Un buen viaje

¿Has sentido alguna vez la necesidad de revivir de nuevo un determinado día?
Era un domingo cualquiera y me disponía a volver a Valencia en Ave desde Madrid para trabajar el lunes siguiente. El Ave, siempre con una puntualidad envidiable, tenía su salida estipulada a las 12.10 y la llegada a las 13.50. Tenía asiento en ventana, pero como había llegado tarde y un hombre la había ocupado, le dije que no me importaba y que me quedaba en el asiento que daba al pasillo. Me coloqué el móvil, los cascos, mi música, y me dispuse a pasar un plácido viaje escuchando una variada mezcla de rock, heavy y alguna que otra canción más popera de mi track list.
Frente a mí, en las mesas de cuatro, en un asiento que daba también al pasillo, estaba ella. Era una chica morena, pelo muy largo, ojos claros, camiseta blanca con un buen escote, vaqueros ajustados y  unos zapatos con tacón de impresión. Y me miraba. Sí, me miraba a mí, con sus penetrantes y profundos ojos verdes. Me sorprendí. Era la típica mujer de anuncio, una tía buena que llamaba la atención donde quiera que fuese. Y yo era un tío del montón. Desde luego no era como ella, una puta diosa bajada del cielo, de esas en las que sólo piensas en sueños y entre paja y paja.
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Los trenes se prestan a todo tipo de encuentro sexual. | Fuente: Twitter.com.

Seguía mirándome seductoramente, y yo decidí mantener la mirada para demostrar mi interés y continuar el juego que parecía estar jugando conmigo. De vez en cuando, cruzaba sus piernas. De vez en cuando, tocaba sus labios con el dedo anular. Y yo cada vez lo estaba pasando peor, notando mi miembro más duro y más aprisionado por los vaqueros.
De repente, se levantó, quedando de espaldas a mí, buscando algo dentro de su bolso. Yo, mientras tanto, sólo estaba pendiente de aquel culito perfecto, tan redondo, tan… ¿cómo sería penetrarlo? Relaja, Rober, pensé, que tu amigo abajo se está animando. Ella me volvió a mirar de nuevo y salió por la puerta del vagón, dirigiéndose hacia la cafetería. ¿Era una invitación? Estas cosas no me pasan comunmente. Bueno, quiero decir, NUNCA. Así que me dije, vaya, para una vez que pasa, atrévete, da el paso, y síguela. Y eso hice, no sin antes haberme cerciorado de que mi miembro se había calmado lo suficiente como para permitirme andar sin problemas.
Allí, en la cafetería, la encontré con un vaso de café en cada una de sus manos, ofreciéndome uno de ellos.
– Hola- la saludé- Mi nombre es…
– Schhhh… – me dijo, tapando mi boca con uno de sus dedos-. No lo estropeemos. No quiero saber tu nombre, ni tú el mío. No quiero saber de dónde eres, ni si estudias o trabajas. Te espero en dos minutos en aquel baño. No tardes.
No, no pensé en nada. No pensé en por qué me había dicho eso, ni por qué actuaba de esa manera. Y  no pensé en nada porque mi cabeza se encontraba más abajo. Mi pene estaba despierto, muy despierto, así que fui como un perrito faldero hasta dónde me había dicho.

“Te veo en ese baño en dos minutos”. Fuente: Wikipedia.org.

Llegué al baño y llamé, allí me esperaba ella. Abrió la puerta, y me empujó hacia dentro con uno de sus brazos. Me besó con sus labios rojos, carnosos, perfectos, mientras su mano bajaba rápidamente mi cremallera del vaquero, y antes de que me diese cuenta, ya tenía mi polla liberada. Empezó a masturbarme. Joder, sabía lo que se hacía. Movía su mano a la perfección, de arriba a abajo, enérgicamente y yo notaba mi miembro humedecerse de manera proporcional a la dureza y el tamaño que iba adquiriendo.
Dejó de besarme y bajó. ¿Esto era un jodido sueño? Se puso de rodillas y recorrió mi húmedo pene con su lengua primero, para introducírsela después en su caliente boca. Sus labios apretaban mi tronco, terminando el movimiento en mi capullo, ayudándose con una de sus manos que acariciaban mis genitales. Mis ojos no paraban de mirarla, aunque a veces sólo quería cerrarlos y dejarme llevar, pero era tan morboso gozar de aquella imagen…
La anuncié que me iba, y ella empezó a moverse aún más rápido, hasta que no pude más y me corrí en su boca. Noté mi semen llenándola por completo. Ella tragó hasta la última gota, exprimiendo mi capullo. Cuando hubo finalizado, se levantó y me dijo:
– Salgo primero, mientras tú te limpias del todo. Que tengas un buen viaje.
Unos minutos después, salí yo. Cuando me coloqué en mi asiento, ella estaba ya sentada detrás de un ebook. Me miró, me sonrió, y continúo todo el viaje ensimismada en su lectura, sin volver a dirigirme la mirada.
Yo, mientras tanto, terminé el resto del trayecto con una sonrisa en mi boca, que siempre mantengo cada vez que cojo el mismo tren, el mismo Ave, que me ha dado uno de los viajes más emocionantes y morbosos que he vivido en toda mi vida.