Cine

Entre en el vestíbulo del hotel sacudiéndome el agua de la cazadora, la lluvia me había pillado de pleno en el trayecto desde el coche, y mis manos iban desde el hombro sacudiendo las gotas en un movimiento descendente por el brazo; no dejaba de ser un movimiento causado por los nervios. El recepcionista me dijo que mi mujer ya había subido a la habitación, así que me entretuve hablando con él del tiempo; de la lluvia, de la ciudad, y en un arrebato le pregunté por la cartelera de cine. Luego me dirigí al ascensor, buscando unas palabras que sabía no serían adecuadas.

La puerta de la habitación 372 estaba entreabierta, sonreí, siempre llegaba yo primero menos hoy; otra señal, ya sabes que si quieres ver señales el mundo se vuelve un código  de circulación. Al entrar la vi de espaldas, mirando por la ventana, llevaba un vestido negro y unas medias a juego.

Los zapatos de tacón estaban tirados en distintos ángulos sobre la alfombra. Se giró hacia mí sonriendo y al verme con la mirada fija en los zapatos me dijo: “te has perdido mi entrada triunfal”. Al decirlo fueron muriendo las palabras en su boca y sus ojos se fueron poniendo cada vez más serios. Nos miramos en silencio, quería decirle con los ojos todo lo que no era capaz de decirle con palabras y ella, estoy seguro, lo supo antes del primer parpadeo, decidió que no me lo pondría fácil.

  • ¿Ya lo decidiste? preguntó muy seria, yo asentí. Y, ¿se puede saber cuál ha sido el detonante? Su tono era duro, de enfado contenido, de rabia.
  • Cuando venía hacia aquí una pareja joven caminaba bajo un paraguas y discutían sobre qué película irían a ver al cine, se reían de las propuestas y se besaban barajando opciones.
  • Y tú, pobre Saulo, ¿viste entonces la luz?

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Pasillo interminable a la habitación. | Fuente: Pixabay.com

Se sentó en la cama, yo sentí que estaba haciendo lo correcto, pero era lo último que querría hacer.

  • Joder, los dos sabíamos que esto iba pasar, no sabíamos cuándo ni por qué, ni cuál de los dos daría el paso, pero estaba claro que esto tenía que llegar. No vamos a besarnos en la calle, ni a compartir paraguas bajo la lluvia; es demasiado arriesgado y alguien podría vernos.
  • ¿Y si nos ven qué? yo nunca me negué a ir  contigo  a ningún sitio, y te besaría en cualquier acera. Me importa una mierda que nos vean; el mayor riesgo es lo que sintamos, no lo que pueda hablar el mundo.

Me froté las sienes intentando buscar las palabras pero, dijera lo que dijera, la herida dolería lo mismo, ya daba igual.

  • Siempre lo supimos, ya te lo he dicho; soy demasiado mayor para empezar nada, mayor para acabar con mi matrimonio y para dejar que tú acabes el tuyo. Este deseo brotó del desamor, de un desamor aburrido y sucio, maloliente. Piensa en por qué estamos aquí y piensa en tus hijos.

Entonces se levantó bruscamente.

  • ¡Vete a la mierda! No los nombres, no vayas por ahí,  no es necesario. ¿Quieres ir al cine, al teatro, a pasear? Venga vayamos, no seas cobarde. ¿Quieres más a tu mujer si no te ve nadie con tu amante? ¿Son mis hijos menos hijos míos si me follo a alguien que no es su padre? ¿Qué coño pasa por tu cabeza? Los dos sabemos que esa historia de la pareja  no es más que una excusa, una mentira más para ocultar la verdad.
  • Y, ¿qué cojones sabes tú de la verdad? ¿Qué sabes tú de mis motivos? Yo nunca te mentí, siempre supiste la verdad y siempre te advertí de que esto pasaría. Si quieres hablamos de tus motivos para estar aquí conmigo, de toda la mierda de la que te salva esta habitación.

Se acercó a mí, me echo las manos a la nuca y comenzó a acariciarme; “está bien, hablemos”. Empezó a besarme, vale, no me beso;  fue más bien como si me arrasara, como si el deseo de nuestros cuerpos se hiciera beso y toda la rabia que sentíamos la volcáramos en los labios y en las manos. En menos de un minuto estábamos desnudos, arañándonos, queriendo decir un montón de sentimientos con un abrazo, con un deseo nacido de la putrefacción y del peor de los hedores.

Me besaba por todo el pecho, me mordió los pezones no muy suavemente; yo estaba empalmado como hacía mucho, quizá como nunca lo había estado. Quería  marcarla, quería decirle adiós, pero que mis huellas se  grabaran debajo de su piel. Joder, estaba rabioso, enfadado,  triste y excitado; todo eso metido en mi polla y ella agarrándola con la mano.

La tumbé en la cama y empecé a besarla, tenía que hacer fuerza para mantenerla quieta; era una pelea sobre quien dominaría al otro y yo la tenía perdida de antemano porque no quería renunciar a su piel, su piel que olía a una mezcla de vainilla y aloe vera. Aunque ella estaba peleando bajo mi peso para morderme y  para arañarme, yo ya había perdido.

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Haríamos de esta, nuestra cama y nuestra última noche.| Fuente: Pixabay.com

La besé por todo el cuerpo recreándome en sus tetas, joder, sus tetas; necesitaba fijar en mi memoria su tacto y su sabor, esa imagen de su pezón entre mis dientes. Ella comenzó a gemir, bajito, como un ronroneo y yo seguí dejando un camino de saliva hacia su coño. Estaba mojada y empecé a lamerla, a recorrer con la lengua su clítoris y sus labios, girando mi lengua hasta llegar a su culo.

Me perdí entre sus pliegues saboreándola hasta que conseguí que se corriera, y luego con mi boca llena de ella comencé a dilatar su culo; lo empapé y primero le metí un dedo, despacio, luego dos y finalmente empecé a follarla, muy lentamente  al principio. Se apretó sobre mi polla y me susurro: “¿así follas también con tu mujer?”, después de preguntármelo se impulsó hacia mí buscando más.

Le di la vuelta poniéndola a cuatro patas y abierta para mí; la agarré del culo y mis embestidas se hicieron más fuertes, más rápidas y rabiosas,  se revolvía debajo de mí. Le arranqué gemidos y suspiros, gritos que morían antes de salir. Una embestida se la hacía por  delante y otra por detrás,  sin un ritmo establecido, solo rabia y deseo de seguir follándola.

Quería tocarle a la vez las tetas y el clítoris, quería comerla a besos y agarrarme a su culo para perderme en el orgasmo que crecía en mí y que no tardó en aparecer sacudiéndome. Me corrí salvajemente y no dejé de moverme en su interior hasta que ella volvió a correrse.

Entonces la besé en su espalda, directo hacia su hombro, su tatuaje me marcaba el norte, joder, esto no era solo un polvo; era sexo y del inolvidable.

Permanecimos unos minutos recuperando la respiración, sus manos acariciando mis pezones. Revueltos los brazos, las piernas y las pieles. Retorcidas las lenguas en los besos, retorcido mi deseo que quería estirarse y crecer.

De repente como un resorte se levantó hacia el baño diciéndome que quería estar sola. Al salir se fue vistiendo poco a poco; las bragas y el sujetador grises, las medias y el vestido. Yo no podía apartar de mí su imagen vistiéndose,  con el estómago agarrotado sabiendo que era la última vez.

Ella se giró mientras cogía el bolso y con una mueca, que quería ser sonrisa, me dijo “quizá te vengo grande”, y salió. No hubo fundido en negro, ni música instrumental, ni una gran frase melodramática; sólo silencio, que sentí que me asfixiaría.

Cuando no aguanté más el vacío, cogí el teléfono y llamé a casa, mi mujer descolgó al tercer timbrazo:

  • Soy yo, salí pronto, así que no tardaré en llegar a casa; estaba pensando que quizá te apetezca que vayamos al cine.

Autora: @fuiesther. 

One Comment
  1. Me puede que además de amiga tengo una especial fijación por ella, s cada relato nos sorprende mas mejor.
    Beso enorme.

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