprendo a mí misma diciéndole: “Hecho, ponte las pilas”.

“Tapas eróticas”. | Fuente: Flickr.com. Autor: Agustín Ruiz.

Llaman a la puerta, aún tengo la maleta abierta sobre la cama, la ducha a medio preparar, y el cabreo de haber quedado la segunda, por detrás del ‘enteradillo’ del escritor. “¡¡¡Voy!!! Ya va”. Seguramente sea alguien del hotel, aunque no he pedido absolutamente nada. Abro y un dedo sobre mis labios me lleva a andar hacia atrás sobre mis pasos. La sorpresa de verlo parado bajo el dintel de mi puerta me hace retroceder obediente. “¿Vienes a cobrarte tu premio?” Me aprieta más su dedo índice sobre mis labios, me arrincona a un lado de la cama, coge una almohada la tira al suelo y se desabrocha el pantalón.

Me siento humedecer, por lo inesperado quizá, no sé, el caso es que me arrodillo y me propongo volverle los ojos hacia atrás al sobrado este, a ver si follando es igual de bueno que montando tapas. Me humedezco, sus manos agarran mi pelo y de repente me siento alzada sobre la cama, me quita el pantalón y las braguitas sin dejar de mirarme a los ojos. Empiezo a ponerme cachondísima de verdad, me sube las piernas sobre sus hombros y entierra su boca entre mis piernas.

Dios, este hombre sabe cómo hacerlo. Me agarro a las sábanas, veo mis propios pies desnudos encogerse en el aire, empiezo a elevarme, quiero más. Lo cojo del pelo y lo aprieto contra mí. ¿Dónde coño he dejado mi moral? Estoy abierta a un desconocido, y nunca mejor dicho, reculo sobre la cama para separarme pero me agarra de las caderas y me inmoviliza. Hunde aún más su lengua en mi coñito, siento sus dientes en la parte interna de mis muslos, su lengua recorriendo mi ingle, su aliento sobre mi clítoris, vuelvo a abrirme del todo y lo vuelvo a apretar contra mí.

No puedo evitar deshacerme en su boca, alzar la pelvis contra él y dejarme llevar por esas sacudidas. “Dí mi nombre, zorrita, dí mi nombre”. Intento recordar su puñetero nombre ¿Jesús? ¿José? No, espera, era Juan, pero paso de darle el gusto. Me giro sobre él, quedando encima, lo agarro de los huevos: “Para llamarme zorrita, un tío se lo tiene que currar mucho”. Nos acomodamos compartiendo un cigarro, yo ardía en deseos de meterme en la ducha, él hizo gala de su pésimo gusto en chistes culinarios. Era todo un descubrimiento, me hacía reír, como plus.

Y me encaminé a la ducha, desnuda y erguida, sabiendo que sus ojos iban grabando lo que veían, lentamente, consciente de cada bamboleo de mis caderas.

Imagen de portada: torange-es.com