Después del baño

Te llevaría a un gran baño, donde te pediría que te desvistieras para después taparte los ojos, guiarte hasta la bañera y prevenirte «cumple con todas mis órdenes y todo será más divertido». Asientes con la cabeza. Oyes como van apareciendo al menos cuatro figuras femeninas y risueñas a tu lado, notas el tacto de una esponja y como el jabón recorre tu cuerpo. Suave y delicadamente empiezan a frotar tu cuerpo, como si del baño de un dios se tratara, no sabes donde estoy pero solo me he alejado lo suficiente para que ellas hagan su trabajo.

De manera furtiva sientes como alguna se lleva tu miembro a la boca y juega solo un poco con la punta, siseas, siguen con tu baño, no dejan ningún rincón de cuerpo sin frotar. Cuando han acabado te sacan de la bañera y te ponen un batín, me acerco a ti, te beso en el cuello y te quito la venda. «¡Ven! Ahora empieza lo bueno».

Te guío hasta una sala que tiene en el centro una cama redonda y un foco que la ilumina con intensidad, a su alrededor hay juguetes de todo tipo (potro, cruz de San Andrés, látigos, dildos…). «Sé que piensas que esto es para ti, pero aún no». Nos besamos, llaman a la puerta y aparece una mujer completamente desnuda, tiene ese cuerpo que pide a gritos ser usado y una mirada de deseo, ella solo tiene una orden «dejarse hacer lo que tú quieras».

Os guío hasta una cama algo mas modesta de la sala y te doy tu orden: «No puedes gemir» (puedes gruñir, gritar o insultar pero nada de gemidos) y llevo la cabeza de la chica hasta tu miembro. Mientras yo me siento en un diván desde el que puedo controlar que ambos cumpláis con vuestro cometido.

«Te llevaría al baño».

No me quitas los ojos de encima mientras te hundes en cada uno de sus orificios, gruñes cuando ella hace unos movimientos de cadera que te facilitan la entrada (esta tan apretada que parece virgen) aunque por cómo se mueve es bastante experimentada. Yo que tampoco aparto la visto deslizo mi mano hasta mi intimidad y mis dedos juguetean, los llevo a mi boca, los lamo con deseo y los vuelvo a llevar a mi intimidad, sigo con mi juego pero a ella se le escapa un gemido que te hace perder el ritmo de embestidas y le tapas la boca para que se calle.

Ves como me retuerzo en el diván, quieres venir y terminar conmigo pero antes de que termines de pensarlo te corres sobre ella y yo paro de masturbarme. Parece que todo ha acabado. Sin embargo en ese momento se abre de nuevo la sala y entran hombres y mujeres desnudos y preparados, una de las chicas nuevas te esposa por delante y te lleva a la cama central; yo me reúno contigo en la cama.

Nos arrodillan a ambos, un hombre se pone de cuclillas tras de mí y azota mis pechos sin piedad, es solo último que ves porque la mujer que te ha esposado se coloca delante tuya y abriendo sus labios empuja tu cabeza para que la devores con lujuria. Eso haces, tu lengua juega con su clítoris, intenta hundir lo mas profundo posible en su vagina pero su vello púbico te impide respirar y cuando te apartas para coger aire ella se enfada y te aparta con desprecio para largarse.

Lo primero que ves es cómo ese hombre me tiene sujeta del cuello, aprieta bastante mientras azota mi clítoris y lo masturba, te insta a que te unas a él, yo te niego con la cabeza y él te provoca «¡Vamos! Acaso no sabes que hacer con ella?». Cuando te acercas todo se apaga y solo queda la luz de la cama central, saltan los extintores pero en lugar de agua sale un líquido rojizo y acuoso que resbala por nuestra piel.

Todos se marchan, antes de irse la chica que te había despreciado nos deja una daga a cada uno «¡Zorra!», le gruñes mientras ella se ríe. Son de plata con grabados en latín (Si vis pacem, para bellum) tu sigues esposado y yo estoy dolorida. Nos miramos, solo quedamos tú y yo. Suena una voz por el altavoz «nadie sale ileso» miramos cada uno su daga, sabemos cuál es nuestra orden, pero… ¿queremos hacerlo? ¿El otro lo hará antes? ¿Puedo fiarme de ella?