Noche de caza

Es difícil que la chispa salte aleatoriamente. En una sala llena de gente. Llena de humo de colores y de polvo blanco de euforia. Ella, sentada casi en la entrada, rodeada de vasos vacíos, fumando vapor de melocotón y tratando que el suelo deje de dar vueltas. Él, quieto, mirando. Es noche de caza. Tiene los ojos rojos como las luces de la discoteca. Busca a alguien con quien bailar. Y de pronto cruzan miradas, bailando.

Ella no lo sabe, pero ya está en el punto de mira. Lo ha visto. Le ha guiñado el ojo. Ella sonríe. La bala no erró. En las noches de caza se pierden muchos disparos, pero si es certero… puedes conseguir el mejor premio.

Se acerca, sigiloso, como un tigre acechando a su presa. La mira fijamente. La música, alta, le dicen que es mala. Se lo ve en la mirada. Con solo mirarla a la cara sabe que se lo va a pasar bien.

Ella lo ve y se toca el pelo. Los ojos fijos, no se mueven de su cazador. Y se contonea, para que la vea. Es casi hipnótico. Sabe bailar. Baila para él. Contorsiona la espalda, mueve las caderas, adelante, atrás. Baja lentamente. Mueve todo su cuerpo al ritmo de la música. Él está al borde del colapso, la quiere ya.

Justo cuando se levanta allí está él. Esperando. Las luces se encienden y apagan deprisa. Las máquinas de humo se encienden. Todo se ve difuso. El alcohol y la medicina de la risa hacen que parezca una película. A cámara lenta. A la caza, como en la selva.

Él la agarra. Ella levanta los brazos y deja que la atrape. Le empieza a bailar. Se contonea. Como las serpientes. Su movimiento se acentúa, cada vez más cerca de él. Como una boa cuando caza. Lo atrapa con su danza, su olor, sus suntancias.

Foto: pinterest/ Se mueve… como las serpientes.

Ahora es él el ratón a merced de la serpiente. El cazador cazado. Ella le sujeta el mentón con la mano y se queda a un milímetro de su boca. No lo besa. Él lo intenta pero le quita la cara. Le sigue bailando, contonea su cuerpo contra él. Ella le nota la erección. Se pega más. No lo deja respirar.

Salen de la discoteca. El coto de caza queda cerrado. Él tiene coche. La invita a venir. No saben como se llaman. Tampoco hace falta, son simples trofeos de caza.

Se meten en el coche y se besan. El instinto animal se apodera de ellos. Casi sin quitarse la ropa él la masturba, ella gime. Pide más. Le arranca la ropa interior y la huele. Sin previo aviso le mete la polla hasta el fondo. Y le da fuerte, sin remordimientos ni compasión. Casi va a terminar, ella se la mete en la boca, le gusta. La agarra del pelo y empuja fuerte hasta que se corre. Ella lo mira mientras le enseña lo que tiene en la boca, juega con él y se lo traga. Buena chica.

¿Quién cazó a quién? Ni ellos lo saben, pero lo que es seguro es que mañana saldrán a cazar de nuevo.