El reencuentro (II)

Y todos nos reímos y seguimos bromeando, pero ella me miró y me dijo: “No era necesario, ¿lo sabes?”. “Claro que lo sé, por eso no mentí, y llevo todos estos años obsesionado con las tetas, en mi imaginación las tuyas siempre fueron insuperables”. Ahí apareció mi amiga de entonces, dudando si creerme, dudando si declararme su amor o darme un morreo, dudando si sonreír o sentirse ofendida.

-¿No querrás esperar a dentro de otros 20 años para romper el misterio, no? Si en uno de esos reportajes fotográficos encontraste la valentía es el momento de demostrarlo. ¿Quieres?

En ese momento nos interrumpieron para hacer el primero de incontables brindis pero yo sólo estaba pendiente de sus señales, atento a sus gestos, como una rata siguiendo el sonido de la flauta. Cuando Lucía me estaba contando qué había sido de alguien, ella me sonrió y dijo “empieza el baile, y espero que esta vez bailemos una lenta“; le susurró algo a Lucía y me cogió de la mano para llevarme hacia la pista donde ya bailaban un montón de compañeros.

Pasó por la pista contoneándose como si bailara y sin soltarme siguió andando en dirección a los baños. Con total seguridad abrió una puerta que ponía ‘Privado’ y tiró de mi mano sin dejar de sonreír. Hubiera seguido esa mirada a donde fuera necesario.

El almacén era un cuartucho no muy amplio con cajas apiladas a distintas alturas. Una farola de la calle le daba una iluminación tenue, en una esquina había una silla y una mesa, sin apenas un espacio vacío. Yo comprobé que cerraba bien la puerta sin soltarla de la mano y la abracé moviéndonos al compás de la canción que se oía lejana.

-Siempre quise bailar contigo una canción, me dijo. Pero nada, nunca te dejaste, como tantas otras cosas.

-No es que no me dejara, es que para mi tú eras todas las putas canciones.

Y antes de que reaccionara y quisiera aclarar todas y cada una de mis cagadas la besé. Bueno, no la besé, sino más bien nos besamos o ella me besó a mi, porque desde que sus labios me rozaron ya no volví a pensar. Fue como si toda la niebla densa del mundo se despejara de golpe y solo esa sensación me acunara.

Me perdí en ese beso mucho tiempo hasta que mis manos encontraron el camino hacia sus tetas y ella separándose de mí me dijo bajito, “aquí las tienes, era esto lo que querías” y, joder, claro que lo era, era eso y era mucho más. Era un deseo punzante que me recorría, era una necesidad de tocarla, de besar cada centímetro de su piel y de hundirme en ella.

De golpe me encontré sentado en la silla y ella frente a mí, mostrándome todo su cuerpo aún a medio desvestir. Con una sonrisa de medio lado, que no era ya solo dulce, se puso de rodillas y me bajó el pantalón, me acarició la polla y se la metió en la boca, joder, tuve que contener un grito porque esto era mucho mejor que todos mis sueños.

Mientras me hacía la mejor mamada de mi vida no dejó de mirarme a los ojos y yo me sentía enloquecer. La levanté del suelo antes de llegar a correrme, quería más de ella, lo quería todo.

Sin darme un segundo de tregua se acabó de desnudar y se sentó sobre mí. Fue bajando poco a poco hasta que me absorbió entero, gemía en mi oído y me besaba la clavícula, uf, esos besos, esas manos que notaba por todas partes, esas tetas que se movían despacio al principio frente a mí.

Con una mano agarré su culo para acercarla más, para presionarlo más sobre mí, como si el fondo no fuera suficiente, como si necesitará agarrarme a algo para sobrevivir. Besé, comí, chupé y lamí sus tetas hasta que su ritmo frenético sobre mi hizo que me corriera de una forma brutal dentro de ella, que continuó moviéndose algo más antes de desmadejarse sobre mí, sudorosa y satisfecha. Sonriente.

Mis manos no podían dejar de acariciarla y de darle besos, de susurrarle cosas bonitas sobre su cuello, cosas de tantos años de hambre de ella. No sé cuanto tiempo había pasado cuando decidimos volver a la fiesta. Esta vez orgulloso de ir con ella, que estaba tan guapa recién follada.

Si los demás se dieron cuenta de algo nadie dijo nada, nos mezclamos de nuevo entre todos y bailamos y sonreímos y nos tomamos copas. Alguien pidió un brindis por esa cena y yo alcé mi copa mirándola a ella y jurándome que no sería sólo eso. Me acerqué y le dije que no solo era un reencuentro, que sería un principio.

-No te confundas, dijo, yo solo estaba matando fantasmas. Y se rió.

Autora: @fuiesther.