La historia de la belleza femenina

La palabra ‘belleza‘ tiene un significado en el diccionario pero no en la vida real, sobre todo al ir ligada al sustantivo ‘humano’. Mientras que todo el mundo dice saber identificarla, jamás ha existido un consenso al intentar clarificar su ubicación. Realmente, ¿somos sinceros al hablar sobre este tema? Son bien conocidos los tópicos actuales que lo inundan, como aquel que asegura preferir a una chica en pijama en vez de a una con tacones, y sin embargo, a la hora de la verdad nos dejamos llevar por la corriente social.

Para ser consciente de las variaciones que puede sufrir el prototipo de cuerpo ideal en función de las circunstancias que lo rodean y de la sociología de la época tratada, es suficiente con analizar la evolución que ha sufrido a lo largo de nuestra historia. Por ello, este texto tendrá esa finalidad, aunque estará centrado únicamente en el sexo femenino.

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Partiendo de las pinturas prehistóricas en las que se observa la predilección por la redondez, por estar asociada a la fertilidad, pasando por unos egipcios enamorados de las piernas largas y enganchados a las percepciones sensitivas, hasta el punto de acabar fundando la cosmética, y terminando por los griegos, insaciables cazadores de la armonía y de la consonancia de las formas, así como de la destreza física, podemos decir que se completa la etapa que constituirá la primera toma de contacto.

Como no podía ser de otra manera, en la Antigüedad romana optaron por adquirir gran parte de la cultura de sus vecinos del Este, añadiendo el gusto por las pieles pálidas y los cabellos rubios. Además, su pasión por las imágenes de perfil tuvo como consecuencia la búsqueda de frentes anchas que demostrasen inteligencia y narices imponentes. Manteniendo los colores claros, la siguiente novedad vino de la mano de los rostros ovalados de componentes reducidos.

En las pinturas prehistóricas se observa predilección por la redondez

Emergieron entonces las caderas estrechas y los senos pequeños pero firmes que le dieron a la Edad Media su toque distintivo. En el Alto Renacimiento, conocido como Cinquecento, cuando la Mona Lisa entró en escena dispuesta a dejar claro que la sabiduría pretendía tomar el mando. Es importante destacar que las cejas y la nuca depiladas ofrecían una visión de caras y cuellos más alargados respectivamente, en medio de una etapa artística que brilló por su tolerancia.

El Moisés de Miguel Ángel (1513-1515). | Fuente: sumateologica.wordpress.com

El Moisés de Miguel Ángel (1513-1515). | Fuente: sumateologica.wordpress.com

El Barroco desembarcó con un gran giro argumental: las pelucas, las pinturas, las vestimentas extravagantes y, en definitiva, todo tipo de complemento artificial o maquillaje (palabra derivada de ‘engaño’) que uno se pueda imaginar sumado a una pomposidad inaudita. Los pechos grandes resaltados por los corsés de infarto y las curvas marcadas debido a los encajes volvieron a deleitar a aquellos hombres, cuyo gusto fue evolucionando poco a poco hacia algo más exótico y refinado, ligado siempre a la naturaleza.

Es más, entre los cuerpos desnudos y ligeros se alcanzó el Rococó con la mitología como contexto. La palidez de un enfermo mostró que la ola del Romanticismo no se preocupó demasiado por los aspectos de los que hablamos.

No obstante, a continuación emergió el siglo XX, que nos lanzó sin anestesia hacia una montaña rusa. Todo empezó con el contraste de tamaño entre las cinturas y las caderas sumado a unas nalgas prominentes, que posteriormente fueron adelantados por los “locos años 20” marcados por la rebeldía de los vestidos cortos. El pie izquierdo presionando el freno devolvió a todos a la primera década, hasta que el hecho de mantenerse sanas se convirtió en el principal objetivo durante la década de 1940.

La actriz Lauren Bacall es tomada como uno de los mitos sexuales de mediados del siglo XX. | Fuente: catacultural.com

La actriz Lauren Bacall es tomada como uno de los mitos sexuales de mediados del siglo XX. | Fuente: catacultural.com

La difusión de la publicidad durante la posguerra incitó al uso de los bronceados al mismo tiempo que las tetas con más volumen eran el objetivo de la mayoría de las miradas. Es ese momento se vivió un punto de inflexión, pues más allá de 1960 se apostó por una apariencia andrógina que pronto sucumbió ante los cuerpos delgados y tonificados.

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Finalmente, lo primero ha centrado la atención y las modelos extremadamente flacas han copado las pasarelas de moda. La única conclusión a la que se puede llegar es que todo depende del cristal a través del que se mira, pues ni la guapura es persistente ni alguien en principio feo tiene un problema irremediable.

La única palabra que concuerda con ‘belleza’ es ‘opinable’ y la única forma de alcanzarla se basa en ser uno mismo.

Fuente de la imagen de portada: misterioalaorden.net