La expareja

Era una noche fresca para ser primavera, pensó mientras tiritaba. Llevaba un vestido largo, vaporoso, de esos que están pensados para estar a treinta grados y bajo el sol. Sintió bajo la tela el roce de sus piernas; siempre se frotaba las piernas cuando se sentía nerviosa. Las encontró suaves y reconfortantes.

Abrió el portal y entró en casa. La súbita calidez la recorrió por dentro con regocijo. Entró en casa, se dirigió a su habitación, arrojó el vestido al montón de ropa que se elevaba sobre la silla y se tumbó boca arriba en la cama.

El alcohol empezó a hacer efecto. No era que nada le diera vueltas, pero de repente notó unas ganas feroces, acuciantes, de no dormir sola esa noche. Cogió su móvil y, casi sin darse cuenta, marcó un número al que hacía meses que no llamaba. Su ex.

No tuvo que esperar mucho. Al cabo de un rato él le escribió un mensaje. Se tapó con un albornoz y fue a abrir la puerta.

Estaba como siempre. El pelo negro, quizás un poco más largo de lo que ella recordaba, se le arremolinaba sobre el cuello. Los ojos la miraban con una mezcla de diversión y desafío, y una media sonrisa burlona le bailoteaba en el rostro. Sin detenerse a pensar, tiró de él agarrándole la camiseta y lo atrajo contra ella. Sentía los huesos de sus caderas pegados a los suyos.

-¿Y esto? – susurró él en su oído, la voz ligeramente ronca.

-Solo por esta noche – respondió en el mismo tono.

Él le desabrochó el albornoz y deslizó la mano sobre su cuerpo. Se sintió estremecer mientras él la empujaba, con ese aire de confianza en sí mismo que tanto le gustaba, contra la pared. Le desabrochó los pantalones y él le deslizó los labios desde el cuello hasta la clavícula. Soltó un jadeo ronco, un sonido que antes no se habría creído capaz de emitir. Los pantalones cayeron al suelo con un sonido metálico; el cinturón, pensó. Dejó escapar una risa sofocada y le enredó los dedos en el pelo mientras le rodeaba con las piernas.

Ex
El alcohol hizo su efecto y escribió a su ex. | Imagen: Pixabay.com.

Él levantó la cabeza y la besó. Fue un beso lento y largo; ella se deleitó sintiendo sus dedos recorriéndole la entrepierna. Cuando se separaron lo miró a los ojos, unos ojos grandes y castaños que seguían pareciendo divertidos por la situación. Sin mediar palabra, recorrió su cuerpo con la boca hasta llegar a la ingle, donde depositó un beso muy breve, casi tierno. Con un gemido volvió a agarrarle el pelo, esta vez con más fuerza, y le dejó hacer. Cuando se levantó de nuevo le temblaban las piernas. Lo llevó a la habitación y dejó que se tumbara en la cama.

Se colocó a horcajadas sobre él, mirándole a los ojos mientras se movía. Le forma en que la miraba…; bueno, no era exactamente amor – en teoría ya no estaban enamorados – pero creyó sentirse explotar bajo aquella mirada de extasiada adoración. Él le puso la mano sobre las caderas para guiarla y, mordiéndose el labio, dejó caer la cabeza hacia atrás. Ella se inclinó para tocarle el cuello, los hombros, la clavícula. Finalmente, y con un último gemido de placer, terminaron. Ella se apartó y se tumbó junto a él, boca arriba, exhausta.

-¿Qué tal? – preguntó él, mirándola expectante. Parecía cansado. El pelo se le pegaba a la frente por el sudor. Ella le acarició el abdomen con cariño, sintiendo cómo sus músculos se tensaban bajo el contacto. Le dio un beso en el cuello, y él se estremeció.

-Bien – le dijo – supongo que este nunca fue nuestro problema – le posó una pierna encima, y él le acarició la parte interna del muslo.

-No – respondió él, sonriente – supongo que no.

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