Sexo y poder(V): los fármacos sexuales

En nuestro recorrido por la senda que configuran el poder y el sexo, hoy queremos dedicar un pequeño espacio a la extraordinaria influencia que tienen los laboratorios farmacéuticos en las políticas de salud y, en particular, al lobby conformado por las empresas que comercializan fármacos diseñados para estimular la erección masculina.

He tenido la oportunidad de participar en diferentes foros, invitado a exponer mi perspectiva respecto de las disfunciones sexuales masculinas y la importancia de los factores psicológicos en estos problemas y, claro, hemos analizado el fenómeno de las cinco marcas que venden pastillas de colores.

Dado el impacto psicológico que ha provocado la generalización de estos productos en la conducta sexual masculina, así como la trascendencia social que está teniendo este hecho en nuestro país, nos parece oportuno ofrecer “otra versión de los hechos”. Estamos en una sociedad hipersexualizada en la que parece imponerse la obligación de experimentar sexualmente todo, estar siempre disponible para ejercitar una suerte de gimnasia sexual, encaminada a satisfacer la necesidad fisiológica.

La experiencia clínica en consulta con hombres y parejas aquejados de problemas erectivos nos lleva a plantear serios interrogantes a este fenómeno que tiene un fuerte componente mediático. El primero es ¿A quién sirve esta obsesión por el consumo masivo de estos fármacos encaminados a producir erecciones? ¿Quién o quiénes se benefician de ello?

Los fármacos persiguen levantar las erecciones.

Tal vez el hecho de que el hombre siga teniendo el poder en la sociedad y que estos fármacos traten de resolver un problema que afecta a muchos de sus congéneres – que más tarde o temprano afectará a la gran mayoría en forma de episodio transitorio, el famoso gatillazo – ha podido contribuir al impacto que han generado estos productos.

La sociedad masculina es mucho más sensible a los problemas que hacen referencia a la entrepierna del varón. De ahí que las ventas masivas, y los cuantiosos beneficios -que al parecer están obteniendo los laboratorios, un espectacular pelotazo económico -puede justificar, en parte, toda esta “movida”. 

Las propias farmacéuticas dicen que en España hay en torno a dos millones y medio de varones con una disfunción eréctil. Resulta fácil imaginarse los ingresos que suponen consumir de por vida este medicamento. Cada pastilla puede costar en torno a los 15 €, por lo que, con una frecuencia razonable de relaciones sexuales, al paciente le va a suponer no un ojo de la cara, si no los dos. A este paso, tener relaciones sexuales va a ser un asunto solo para pudientes.

Antes de nada, damos la bienvenida a cualquier avance científico que suponga mejora en la salud de las personas y que evite el sufrimiento. Si estos fármacos benefician a la salud sexual de algunos hombres hemos de congratularnos. Sin embargo, no estamos de acuerdo en el mensaje que, a menudo, se impone por doquier, de que la disfunción eréctil es resultado fundamentalmente de causas biológicas, que es un buen indicador de un infarto para los próximos dos o tres años y que el único tratamiento es el farmacológico, apoyándose, en algunos casos, en investigaciones y estudios financiados por los propios laboratorios.

Ello podría favorecer cierto tipo de abusos, como el mercado negro y la venta por Internet. Otro sería un cierto encarnizamiento terapéutico con estas y otras técnicas pro-erección o  la presión de las farmacéuticas a algunos sanitarios También la minusvaloración de las indudables causas y consecuencias psicológicas que están presentes en todas las disfunciones sexuales.

Las erecciones generan quebraderos de cabeza.

Consideraciones sobre los fármacos

En primer lugar, los hombres han buscado desde antiguo, algún producto afrodisíaco que estimulara su potencia sexual. Por tanto, teníamos un excelente caldo de cultivo. En segundo lugar, la atención sanitaria en nuestro país es básicamente médica y remedial. Las inversiones en prevención y promoción de la salud integral son ridículas si se compara con la atención técnica-hospitalaria-farmacológica. Desde esta perspectiva la presión de los laboratorios es extraordinariamente importante en este modelo sanitario.  La enfermedad parece que solo tiene una alternativa: el mágico fármaco reparador. Y, además, dispensado como primera alternativa terapéutica. Algo exagerado.

En tercer lugar, hemos de referirnos a las condiciones socioeconómicas, que favorecen el estrés, omnipresente en nuestra sociedad. El tiempo agobia y se buscan soluciones inmediatas y rápidas, que no creen demasiadas complicaciones. Algunos hombres quieren una respuesta inmediata y rápida ante una ocasión sexual, más aún si es novedosa. Son capaces de hacer lo que sea con tal de tener su pene duro. Otro elemento para ese caldo de cultivo inmejorable, porque la duda, el miedo a fracasar y la ansiedad de ejecución son causas conocidas de disfunción eréctil.

La cuarta cuestión es si, en realidad, el consumo masivo de estos fármacos va a redundar en una mejora de la calidad de las relaciones sexuales de la pareja. Albergamos muy serias dudas de que ello suceda. ¿Va a mejorar la vida sexual de la mujer? ¿Cuántas mujeres disfrutan con la penetración vaginal? ¿Cuántas mujeres van a soportar una erección de larga duración? O, a lo mejor, ¿Cuántas se ven obligadas a hacerlo porque el fármaco es muy caro y no hay que desaprovechar el día que él lo toma? ¿Cuántas mujeres los toman también con finalidad recreativa?

Es muy probable que todo ello sirva para reforzar un modelo de relaciones sexuales basadas en el coito, elemento central e imprescindible, mucho más anhelado por el varón, para aumentar su “productividad sexual” y su rendimiento. La quinta cuestión es que la inmensa mayoría de los hombres tendremos alguna vez un gatillazo y, si bien este hecho preocupa profundamente a muchos hombres y a sus parejas, no significa en modo alguno que sea un indicador de trastorno cardiovascular. Generalmente desaparece y, si preocupa más de la cuenta, se recomienda visitar a algún especialista.

En fin, somos partidarios de valorar la calidad más que la cantidad en las relaciones sexuales y pensamos que, el deseo y las relaciones entre las parejas, no pueden depender solo de unas pildoritas de colores, que producen una vasodilatación en los cuerpos cavernosos del pene. Potenciar una mayor comunicación entre la pareja, aumentar la confianza en sí mismo, una actitud de experimentación en los juegos sexuales, abandonarse y aparcar el estrés, cultivar la imaginación y la fantasía sexual, olvidándose del rendimiento y mayor énfasis en las caricias directas en los genitales, tal vez pudieran ser beneficiosas, aun cuando no hubiera una rigidez total del pene.

José Luis García es Dr. en Psicología Clínica, especialista en Sexología. Autor del libro “Sexo, poder, religión y política”, publicado por Amazon.