Mi primer y último Interviú

Escribo estas líneas con sensaciones muy contradictorias mientras me acompaña el último ejemplar de la revista Interviú. De cintura para abajo me sacude un culpable y agradable hormigueo al observar a una jovenzuela Marisol en la portada. De corazón hacia arriba me azota la hipocresía de lamentar el cierre de Interviú, acosada por la sangría de ventas, mientras me vigilan unas páginas por las que solo he pagado una cochina vez.

Este sordo remordimiento de conciencia es especialmente flagrante dada la condición de periodista del que firma esta líneas. Periodista que mucho se queja de la precarización del sector y de los despidos crueles en un gremio ya bastante torturado, pero que no ha tenido la decencia de invertir, que no gastarse, unos euros semanales en una de las revistas que ha puesto la mayúscula en la P del Periodismo español.

Es un hecho que Interviú ha acompañado a muchas generaciones de españoles, si bien me detendré megalómanamente en mi caso. Esta revista coqueteaba con la mayoría de edad cuando  nací y asistió a mi crecimiento tras el cristal de los quioscos. Durante mi niñez, la inculcada vergüenza infantil hacia la desnudez humana provocaba mi rubor al posar los ojos en los pechos que esa libertina publicación ponía al alcance de unas pesetas. Cosas de la edad.

Tuvo que llegar la pubertad y unos desarrollos hormonales que no vienen al caso para recrearme el placer frontal de Interviú. ¿Quién no se ha alzado de puntillas a la puerta del quiosco del barrio para contemplar los hasta entonces prohibidos pechos de una mujer hecha y derecha? He de decir que mi altura me proporcionó una ventaja evolutiva para regodearme en las portadas, ocasionalmente de protagonista masculino, que el quiosco de Raúl ubicaba en la parte más elevada de su escaparate.

iNTERVIÚ

El nunca piadoso paso de los años trajo consigo un nuevo vicio mucho más inconfesable, placentero y destructor que un buen par de tetas: el periodismo. Resultó que al lado de la portada había unos titulares que no se hallaban en otros medios y que desnudaban las miserias de un país muy propenso a taparse las vergüenzas ante un público ávido de información, especialmente en un contexto en el que Interviú aportó el destape más importante: el periodístico.

En la facultad aprendí que fue esta revista la que bautizó mi ciudad como Fachadolid, un estereotipo quizá injusto pero no poco merecido en los procelosos años 80 pucelanos. Como siempre, y a partir de ahora como nunca, Interviú acompañó el reportaje con pruebas, datos, testimonios e investigación, al igual que con los GAL, como con los niños robados, como los primeros andares de la corrupción política -publicada- en España, como las orgías de Roldán y sus harapientos gayumbos, como los crímenes de los Urquijo, como todo aquello que la gente debe saber y que alguien poderoso trata de esconder. Periodismo, en pocas palabras.

Sin embargo, ni la indudable atracción erótica de Interviú ni su incuestionable calidad periodística bastaron para que ninguno de mis dos cerebros me llevaran a comprarla ya no semanalmente, sino de vez en cuando. De lo que sí que me quejo con religiosa frecuencia es de que no hay manera de monetizar el buen periodismo y del estado de los medios de comunicación.

Quizá el cierre del semanario no sea culpa mía y tampoco responsabilidad del lector, sino más bien de una cultura que piensa que leer un buen reportaje de investigación no merece siquiera unos céntimos. También podríamos señalar a que la crisis económica ha castigado al buen periodismo -oh, casualidad- para maniatarlo y que no cumpla su función de cuarto poder.

Sea quien sea el responsable de la defunción de Interviú, que me mira con la tristeza y el reproche que acompañan la última despedida de un amor no correspondido, solo puedo pedir perdón a quien crea que debe merecerlo. Perdón por la hipocresía de lloriquear sin molestarme siquiera en aliviar mi conciencia visitando el quiosco.

El hormigueo visceral de tener en mis manos el codiciado tesoro prohibido de mi adolescencia ya ha languidecido. Solo queda el papel como prueba de que hubo un día en el que el periodismo de Interviú era la mejor excusa para acceder a un par de tetas o cómo un buen par de tetas era la mejor excusa para acceder a un buen periodismo que vamos a echar de menos.