Las vecinas

Voy con retraso con eso de la columna de Josebita, pero es lo que tiene tener un novio narcotraficante ruso, que ya estoy again de travel con Nicky. Pues eso, que aquí ando, por unas plantaciones de marihuana, organizando las cuentas y los envíos. Lo de siempre. Yo saneando cuentas y costes de producción y trasporte, y Nicky pegando tiros y dejándome todo perdidito de sangre y de fiambres. Que no hay manera de que le dure una camisa limpia. De verdad, qué hombre éste. Gensanta. En qué hora, de verdad, en qué hora.

Pues en esas estoy.

Mientras venía de camino, en el airport, me ha venido a la cabeza una historia que me ocurrió la semana pasada en mi casa de Lavapiés. A éstas alturas del partido, ya no sé muy bien donde vivo. Todo el santo día de airports y trains y buses, y hay así no hay manera de que me centre. No hay manera.

Pues eso, que iba yo recordando la de veces que en los vuelos en avión, al ir yo de traje y con escolta, se me sientan al lado señoritas compañía. Es lo que tiene ser novio de un narco. Que tengo que guardar las formas e ir de traje, con gafas de sol y cara de mala hostia y dos guardaespaldas chechenos, por todos los aeropuertos del mundo. Qué mira que es cansino.

Joseba y su defensa. | Fuente: Wikipedia.org.

Resumiendo. Que siempre me ofrecen sus servicios. Las rusas ya no, ya saben quién soy y me miran con respeto y con cara de lástima. Ya saben ustedes, el famoso tópico de qué desperdicio de hombre…Con lo guapo que es. Lo de siempre.

Y yo pensando en mi vecina Javiera.

Javiera vive en el ático de mi edificio.

Es una belleza exótica de ojos azules y pelo rubio, depende del día y de la peluca de turno. De edad indefinida, gaditana, con más arte que Lola Flores y transexual. Javiera es actriz y trabaja de noche. O eso me cuenta. Yo siempre me la encuentro cuando regreso a casa del trabajo, y ella sale a “trabajar”. Sus cosas, que actrices somos todos.

Pues bien. La semana pasada, cuando regresaba de trabajar, me encontré, en el portal de casa, que estaban agrediendo a Javiera. Era uno de sus “amigos”. Todo quedo en que el “amigo” de Javiera se fue para su casa calentito y con dos cortes en una ceja, que le hice yo mismo al cerrar la puerta del portal en su puta cara, después de haberle sacado del mismo, a base de una somanta de hostias bien dadas. Payaso.

Javiera llamó a la policía. Pero no denunció.

Una agresión, sea del tipo que sea, hay que denunciarla siempre. Siempre.

A Javiera le estaban metiendo una paliza por ser mujer, por ser transexual y por ser “actriz”. Por ser débil. Porque un hijo de puta se creía en el derecho de descargar su frustración y su rabia con alguien a quien consideraba inferior. Y casi lo consigue si yo no llego a aparecer y plantarle cara.  Casi lo consigue. Casi.

No voy a disertar ahora sobre el hecho que supone ser mujer, ser transexual y ser “actriz” en el siglo XXI. Hay cosas que ya debemos de tener superadas. Sin más vueltas. Superadas.

Lo que si voy a hacer es pediros que no dejéis ninguna agresión sin denunciar. Sin responder y sin denunciar. Que nos os quedéis quietas y mudas. Paralizadas y aterrorizadas. Con complejo de culpa. ¿Culpa?

Que os defendáis con uñas y dientes. Que si hay que morir se muere matando. Que os podrán quebrar el brazo pero no el alma. Que si hay que matarle, se le mata, y luego, Dios dirá. Pero no dejéis ni una sola agresión sin responder. Ni una sola.

Por cierto, me llamo Joseba.