¿Qué hacemos las próximas vacaciones? (I)

¿Os habéis planteado alguna vez las vacaciones como un viaje en busca de los límites (táctiles y culturales) de los sentidos? Por aquí sí, alguna vez. Hemos investigado, y la cosa dio bastante de sí, en cuanto a sabiduría y diversión, aparte de llevar un poco más allá el límite de la fantasía. Por una parte se añaden nuevas preguntas a algunas que ya te hacías, por otra imaginas usos y costumbres de otras latitudes, épocas y personas.

¿Dónde vamos de vacaciones?

Parte de nuestro viaje será cultural, por visitas a museos y parques, pero no temáis, ni aburrido ni doloroso, a menos que un poco de esto se encuentre entre nuestros placeres de alcoba. Diremos más, tiene alta probabilidad de ser instructivo e inspirador. Si se nos seduce por el paladar, ¿qué tal una comida inusual? Después podríamos ir de crucero, incluso probar a dejarnos llevar y tentar por caricias propias o ajenas entre la presión y burbujas en las piscinas de un resort exótico o tostar con precaución la piel rebozándonos entre la arena blanca y suave de una playa recogida y recóndita. Y después un poco de crema en la espalda.

vacaciones en la playa nudista

Torimbia, Asturias

A la hora de cenar, qué tal si pensamos en platos con nombres tan incitantes como tetas mojadas, semental o nalgas carnosas a degustar en el Kama Sutra. Sentirnos, en el Seven dreams, tan protagonistas como un asiduo cliente de un cabaret de los 40´s salpimentado con glamour y fantasía mientras cenamos y bailamos hasta rayar el amanecer, o dejar la vergüenza y los prejuicios en la puerta antes de adentrarnos en el Satiricón para comenzar la velada entre platos y que acabe con… –“lo que allí suceda que allí se quede”.

Mmm ¿a que suena bien?

Al efecto de conocer y perfeccionar la realidad física y sensual, Londres conoció de modo efímero, en 2007, Amora, un museo academia interactivo de sexo teórico. Desconocemos si el cierre del lugar se debió a la poca afluencia de público, al tamaño de la exposición o a los revuelos que el intento por normalizar el acercamiento y conocimiento de la conducta sexual tienen a veces en algunos sectores de la sociedad.

Vayamos de un extremo a otro. San Francisco, la ciudad más liberal, aglutinadora y volátil de la costa oeste estadounidense, nos espera con alguna que otra institución erótica. Lugares como el teatro O´Farrell puede despertar nuestra carnalidad con sus espectáculos públicos o bailes privados que reproducir más tarde en algún lugar morboso.

Si buscas más sensaciones que las curvas femeninas, en el Nob Hill Theatre tal vez encuentres algo que deleite tus sentidos. En este local encontraremos a algunos de los habitantes multicolores del lugar, ¿admitirán también a mujeres?, ¿se atreverá algún heterosexual a cruzar el umbral sin temor a sentirse por ello menos viril? (atención a las conclusiones, al final).

Si bien en el O´Farrell acudimos a un show más bien enfocado al sector masculino, en Bogotá, podemos seguir recreando los sentidos en Apolo´s Men, un espectáculo para las señoras.

Dudas y elucubraciones al respecto: ¿por qué no ir juntos a ambos?, ¿hay cierto machismo más o menos velado subyacente en estos espectáculos? La mujer vista únicamente como objeto sexual, el hombre con una doble vida: por un lado como deidad viviente, intelectual y perfecta para deleitar a quien lo contemple, por otro su actividad de stripper no es o será su modo de vida habitual, sino encaminada a sufragar una vida más ¿honrada? en el futuro. ¿De la mujer stripper se piensa que no tiene más afición que la recolección de dinero? ¿Por qué ese doble rasero al mirar a unos y otras?

Ahora surge alguna pregunta más en cuanto al público asistente: a los espectáculos más bien enfocados al público masculino acuden hombres (mayoritariamente) después de una intensa jornada de trabajo (fuera de casa). Uno de los nuevos reposos del guerrero es el club de espectáculos de carácter erótico para ellos. ¿Las mujeres están para entretenerles o para servirles en cualquiera de las variantes imaginables? (Con esto recuerdo la sorpresa de cierta escritora al comprobar que las strippers eran mujeres normales una vez que descendían de la barra de pole dance).

Por otra parte parece ser que las mujeres, cuando aparcan sus juegos clásicos de cartas, parchís o el bingo, acuden a espectáculos similares sí y solo sí están en una despedida de soltera con diademas de pollas en la cabeza, improbable ¿como ellos? después de una maratoniana sesión laboral(fuera de casa y dentro también), o alguna cena, organizada por la/s capitana/s deslenguada/s e intrépida/s del grupo (que escrutarán todo lo que acontezca durante la velada sin tomar parte activa en los números carnales), en la que parte del atractivo, más allá del espectáculo, será reírse con poca o nula sutileza de alguna de las asistentes (real facts).

Supuestamente es tal el nivel de represión sexual de las féminas que alcanzan el nivel (y a veces el patetismo) de perras en celo aullando y conteniendo con dificultad la risa nerviosa y tocando sorprendidas la piel tersa y los músculos ejercitados de sus artistas para comprobar con devoción y tristeza que no es lo mismo que tienen en casa; pero que estarán de suerte si conviven con uno de esos fofisanos que están tan de moda (en fin, no tengo palabras para describir la emoción que me embarga ante la idea y la imagen asociada que viene a la mente).

Atención, por favor, que llegan las conclusiones (y nos preparamos, por tanto, para flipar). Éstas se extraen, entre otras cosas, de observación, mercantilización y conversaciones sobre el tema:

  • No vamos a hacer mucho hincapié sobre la banda sonora (y no nos referimos a los gritos de las asistentes) que acompaña a estos espectáculos. En fin, no tenemos palabras suficientes que describan la sensación, solo una pregunta: ¿por qué?
  • El atrevimiento masculino: por lo general un hombre heterosexual se cuidará muy mucho de decir públicamente, e incluso en privado, que otro hombre es atractivo, guapo o simplemente interesante (partimos de la base, por supuesto, de que estas cuestiones son muy subjetivas) ¿Por qué? por pavor a que otros/as duden de su orientación sexual ante tal afirmación o por miedo y dudas de sí mismo acerca de su propia hombría. Venga ya, ¡qué me estás contando!
  • En un hombre está más o menos bien visto  (¿será una forma de manifestación de la virilidad que se nos escapa?) o justificado acudir a locales de espectáculos eróticos. Al parecer que una mujer haga lo mismo es un poco más extraño (aunque se fantasee rememorando Showgirls o similar) e infrecuente.
  • Que una mujer acuda a espectáculos de streap tease masculinos solo está justificado o es habitual en una despedida de soltera, escandalizada y excitada a partes iguales como si no hubiese tocado o visto a un hombre semidesnudo en su vida. De los abalorios sexuales utilizados en tales eventos no vamos ni siquiera a hacer mención, porque ¿pa qué? La mezcla de cierta vergüenza ajena y represión galopante generalizada que subyace a estas visiones es parcialmente surrealista.
  • Cuidado, chica: si esa barriga sobresale algún centímetro más de lo socialmente permitido más te vale hacer series infinitas de abdominales o si no pasarán automáticamente dos cosas: 1) entrarás en el vergonzoso grupo de las gordas o 2) perderás toda tu sensualidad que, como todos bien sabemos, se encuentra únicamente en el cuerpo, nunca en la actitud ni en la mente, ¿verdad? Pues no, pero este secreto se desvelará en otra entrega, recordádnoslo.
  • Por el contrario, si estás, oh afortunado tú, físicamente en el bando de los hombres, no hay ningún problema con tus lorzas, eres un simpático, gracioso y ¿atractivo? fofisano de esos (y si tienes pasta, que es lo que a las mujeres se supone (os digo ya que NO a TODAS) que les pierde, ningún problema).  –“La madre que…”.

No perdáis detalle, a lo mejor aún solo estamos templados/as, pero esto tendrá una continuación cálida, o incluso candente, así que id pensando dónde va a ser vuestro próximo viaje en solitario o en compañía, igual hay sorpresas.