Caméleón (II)

Chlóe entornó los ojos, respirando entrecortada; el sufrimiento de los mencionados días no podía diluirse en la humedad que le calaba el culotte«¿Verdad?».  Con el cerebro sobrecargado por la libido optó por la acción más tonta, hacer como si nada, como si Valérie no estuviese acariciándola, como si no estuviese rozando ya las pinzas del liguero que le aseguraban los pantys.

—Sí, la respuesta es sí —boqueó, respondiendo por ella y ladeando la cabeza en dirección a la mesa para leer la siguiente pregunta en la pantallita del teléfono—: ¿Una copa de Beaujolais o , o, o… Bordeaux?

—Depende de la ocasión —alegó Valérie al mismo tiempo que soltaba la pareja de pinzas del liguero. Trepó con las manos por debajo de la falda y amasó los muslos con un tesón que denotaba posesión. Subió, trepó hasta las enjutas caderas, pellizcó los extremos del culotte y lo bajó—. Pero si es por complacerte, Bordeaux.

Chlóe, por inercia, aupó el trasero de la silla y jadeó, notando cómo la prenda se despegaba de su sexo, liberada de la opresión en lo regordete de los labios.

—Señora Favre, la colección que presentó en otoño proclamaba el movimiento del arte Minimalista y a la par el estilo Barroco Francés, una fu… fu… —La palabra le saltó a la comba con la lengua y su coño, al notar el frescor del aire, emitió un sonidito, como el de una botella de champán al ser descorchada y su clítoris —oh, su clítoris— cimbreó.

Chlóe
Se descorchó la botella de champán entre Chlóe y Valérie.

—Una fusión contradictoria si tenemos en cuenta las características básicas de las dos corrientes artísticas, pero ahí está la gracia —argumentó Valérie, concluyendo con la respuesta la pregunta de Chlóe. Jaló del culotte y cuando lo tenía casi, casi escurriéndose por debajo de la falda

—Valérie —prorrumpió Chlóe con la voz enronquecida y poniéndose en pie de un golpe. La silla tras de sí protestó, arañando el parqué al desplazarse. Agitada, enrojecida hasta las puntitas de las orejas cubiertas por los rubios mechones y mojada como el pavés parisino al amanecer invernal, la miró directamente.  

Petit choux… —susurró Válerie, aún acuclillada. Se habían conocido en una pâtisserie cerca del muro de Je t’aime; ambas habían comprado lo mismo, petit choux, y como muestra de derroche romántico la llamaba así—. Shhh… —chistó, estirándose a lo largo de sus piernas para zanjar la distancia entre ambas. Inclinó el semblante sobre el de Chlóe, friccionando la nariz sobre la de ella, acción inocente, cariñosa; no obstante, sus manos, no; estas espabiladas impulsaron la ridícula prenda hasta que el culotte giró en los tobillos de Chlóe como un hula-hoop.

Hacerle la entrevista y marcharse como si nada, ese era el plan al que ¡NO! se estaba ciñendo. Chlóe deglutió, abanicada por el aliento de Válerie, que desprendía trazas amargas de la absenta y dulces del azúcar que había desleído en ella. Reculó medio pasito y, sin saber muy bien cómo, acabó sentada en la mesa.

Valérie la acomodó sobre la madera, le subió la falda y le colocó las piernas separadas, de manera que ella pudo colarse entre ambas.

—Sigue con la entrevista —la animó, sumergiendo el rostro en el valle del cuello de Chlóe. Besó el palpitar de la yugular antes de morderla con suavidad, y patinó su mano dominante, la zurda, cuerpo abajo yendo al encuentro del sexo—. Qué mojadita estás —murmulló, humedeciéndose los dedos al pasearlos por la estrecha y palpitante raja caramelizada por el deseo, igual que el copete de los choux,  vaticinando que en el interior estaría atiborrada, bien…—. Rellena de crema dulce y untuosa, ¿hmmm? —dijo seguidamente, empujando el anular al interior del coño que, de manera automática, lo apretó.

Chlóe miró la pantalla del teléfono sin verla, y así y todo, balbuceó.

—¿En qué está… —gimió con el mordisquito, la caricia de los dedos en su coño que, para colmo el muy traidor, al reconocerla, palpitó con más entusiasmo, como un lindo gatito al que le acariciaran el lomo y ronroneara. Llevó las manos a sus lados para apoyar las palmas en la mesa en el instante exacto en el que el anular la penetró, robándole un jadeo que alteró la pronunciación—… está trabajando ahora mismo?

Valérie rio ante la pregunta que bien podría responder con  segundas, mas…

—Contesta tú por mí —susurró. Retrocedió con el dedo, lo sacó del embebido coño y lo sustituyó en segundos por la lengua. El sabor dulzón, carnal, de Chlóe le llenó la boca con un sonido de satisfacción. Bombeó la sinhueso un par de veces en el estrecho canal para extraerla y pasearla por la hendidura, lamiendo los labios y el perlado y sensible clítoris…—. Petit Choux, sabes tan dulce que podrías picarme los dientes —articuló, irguiéndose para tomar la boca de Chlóe en un beso de aquellos lobotómicos. 

Abdicó, Jesús, Chlóe renunció a la frialdad, al desaire bajo el bendito y a la par maldito yugo de la lengua de Válerie taladrándole el coño. Las botas en sus piernas crujieron al encoger los piececitos y temblequeó con fuerza en el instante en que la sinhueso lamió, le sorbió los labios pasando por encima de su henchido clítoris. Al haber cerrado los ojos no la vio abalanzarse sobre su boca y, cuando la tuvo encima, en contacto directo, la paladeó paliando la sed, la sed que tenía de Válerie, la sed de ella misma deseándola.

Aquellos sonidos húmedos de las bocas acoplándose al de las manos de Chlóe rebotaban en las paredes. Los producían los dedos de Válerie trabajando en el trémulo y excitado sexo, sin penetrarlo, solo friccionando el clítoris, acariciando los labios, tanteando el orgasmo…  

Chlóe paró la orgía de lengua, labios y dientes que se estaban dando entre sus bocas para lloriquear las primeras sacudidas del clímax; eran solo un aperitivo para lo que sabía que estallaría en sus sistemas tras la cuenta regresiva que ya se había iniciado.

—Val… Val… —gimoteó, usando, como siempre, el acrónimo con el que se dirigía a ella. Desde la partida había castigado a su cuerpo con ni siquiera autosatisfacción, pues en las dos ocasiones en las que lo había intentado, Valérie asaltaba su mente, torturándola.

—Cariño me, yo… yo…

—Lo sé, vas a correrte, petit choux —afirmó Válerie, sobrevolando la boca de ella, compartiendo el poco oxigeno que habían dejado al besarse—. Y hoy salpicarás —dijo, antes de intensificar la fricción, el vigor de la caricia, focalizándola en el clítoris.

Chlóe abrió los ojos sumergidos en una nebulosa y la miró, todo y viéndola borrosa se esforzó para no cerrar los párpados. Un quedo sonidito antecedió al largo y estruendoso chillidito acompañado por el squirt. Millones de gotitas y largos chorros de deseo brotaron de su coño, que barboteó como el agua hirviendo en una tetera. Tras el orgasmo, y como siempre, la tensión se tornó languidez y su respiración en un traqueteo jadeante.

Valérie mantuvo la mano sobre el clítoris, estimulándolo todo y, entretanto, Chlóe se deshacía contra sus dedos, salpicándola, asperjando incluso el suelo. Anteponiéndose a la flojera movió el brazo libre y la sostuvo por la espalda, aprovechando para vencer su frente sobre la de ella, regodeándose en silencio de cada uno de sus soniditos y de los espasmos que la zarandeaban.

Tu dis je t’aime comme un caméléon[1] —resolló Chlóe, mencionando el motivo por el cual se había marchado, el mismo motivo que había inspirado el cuadro sobre el caballete… 

Autora: Andrea Acosta.    Texto corregido por Silvia Barbeito.


[1] Tú dices «te amo» como un camaleón.