Ponte tacones

Ya va siendo hora de que la llame. De que le pida que se ponga esos zapatos que tanto me gustan. Esos tacones que escucho sonando desde el portal. Que sé que vienen, apresurados, buscándome.  Soy fetichista. Me gustan los tacones. Cómo estilizan el cuerpo de la mujer. Cómo se mueven con ellos. Cómo suenan. Cómo huelen los pies cuando se los quitan. Me gusta verlas andar subidas a ellos. Me gusta verlas mientras se los quito lentamente. 

Ella sabe como me gusta. Se pone unos tacones altos, rojos. Con la punta redonda y plataforma para que no le duela mucho al andar. A veces le hacen rozadura, pero son las menos. No los saca mucho a pasear, demasiado arreglados. Solo en ocasiones especiales… y cuando yo la llamo. Se puede decir que los estrenó conmigo. Los considero míos. cada vez que la veo en otro lugar que no sea mi habitación con esos tacones puestos siento que me engaña, que se va con ellos por ahí y no me dice nada. 

No digo que no la quiera, es solo que me llevo mejor con sus tacones. Y ella lo sabe. Le es cómodo venir a mi casa. Sabe que hay veces que no tiene que hacer nada. Solo pasear y dejarme jugar con sus pies. Hoy la he llamado. Necesito de ella, de sus andares, de sus tacones. Pero solo necesito que me deje juguetear. Un ratito, corto, no le voy a robar tiempo de sus obligaciones. Pero tengo muchas ganas de verla. 

Me ha dicho que viene en un rato. Le he preguntado si trae los tacones. Dice que evidentemente, sí. Que quiero verlos más a ellos que a mí. Puede que no se equivoque, aunque esos tacones sin ella no son lo mismo. Sé que viene porque desde mi ventana oigo el sonido que hacen sus zapatos. Esos tacones tienen un sonido especial. Yo ya estoy nervioso. La necesito. 

Puedo escuchar como sube por las escaleras. Lo hace queriendo. Pisa fuerte para que pueda oírla. Sabe que me pone, que me excita ese sonido, que me ponen sus tacones. Abro la puerta de casa y la espero en el umbral. El sonido cada vez se acerca más. Siempre lo mismo. pero cada día que pasa me pone peor. 

Aparece, esbelta, subida en sus tacones. Con el pelo largo, que le llega a la cintura y le baña el pecho. Color cereza, ahora quiere ser una chica en llamas. Los ojos muy grandes y profundos y la media sonrisa que delata lo que está a punto de pasar. 

Entra, ya se conoce toda mi casa. Y se sienta en mi salón, con los pies en alto, enseñándome los tacones. Yo me acerco y me arrodillo ante ella. Le quito un zapato y le lamo el pie, escucho como se le escapa una risilla. Tiene cosquillas. Le quito el otro. Los huelo, huelo esos tacones preciosos que la hacen tan especial. Ella empieza a tocar mi cuello con los pies. Estoy malísimo, me pone esto más que una relación sexual. No sabía que la necesitara tanto.

Mientras me meto sus dedos en la boca empiezo a tocarme. Me encanta hacer esto con sus pies en mi cara. Estoy excitado, miro fijamente a los tacones, en el suelo. No pierdo detalle del olor. Y me corro, encima de ellos. Es una sensación especial.

Ella se levanta y recoge sus cosas, mientras yo limpio sus tacones. Se despide y me dice que no habrá próxima. Que me regala sus zapatos, que ha encontrado a otro que le pone ella, no solo sus pies. Lo entiendo, ese día tenía que llegar. Ha sido una bonita despedida. Se va, en silencio por primera vez. No la oigo andar, alejarse. Pero me deja sus zapatos, aunque sin ella… no es igual.