Viaje a Colonia

Siempre he sido una persona muy tímida, pero aquel día no sé qué me pasó. Mi vuelo salía de madrugada y llegué al aeropuerto con casi dos horas de antelación, no quería imprevistos de última hora que me arruinaran el viaje. A esas horas, el aeropuerto estaba muy vacío, sólo el personal de la terminal y la poca gente que como yo tenía vuelo a esas horas tan intempestivas.

Miré los paneles donde se informa de las salidas y llegadas de los vuelos y me fui hacia la puerta de embarque del mío. En la zona de espera de la puerta de embarque, había una pareja de mochileros, ella dormía estirada, ocupando varios asientos, con la cabeza apoyada sobre el regazo de su compañero. Algo más allá, una mujer de unos cuarenta y pocos hojeaba una revista sin soltar el móvil con la otra mano.

En otra fila de asientos, un hombre de cincuenta y tantos toqueteaba una tablet. Me llamó la atención y no sé muy bien por qué, porque a mí nunca me habían gustado especialmente los hombres mayores, los maduritos. Tenía canas en el cabello y en una barba corta y arreglada que lucía. Iba trajeado y, aunque estaba sentado, daba la impresión de ser alto, grande. En lo que más me fijé fue en sus manos mientras manipulaba la tablet.

Eran unas manos grandes, pero las movía con soltura. Se le marcaban las venas, que llegaban hasta los nudillos. De repente, imaginé que quizá tenía la polla igual, grande y venosa, y que seguramente la movía con la misma soltura que esas manazas que tanto me llamaban la atención. No sé por qué tenía esos pensamientos, pero lo cierto era que no los podía reprimir. Quizá tuvo algo que ver los nervios por el viaje, o la hora que era sin estar acostumbrada a estar despierta, o qué sé yo…

Colonia

Me senté en la fila de asientos que había frente a él. La mujer y la pareja de mochileros quedaban algo alejados de esa zona. Al sentarme, levantó la cabeza de la tablet y me miró. Era guapo, tenía unos ojos verdes que llamaban muchísimo la atención, con la pupila pequeña, de esos que parecen de serpiente. Le saludé regalándole una sonrisa, a lo que él hizo lo propio y me obsequió con otra.

No fue una sonrisa de amabilidad, fue más como de lobo hambriento que se encuentra con un corderito caído del cielo. Empecé a toquetear el móvil y cruzamos las miradas en varias ocasiones. Me miraba como cuando le gusto a un hombre, se nota mucho, no lo saben esconder, o no pueden o no quieren, pero la cuestión es que sabía exactamente lo que pensaba sólo por la forma de mirarme.

Empecé a excitarme imaginando que le sacaba allí mismo la polla y se la chupaba despacito, bajando lentamente con mi lengua hasta sus huevos, lamiéndolos y succionándolos, metiéndomelos enteros en la boca. Estaba segura de que se volvería loco de placer. Un cuerpo de veinticinco años, que podría ser su hija, con las tetitas firmes, el culo duro, la piel suave y la lengua llena de saliva viciosa es algo a lo que no se resistiría.

Estaba en medio de mis fantasías cuando me preguntó si también esperaba el vuelo que iba a Colonia. Le dije que sí y empezamos a charlar. Su voz era grave y su charla simpática e inteligente, cualidades que me encantan en un hombre. La conversación fluía y él, con mucho bagaje y saber hacer, iba soltando sutiles insinuaciones. Yo le miraba las manos grandes, las movía al hablar. Se dio cuenta y me preguntó:

―¿Te gustan mis manos?
―Sí ―le respondí mirándole fijamente a esos ojos de serpiente que tenía―. Son grandes y fuertes. Me encanta que los hombres tengan las manos así.

Extendió su mano izquierda y se la cogí con las mías. Empecé a acariciarla. La apretaba entre mis dos manos y la recorría desde la palma hasta sus gruesos dedos, recreándome en sus nudillos. ¡Uf! Cada vez estaba más excitada, notaba el calor en mis mejillas y en mi entrepierna.

Deseaba a ese madurito fuerte, grande y extraño. Me acerqué su mano y me metí su dedo índice en la boca. Se lo chupé y lamí, anunciándole cómo sería cuando no fuera su dedo lo que estuviera en mi boca. Dirigí la mirada a su paquete, que ya era un bulto enorme bajo el pantalón azul oscuro del traje, y no pude evitar tocarlo. ¡Era enorme y estaba durísima!

Me sacó el dedo de la boca y lo cambió por su lengua ágil y sedienta. ¡Encima besaba bien! Provocaba a la mía para pelear, pero lo hacía sin avasallar, y me mordía los labios alternándolo con pequeñas caricias en la comisura de mis labios con la punta de esa trabajada lengua.

Vamos a los lavabos o te follo aquí mismo ―me dijo al oído entre gemidos de caballo desbocado que cada vez le costaba más controlar.
―Vamos…

Cogimos nuestro equipaje de mano y nos fuimos hacia los lavabos. Intentábamos disimular nuestra excitación, pero un maduro desconocido me iba a follar en los lavabos del aeropuerto. No podía evitarlo, sólo pensar en la situación y en esa polla gorda y dura que se notaba bajo el pantalón se me empapaba enterito el tanga. En esos momentos ninguno de los dos vimos a un guardia de seguridad que se había fijado en todo.

Autor: @MikiMausser.