Primera cita

“Me imaginabas diferente, ¿no?”. Lo dijo con naturalidad, sin rastro autocompasivo, como quien constata un hecho lejano y aséptico. Noticias de internacional en el periódico. “¿Me imaginabas más guapo ?, ¿más alto?…”.

“Más alto”, respondí saliendo al paso. “Ya te lo dije, que no llegaba al metro setenta.” “Lo sé, lo sé…”.

“Son las fotos, que engañan”, agregó pinchando una anilla de calamar. Yo todavía estaba un poco tensa, sin saber muy bien si acercar la silla a la mesa o huir de aquel extraño de quien hacía una semana desconocía incluso la existencia. “Todos ponemos fotos en las que estamos favorecidos, y no sé, al final todos queremos ver el reflejo de nuestro deseo, ¿no?”

“¿Tanto me ha cambiado la cara cuando te he visto?”, pregunté agradecida por aquel relámpago de sinceridad cruda que había iluminado la conversación. “Tanto no, sólo lo justo para saber que te esperabas alguien diferente“, cogió un par de servilletas de papel. “Y las piernas cruzadas no indican comodidad.”

Ni siquiera me había dado cuenta, pero en efecto, mi posición corporal era un escudo que lo único a lo que invitaba era a mantener las distancias. El camarero llegó con mi bocadillo vegetal y el suyo de ternera humeante que, haciendo caso a su mirada, esperaba con ansia. Nada de cenas formales, como habíamos quedado la víspera. Un par de bromas y alguna insinuación casi adolescente hicieron que me decidiera.

“Nada de cenas formales”. Fuente: Flickr.com.

“Tres veces”, dije finalmente. Él pareció no entender. “Tres citas de Internet. Tú eres el tercero.” Él me miró de reojo y sonrió, giró su plato 180 grados y cogió con fuerza el bocadillo. “¿Y qué tal?” Dudé.

“Diría que… no sé, por un lado no he repetido cita con ninguno de los dos, un poco desastre, mirando el reloj al poco tiempo. Pero también supongo que he visto alguna esperanza, y que por eso estoy aquí”, concluí cogiendo también yo mi cena. “Quizás no sirvo para esto”.

“¿Para los hombres? ¿Para ligar? ¿Para cenar?“, y dio un gran bocado sin dejar de esperar mi respuesta. “Para ligar con hombres mientras ceno”, dije, y me hizo gracia.

Acabábamos de pasar unos días calurosos, casi de pleno verano, y después de una semana era la primera noche en que la brisa marina llegaba a la ciudad. Yo iba vestida con una camiseta de tirantes color marfil y una falda turquesa hasta las rodillas. Había buscado una ropa que sin ser demasiado atrevida, me ciñera la silueta y destacara mis atributos, aunque por el momento él solo me mirara a la cara y ni siquiera me hubiera dicho nada del colgante que con una pequeña llave y un anillo se balanceaba en medio de mis pechos.

Eran cerca de las diez, pero aún se adivinaba la tenue luz del día entre los edificios de tres y cuatro plantas que nos rodeaban, la mayor parte en espera de una buena rehabilitación. A nuestro lado, a unos metros de distancia, el camarero acompañaba a dos parejas hacia una mesa mientras quitaba la plaquita de Reservado.

“Tú tampoco eres como en la foto”, apuntó él entonces, y de nuevo lo hizo sin malicia, sin reproche oculto. Yo no supe si esperaba que le preguntara. “Estás mejor”, dijo. “Más carnosa, si me lo permites”, y continuó haciendo camino con su bocadillo.

“No sé cómo tomarme eso”, dije simulando una prevención que en realidad no sentía, porque me había gustado. Esperó unos instantes hasta que engulló.

“En la foto, en las dos, en realidad, pareces más delgada“, me aclaró, y cogió la copa de vino y dio un breve sorbo. Su naturalidad en los gestos, en las palabras, con ese matiz de suficiencia, me tenía sorprendida, pero al mismo tiempo me inspiraba una creciente tranquilidad. Como cuando vas de excursión y aunque te desorientas no te importa porque sabes que tu compañero conoce la ruta.

“Esperó unos instantes hasta que engulló”. Fuente: Flickr.com.

A medida que pasaban los minutos, su silueta, su rostro dejaban de resultarme extraños y empezaban a parecerme vagamente familiares. “Los hombres queremos tener donde agarrar”, dijo. “No queremos tener cien kilos para agarrar, claro, pero… tú me entiendes.”

“¿Tú cuántas veces lo has hecho? ¿Cuántas veces has quedado con chicas como yo, conocidas por Internet?“. Él se echó atrás sin soltar la mitad de bocadillo que aún le quedaba, y que no iba a durar ya mucho. Dejó perder la mirada, un instante.

“Nueve o diez… u once”, dijo mientras aparentaba hacer cuentas mentales. Se acercó de nuevo a la mesa y me miró. “No sabría decírtelo con certeza”, y para concluir dio otro bocado. “Mmmm… Me encanta”, añadió aún con la boca llena. “Siempre pido lo mismo.”

Me divirtió. Aunque no sabía si se refería a siempre, o siempre-que-quedaba-con-alguna. Mi bocadillo, en cambio, a duras penas lo había empezado. “¡Comes muy rápido!”, exclamé de manera inocente. Él, en cambio, dibujó enseguida una sonrisa maliciosa en la comisura de los labios, que me hizo caer en el juego de palabras.

Siempre que me dejan“, respondió. “Pero no me dejan tanto como podría parecer. Fíjate el hambre que tengo”, y me mostró el poco pan que le quedaba ya entre las manos. “Y tampoco devoro lo primero que me ponen en el plato, todo hay que decirlo. A ti en cambio parece que te sobra la comida, aún no has comenzado.”

Yo decidí participar de aquello. “Me gusta saborearlo, supongo. Me gusta que dure.” Él arqueó las cejas y asintió en señal de aprobación. A continuación acabó el poco vino que ya le quedaba en la copa, y miró mi copa. Me quedaba más de la mitad.

“Debería haber pedido cerveza. En realidad he pedido vino sólo para seguirte”, alzó la mirada en busca del camarero, pero no lo localizó enseguida y no insistió demasiado. Volvió al bocadillo. Verlo disfrutar de aquella manera me satisfacía también a mí y me daba hambre. Las dobles parejas de nuestro lado ni siquiera habían pedido. Se habían sentado de manera especular, enfrentándose ellas y ellos de manera paralela.

“¿No me preguntas cómo me fue? En las citas, digo.”

En realidad sí que tenía curiosidad. “¿Cómo te fueron las citas?”

“Me alegra que me hagas esta pregunta”, respondió de manera teatral, y yo le reí la broma de manera sincera. Cada vez me sentía más cómoda. “De todo, he tenido de todo. Tuve una cita que duró sólo diez minutos, porque ella desapareció después de ir al baño. Tópico y fácil, lo sé, pero así fue… Tuve citas normales, como la que estamos teniendo tú y yo ahora, pero que no se repitieron. Una pena. Tuve una novia que me duró un año. Tuve sexo ocasional… Tuve malentendidos. De todo.” Tomó la punta del bocadillo y empujando con el índice, lo hizo desaparecer. “C’est fini“, dijo con la boca llena.

“Entonces, ¿la nuestra es una cita sólo normal?”, pregunté un poco coqueta.

Él me miró, giró ligeramente la silla en mi dirección, y se acercó sin perderme de vista los ojos. “Estoy intentando evitar el colgante entre tus pechos desde el primer minuto”, dijo en voz baja. “Esto quiere decir que para mí, está yendo más que bien. Pero claro, esto es un juego de dos.”

Sentí como una ligera rojez inundaba mis mejillas. Él me hizo un guiño, y volvió atrás, aunque en el episodio, nuestra distancia se había reducido a casi la mitad. “Pero soy un escéptico“, remachó. “No respecto a ti, sino… en general.”

Continuará…

Autor: @_apeudepagina.