El gatillazo no es tan raro

Los absolutos no existen, y el sexo no es excepción. El 100% no se alcanza así como así, del mismo modo que no siempre el rendimiento sexual es el adecuado. Siempre habrá un porcentaje que aleje de la perfección, pero la clave es saber que esa perfección está fuera del alcance. Durante la vida sexual de un hombre, raro es que no haya algún momento en el que la herramienta de trabajo no funcione adecuadamente y se produzca una disfunción erectil puntual, cuyo apodo es tan popular como temible para el común de los varones: gatillazo.

Los gatillazos se producen cuando, por alguna determinada razón y antes de un coito, el pene pierde su erección e imposibilita la ejecución del sexo. Las causas de estos bajones de rendimiento son, ante todo, sociales. El cine, el porno, el entorno humano e incluso las bromas hacen alusiones a un tópico manido y falso: el hombre debe ser un macho, un semental que cuando no rinde en el plano sexual se convierte en paria y recibe la mofa popular y ha de sentirse avergonzado. Probablemente, quien más se ríe de alguien que ha sufrido este problema es quien más dificultades eréctiles haya atravesado. Así es el Homo sapiens.

La estimulación del pene llega gracias al cerebro. | Fuente: Flickr.com.

Esta presión externa supone que, en el momento de la verdad, el cerebro esté a otra cosa. El principal órgano sexual, que recibe los estímulos eróticos y manda señales nerviosas al pene, ve cómo el chico empieza a rumiar qué le puede ocurrir si hay gatillazo. Los jóvenes, especialmente permeables a las críticas y al qué dirán, acaban padeciendo una tortura inimaginable cuando miran hacia su pene.

“Se va a reír de mí”, “Voy a quedar en ridículo”, “Siempre la cago en los momentos importantes” y demás pensamientos se adueñan de un cerebro que debería estar dispuesto a una dosis de placer y que, finalmente, presencia cómo las preocupaciones derrotan a la erótica del sexo y se produce la disfunción eréctil, que aunque sea momentánea, genera una elevada desconfianza y un pinchazo en la autoestima.

Además del elemento psicológico, que tiene un gran peso en estas situaciones, hay que destacar los hábitos del individuo. El cansancio, la ansiedad, la edad y el sedentarismo influyen en este trastorno de las erecciones, al igual que la alimentación o el consumo de alcohol y tabaco, grandes enemigos del desempeño sexual. Si esta desagradable situación se reitera en el tiempo, lo más aconsejable es acudir a un especialista y que este dé su consejo profesional, pero lo que es fundamental es saber que no es algo inhabitual en el ámbito masculino.

Comprensión de la otra parte

Ante estos gatillazos, es fundamental que la otra persona se trague el calentón y muestre paciencia. Al fin y al cabo, las chicas también pueden tener problemas ocasionales de lubricación y ellos pueden ser los siguientes en sufrir dificultades con su erección. El consejo es dejar pasar un rato y volver a intentar excitar a quien lo padeció. En caso de que no haya suerte, la actitud no debe ser catastrófica, sino levantar la autoestima del susodicho y recordar que, aunque suene a frase de consuelo, a todo el mundo le ocurre.

La comprensión es clave para rendimientos sexuales positivos. | Fuente: Wikipedia.org.

Por otro lado, si tu acompañante sexual ha atravesado este episodio de impotencia, tampoco tiene sentido cuestionarse el atractivo propio. “Ya no le gusto”, “Ya no le pongo”, “He engordado y claro…” son los peores lastres de cara a recuperar la normalidad de los encuentros íntimos. No solo se perjudica al chico cuyo pene no ha respondido como se esperaba, sino que al final la moral de ambas partes acaba siendo destruida y se entra en una espiral que convierte al acontecimiento puntual en algo habitual, lo cual sí es un problema.

La solución radica también en la psicología. La confianza en uno mismo y la seguridad en el rendimiento sexual de anteriores coitos deben remplazar en la memoria el patinazo vivido en ese momento. Para dejar de lado el gatillazo, qué mejor que incrementar la frecuencia sexual para demostrar, a propios y extraños, que no hay motivos para dudar de las capacidades propias.

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