Lullaby

Autor: @skyper08A

Es de esas cosas que una vez por otra fui dejando pasar. Siempre la vi muy sensual, erótica, incitante, pero jamás lo había hecho con ella. Debe ser normal que cuando estás metido en faena no pienses en esas cosas. La cuestión es que sí, cuando escuchaba el Llulaby de The Cure, me imaginaba haciendo el amor con ella de fondo. Porque es de eso…  más de hacer el amor con alguien que no de follar con cualquiera. Y no es que lo haya llegado a cumplir literalmente. No he tenido sexo con ella ambientándolo, la cuestión es que hace unos meses, tras llevar mucho tiempo sin escucharla, recordé un momento en el que me sentí como Robert Smith en el vídeo de la canción…

Fue mirarla y saber que tras sus ojos estaba el precipicio hacia mi más irremediable infierno. En ese preciso momento comencé a despedirme de quien fui. No iba a volver a ser igual. La vida me cambió, al mismo ritmo y forma con el que aquella noche cambiamos de bares.  Era como ir haciendo una cata de cervezas, vinos y tapas, para ver con qué maridaban mejor nuestros primeros besos. Yo no conocía la ciudad.

En medio de ese desconocido lugar, mis manos paseaban más rápido explorando su cuerpo que las suelas de mis zapatos los adoquines de las calles. Le propuse tomar una copa en algún garito con música, pero ella pensó que sería mejor que le acabase de enmarañar el pelo en la habitación del hotel.

«Le propuse tomar una copa en cualquier garito con música» | Fuente: Flickr.com.

No sé si os ha pasado. A mí me ha ocurrido un par de veces nada más. Supongo que depende de la persona a quien estés desnudando. Temblé, como si fuese el primer cuerpo que desnudaba, o igual que un niño cuando lo cazan en la primera mentira: con miedo.

Con miedo a estropear el momento, a desperdiciar la posibilidad del pleno recuerdo de algo que no volverá a ocurrir y, aunque trémulas, las manos van más rápidas que la mirada, ansiosa por estudiar todo cuanto va quedando al descubierto; y la boca buscando por donde comenzar a devorar y la mente se dispara, pidiendo pausar la escena y poder controlar los besos, las caricias, las ganas, la pasión, la necesidad… el deseo. El carnal, el del alma y el de quien acostumbra a joderlo todo por no saber distinguir entre lo complicado de lo simple.

Y entonces ella se abandonó, y la vacié de ausencias, y la ericé, y la absorbí, y la colmé, ocupándola y desocupándola; conquistando sus cavidades, recalando en sus submundos, enfilando su fosa despojado de contención, de moderación, de escrúpulos…, de aliento, hasta que exprimí el suyo.

Cuando lo recuperó, se adueño de mí, paralizándome con su mirada. Me hizo presa suya. Podía  sentir como su abdomen forjaba la seda con la que su boca fue anudándome. Sus pezones iban entumeciendo a su paso las partes que sus labios, minuciosamente, luego me envolvían  en su tela de araña, de cabeza a los pies.  Irremediablemente dejé que pereciese mi vida.  No guardó nada para después… Se abalanzó sobre mi verga.

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«La boca buscando por donde comenzar a devorar» | Fuente: Flickr.com.

La tomó como si fuese su credencial de posesión,  recordándome la picadura de esa araña brasileña que provoca una erección de horas. Su boca ejecutaba el adagio majestuosamente. Engullía sin compasión, tragando,absorbiendo, succionando. Se detuvo, lamió, paladeó, empalando mis pupilas con su mirada. Paró, dejando mi polla envuelta en sus labios. Accedí a su deseo.

Agarré su cabeza y comencé a manejar el ritmo de su festín, embocándome por completo; penetrando, evacuando, desbordando, fluyendo, rebosando, conquistando. Golpeando sus morros impunemente con mi pelvis, colérico, exaltado, frenético… despiadado, libando el calor de su aliento; deseando hacer sonar en su garganta el grito ahogado de la campana, alertándola del derramamiento de mi pequeña muerte anunciada.

Para ella todo era sensual y perturbante. Incluso fue muy elegante al marcharse de mi vida. Me quedé con ganas de decirle: “Qué bien te cae el traje de despedida, aunque mejor te sentó el desnudo de bienvenida”.

Imagen de portada: Flickr.com.