BDSM: el picante en gastronomía sexual

Estoy harta del puritanismo de hoy en día, de los millenials y de sus ideas, sinceramente me parece muy hipócrita que ciertos sectores feministas consideren que la sección “juegos para niñas” sea un micromachismo y que en cambio se pida un “porno para mujeres”. Que no se nos trate como a niñas pero que sí se nos proteja, ¿qué diferencia hay? Hace dos días vi un vídeo, publicado por PlayGround en 2018, en el que diez hombres hablaban sobre sexualidad, entre ellos el famoso actor Nacho Vidal que decía: “la pornografía tenía que hacerse para seres. No se puede decir que tú eres mujer y por tanto te gusta esto y piensas así”.

No, las personas tenemos sexualidad, ni ellos son unas máquinas de follar que tienen que estar siempre listas ni nosotras somos unas frígidas. Cuando tenía 16 años quería que mi pareja me azotase, tenía fantasías de estar atada a una cama y que me llamase puta. Me ponía cachonda. Se lo pedía a mi novio y él me decía “¿cómo puede gustarte esto?”. Pues sí, me gustaba y me sigue gustando.

¿Lo personal es político? Podría aceptarlo, en parte pero está claro que para mí de la sexualidad no se puede hacer política, para eso ya está la Iglesia. ¿La homosexualidad es política? Cada uno que viva su sexualidad como le dé la gana hacer política de ello es muy hipócrita.

¿Libertad? El feminismo dice que muy bien pero según su criterio: si te gusta que te azoten ya no, si te ponen ver porno mainstream ya no. Pues creo que paso, mi sexualidad es mía, como yo la vivo, como yo la expreso y lo que hago con ella es asunto mío y de nadie más.

Lo digo alto y claro: me gusta el BDSM (Bondage, Disciplina/Dominación, Sumisión/Sado-Masoquismo), me gusta el porno mainstream y los vídeos en los que se finge una violación y para mí es una fantasía recurrente. Metedle toda la teoría feminista que queráis, que el patriarcado nos hace pensar así, que las ideas machistas son inconscientes pero a las mujeres nos gusta el porno y no es malo, solo se trata de saber diferenciar entre lo que es una fantasía, lo que se queda en la cama (o en el baño de un bar o en un local swinger, en medio de la montaña o en el mar) y lo que es real.

Muchas personas no entienden que el BDSM sea una prácticas sexual como otra cualquiera. | Fuente: IG @srtaperiquita

Mi sexualidad es en gran medida BDSM y me gusta, a pesar del rechazo que pueda generar, parte del consenso entre dos personas adultas que acuerdan todos los límites antes de sesionar. Me gusta decir que se puede comparar con comer pimientos de Padrón. Nadie se escandaliza, ni te rechaza por comerlos cuando, al ser picante, es algo que produce ardor en la lengua y a veces da dolor de estómago y la única forma de salvarse de ello es no comiéndolos.

Se te debería rechazar porque te haces daño ¿no? Bueno… es que eso lo haces voluntariamente y no es lo mismo la comida que el sexo. ¿Tú crees? En el BDSM se consensúa, se ponen límites, se habla de ello, se mide el grado de aguante cada vez que se sesiona y después se pasa al aftercare en el que la pareja se recupera de la sesión, se cuidan y hablan de cómo ha salido y sobre todo de lo que no ha funcionado. .

En todo juego se pauta una palabra de seguridad que se utiliza cuando la parte sumisa no puede más, tanto física como emocionalmente, y se para la práctica, se cambia de juego o incluso se finaliza la sesión. ¿Y el pimiento de Padrón? Pues si te pica, te jodes, bebes agua y aquí el único consenso que hay es que si te lo comes te atienes a las consecuencias.

Me considero feminista y defiendo que cada persona con su libertad haga lo que quiera sin perjudicar la libertad de otros. Ahora bien, me gusta el BDSM y no soporto que nadie me diga que hacer o que no con mi cuerpo, que me digan el porno que me tiene que gustar o qué fantasías debo tener. Me gusta el picante, pero sabiendo que si abuso me arderá la lengua y que si me dan un azote fuerte me dolerá el culo, pero eso sí, será algo pactado y que pararé si me sobrepasa, que es algo sensato, seguro y consensuado (SSC).