El masaje

Nunca pensé que el estrés tuviera un efecto tan positivo en mi vida. Había tenido una semana bastante pesada y el cuerpo me dolía tremendamente. Pasaron algunos días y el dolor no cesaba. Fue hasta un buen día cuando regresaba a casa, tomé otro camino y encontré un estudio de masaje. El lugar tenía una pinta muy clandestina, por lo que seguí mi trayecto.

El dolor y la tentación fueron tales, que días después me dirigí al lugar que había encontrado en una de las tantas calles solitarias de mi barrio. En la recepción me recibió una mujer mayor muy agradable y que me preguntaba cuál era mi problema. Enseguida, le conté que mi espalda me estaba matando desde hace días y que probablemente se debía al estrés acumulado. La anciana esbozó una sonrisa y me pidió que pasara al estudio.

Me pidió que tomara asiento mientras consultaba sus ungüentos. El lugar era bastante oscuro y poseía un agradable olor a menta fresca. Frente a mí había una habitación con pisos de madera y una camilla al centro. Las persianas dejaban entrar una sutil luz natural. Me percaté de que en todo el lugar no se percibía ningún tipo de ruido. Resultó ser un lugar muy acogedor pese a la fachada.

Cuando la mujer regresó me susurró al oído que había encontrado justo los ingredientes que yo necesitaba en mi masaje. Después me pidió que pasara a la habitación de la camilla y que me quitara la ropa. Me estremecí cuando escuché su voz y seguro me sonrojé cuando me pidió que me desnudara. La mujer volvió a irse a preparar sus ingredientes y me dejó en la intimidad de aquella habitación.

A un costado de la camilla, se encontraba una cortina y un mueble con varios accesorios a mi disposición: una bata, unas sandalias y una toalla. Me desvestí a merced del dolor y me recosté en la camilla boca abajo.

En cuanto me recosté, una sensación de alivio me invadió. Cerré los ojos y por un minuto me olvidé de quién era y de mi desnudez. Después de unos momentos, escuché lentos pasos de la mujer acercándose. Escuché como depositaba un recipiente en la mesilla de a lado y como se aceitaba las manos.

Entonces sentí unas manos firmes en mi espalda. Era imposible que fueran de la mujer. Me asusté. Quería abrir los ojos, pero no podía, entonces sentí que la persona se aproximaba a mí y al oído una gruesa voz masculina me pidió que confiara en él.

Tomó la toalla y la dobló por la mitad sobre mis glúteos. Me rendí. Era como si la pesadumbre de mi cuerpo y el ensueño me hubieran hundido sobre esa camilla. El calor de las manos de aquel hombre era exquisito en su masaje. Sus aceites permitían que sus dedos resbalaran en cada centímetro de mi piel. Sabía que habría un momento donde me dolería el tacto de sus manos, pero estaba incapacitada a resistirme.

Recorrió mi cuerpo de abajo hacia arriba, comenzando primero con los pies, las piernas y las nalgas. Me costaba trabajo mantener las piernas extendidas y entre tanto las elevaba mientras oprimía mis muslos. El diálogo no existía, solo eran sus manos conociendo y comunicándose con todo mi cuerpo.

Cuando subió hasta mi espalda, me tensé de inmediato. Sus manos no tuvieron piedad ante mi dolor y el llanto comenzó a brotar. Mi respiración se aceleró:

-Lo necesitas – me susurró.

Yo no dejaba de jadear y de elevar mis piernas. Aquel hombre bajaba mis piernas con paciencia y continuaba la tortura del masaje en mi espalda. Sentía como si algún ente extraño se hubiera apoderado de mi cuerpo y ahora quisiera salir de mi espalda. Sentía nudos que brotaban uno a uno y era como si las manos del masajista los detuviera uno a uno.

Era insoportable. Ni siquiera me percaté de cuando había terminado el masaje. Me sentía desolada en aquel lugar silencioso. Las lágrimas seguía fluyendo y mi respiración no tenía control. Seguía sin poder abrir los ojos, entonces sentí sus labios en mi espalda.

Sentí su aliento y sus manos rozando mis costados. La sensación erizó mi piel por completo. No sabía ni siquiera quién era aquel sujeto que comenzó a tocarme y tampoco quería que se detuviera. El choque de sensaciones me sensibilizó por completo. Se volvió a aproximar y me pidió que diera la vuelta. Con su ayuda pude girar mi cuerpo y abrí los ojos. La poca iluminación de la habitación me impedía conocer al hombre, solo pude ver el brillo de sus ojos y el cabello largo que llevaba amarrado.

Se incorporó  tras mi cabeza y comenzó el masaje en mi rostro, de pronto mi cuello y después el pecho. Mi respiración ya se había normalizado pero comenzó a acelerar cuando el masajista pasaba sus manos por entre mis senos. De pronto, sus manos se quedaron fijas en el centro. Temía que fuera a realizar los mismos movimientos que habían despertado al demonio que vivía en mi espalda.

Tenía la ligera impresión o fantasía de que el tipo terminaría destruyendo cada músculo de mi cuerpo para quedar a su merced. No muy alejado de la realidad, el hombre presionó de un momento a otro sobre mi pecho, justo en medio de las costillas mientras sus manos me recorrían. No aguanté la presión y volví a llorar.

El masaje se detuvo y me contempló en silencio. El llanto no dejaba de brotar. Paciente, esperó a que volviera a calmarme y entonces sus manos volvieron a mi pecho pero esta vez con delicadeza. Sus dedos se concentraron en mis pezones y comenzó a masajearlos. Mi respiración tomó ritmo después de unos segundos.

– Lo siento, pero era necesario – susurró acercándose. No abrí los ojos.

De pronto, se apartó de mí y se dirigió hasta la altura de mis caderas y ahí sus manos se deslizaron hacia mi sexo. Ahí, mis piernas se abrieron para él. Fue en ese momento cuando me percaté de que había estado lubricando durante la sesión. Sus dedos comprobaron mi humedad y palparon mis labios; los rozó desde afuera y después con un poco más de presión los restregó y los hundió dentro de mí. Después se aferraron por un rato a mi clítoris.

No recordaba el dolor. Sentía mi cuerpo mucho más ligero y mientras me percataba de todo eso, el masajista se acercó a mis labios y comenzó a lamerlos. Ahora masajeaba mi sexo con su lengua; degustaba mis labios, mi clítoris y me penetraba.

Sus manos se aferraron a mis muslos y los abría más. De pronto comencé a sentir una explosión dentro de mí que al instante empujó hacia arriba mis caderas. Mi cuerpo temblaba y sudaba. El sujeto volvió a acercarse en mi trance:

-Lo necesitabas – Susurró.

Volví a cerrar los ojos y me quedé completamente dormida. Desperté después de unos minutos. Me levanté de la camilla y me vestí en completo silencio. Salí del estudio y no había rastros de nadie. Cuando llegué a la recepción encontré una rosa y una nota:

“Bienvenida siempre que lo necesitas. Para un desestres no necesitas pagar, sólo asegúrate de venir muy, MUY estresada.”

TWITTER: @KARLAGORE