Sexo, poder y salud: la salud sexual

Hemos escrito en otras ocasiones que la sexualidad puede ser una fuente de salud y bienestar pero que, también, puede ser una fuente de sufrimiento para quienes viven experiencias negativas o dolorosas. Muchas personas, hombres y mujeres que viven en pareja, por ejemplo, nos han referido que una vida sexual activa y gratificante hace que su relación sea más cercana y que estén más alegres, contentos, con mayor autoestima.

Que se sienten más cómplices y con mayor proximidad a su pareja. O que se preocupen más de su imagen corporal para estar mejor para la otra persona. En 1975 la OMS (Organización Mundial de la Salud) ya nos hablaba de dos conceptos muy importantes: sexualidad sana y salud sexual.

Posteriormente, numerosos organismos internacionales y asociaciones profesionales, han corroborado la necesidad de prestar atención a esta área de la salud que tienen que ver con la sexualidad y la reproducción, tanto desde el punto de vista de la prevención como la promoción de la salud sexual, que cada hombre y cada mujer puedan tener una vivencia sexual libre, consentida, saludable, placentera, divertida -que también es salud-  durante toda su vida.

Queda mucho camino por recorrer para normalizar la atención clínica y educativa en esta área. Por ejemplo, la educación sexual sigue siendo la asignatura pendiente en España. Y nos referimos a una actuación programada, sistemática, obligatoria, profesional y científica que llegue a todos y cada uno de los centros de enseñanza de toda la geografía, públicos y concertados, desde la educación infantil hasta la universidad.

La educación en salud sexual

Cuanto más tarde se produzca, peor. Más abandonados a su suerte, estarán los adolescentes. ¿Por qué?, bueno porque continúan informándose en materia sexual a través de canales poco adecuados: Internet y de las películas porno. Quizá no ha de extrañarnos el incremento de los riesgos sexuales y reproductivos que hemos señalado más atrás, en particular los abusos y las agresiones sexuales.

Imagen de la manifestación del pasado 8M en Madrid. | Fuente: Javier Villaverde.

Lo del consumo de pornografía en jóvenes, como fuente informativa principal, a nosotros nos ha preocupado desde siempre. Por ejemplo, en octubre de 1980, publicábamos el siguiente texto en nuestra página del periódico EGIN: “El hecho de que la pornografía, con su peculiar información sexual y con su objetivo, eminentemente lucrativo, se haya introducido en nuestro Estado, antes que una auténtica educación sexual, va a generar consecuencias graves en la salud sexual de las personas”.

Incluso en 1990 fuimos víctimas de una furibunda campaña mediática y política, a nivel nacional, por hacer un vídeo de educación sexual que venía a decir cosas como esta: “Alguien tiene que hablarles a nuestros hijos de pornografía”.

¿Y por qué la educación sexual profesional que nosotros preconizamos sigue sin estar normalizada?  En gran medida, por la politización de las cuestiones sexuales que, a nuestro juicio, es uno de los factores responsables de este retraso incomprensible en una sociedad avanzada.

Pero hay otra razón: porque esa ideologización asegura una notable polémica y este hecho, lo de crear controversia a propósito, acaba retrasando el proceso de normalización. En nuestro reciente libro Sexo, poder, religión y política* describimos al menos 20 episodios, en forma de diferentes «broncas”, que se han producido en Navarra y que son una prueba evidente de esto que decimos. Hay una excesiva politización de la sexualidad institucional.  La política y en concreto los partidos políticos, han tomado decisiones que afectan directamente a estas cuestiones de salud sexual en las que tiende a primar las ideologías, las más de las veces de carácter conservador, frente a los criterios profesionales.

En buena parte de las culturas y en diferentes momentos históricos el poder político y el religioso han permanecido vigilantes en lo que concierne a las actitudes y conductas sexuales de las/os ciudadanas/os y por tanto de su salud, creando sufrimiento, dolor y culpa. Y cercenando su libertad y sus derechos sexuales.

Esta polémica -que a no dudar es intencionada por parte de la derecha conservadora- acaba siendo un freno, para la normalización de la educación sexual.  Por ejemplo, familias y docentes que podrían participar en programas de educación sexual, no lo hacen, por no involucrarse en esa polémica. Pero lo más importante es que esta situación priva del derecho que tienen todos los niños y niñas, toda la juventud, a recibir una adecuada atención en esta área, dejándoles desprotegidos y sin salud sexual.

Autor: José Luis García. Doctor en Psicología. Especialista en Sexología. Autor del libro Sexo, poder, religión y política, publicado por Amazon.

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