Imagina

Imagina por un momento que él está ahí, contigo. Imagina que te mira desde la puerta. Quita las sábanas, te sobran. Míralo bien, fijamente. Piensa exactamente qué es lo que quieres que pase.

Imagina que se acerca lentamente. Siente su olor, ese tan característico que te evoca recuerdos lejanos. Mira su piel, morena, tersa. Fíjate bien en su barba, esa que hace que no duermas por las noches. Recorre su anatomía con los ojos, no te dejes nada. Memoriza cada tatuaje, ese que te encanta que recorre su brazo.

Imagina que lo tienes delante. Te quitas la ropa, muy lentamente, pasando tus propias manos por todo tu cuerpo. Imagina que son las de él. Hazlo así, como te gustaría que lo hiciera él.

Imagina… | Foto: Marco Tenaglia

Imagina que se tumba en tu cama, a tu lado. Se ha quitado la camiseta y te mira, fijamente. Tiene sus ojos clavados en ti. Recuerda sus ojos, marrones, oscuros, penetrantes. Te miran, porque solo quieren una cosa: a ti.

Ya no tienes ropa, solo la interior. Te quitas el sujetador y te acaricias suavemente el pecho. Piensa, imagina como lo haría él. Metes un dedo en la boca, para mojarlo y juguetea con tu pezón ¿Notas cómo se eriza tu piel? Repite la operación con el otro. Agárralos fuerte, como te gusta, imagina que lo tienes encima y solo quiere que disfrutes.

¿Tienes calor? Las ganas se desbordan y en tu mente solo lo ves encima de ti, esperando paciente a que le digas qué hacer. Baja tus manos, poco a poco, no seas brusca, hasta llegar a tus braguitas. Pasa la mano por encima, no corras. Irradia calor, eso es que estás lista.

Tu mente va a otra velocidad, su brazo tatuado ya ha bajado a tocarte. Tú no quieres que termine tan rápido ¿Verdad? Relájate. Mete despacio tu mano en la braguita. Acaríciate, con mimo… imagina ¿Cómo lo haría él? O mejor ¿Cómo te gustaría que lo hiciera él?

Sientes como está todo húmedo. Tu respiración se va acelerando al igual que las pulsaciones. Tus poros empiezan a emanar sudor, no quieres que esto termine. Imagina que está ahí, contigo. Lo tienes encima y se ha metido los dedos en la boca, va a por ti, nena.

Las caricias son cada vez más rápidas, estimulas el clítoris, oleadas de placer te invaden y te hacen moverte. Flexionas las piernas. Casi estás. Pero en tu cabeza está él, preparado con los dedos mojados.

Casi estás. | Foto: Twitter (Película habitación en Roma)

Te chupas los dedos. Baja la mano. Mételos poco a poco. Sácalos. Repite. Cuando estén dentro curvalos. Búscate el punto. Juega. Imagina que es él el que juguetea como un niño con juguete nuevo.

Ya no puedes más. Notas su olor, su tacto, sus manos… Hasta logras escuchar su voz. Lo tienes ahí, para ti. Sabes como hacerte gemir. Aumentas la velocidad. Y de pronto. Te corres. Llegas al orgasmo, intenso, en la oscuridad de tu habitación. Estás mojada y sola. Él se ha ido, realmente nunca estuvo. Estás cansada después de tanta acción. Mañana será otro día. Quizás lo veas o no. Pero tendrás otra cita con él, en tu cama, de noche, sola.