De viejo también se aprende: las pajas (IV)

En una sola oportunidad tuve sexo desenfrenado, y fue cuando realmente sentí que debutaba sexualmente con una chica, esta chica era una empleada de mi papá, que se pagaba los estudios de la academia de peinados que él tenía. Por carecer de dinero, aceptaba trabajar en los quehaceres de limpieza en nuestra casa y de ese modo pagaba sus estudios en la academia.

Esta chica se llamaba Estela y en una oportunidad en que mis papás con su esposa se fueron a Buenos Aires me quedé con ella toda una semana y me la recontra cogí. Es así que, en una noche de amor desenfrenado con ella, pude cogérmela por lo menos 11 veces en el término de 24 horas, que estuvimos cogiendo en la cama. Dato que obtuve no por el deseo narcisista de sentirme un súper hombre, sino porque lo averigüé al contar los forros usados que había en el piso a la tarde siguiente. Era un joven fauno, pero no boludo como para dejarla embarazada en esos días.

Solo la oportunidad y las hormonas, me hacían burlar esos preceptos religiosos. Solo me sentí liberado de dar rienda suelta a mis deseos de echar las leches la vez que me casé, donde pude finalmente tener sexo tantas veces como yo quisiera o mi señora aceptase. Nunca se negó, pero tampoco fue una dama excesivamente necesitada de sexo. Después, mucho después, empecé mientras cogía con mi señora a disminuir ese deseo incontenible de acabar en cuanto pudiese, pues naturalmente yo era capaz de acabar a los pocos minutos de serruchar en la concha de mi señora, y me di cuenta que ella al principio se quedaba colgada cuando yo ya había acabado.

Fue así como conscientemente empecé a tratar de tener control sobre mis eyaculaciones, que siempre eran a los pocos minutos de empezar a coger. Y esto tiene su explicación: cuando uno se inicia en el sexo, lo hace a través de las pajas, y lo único que se le ocurre cuando se es un joven aprendiz de pajero, es lograr el orgasmo tan rápido como sea posible. Lograr el orgasmo es la meta, la duración para llegar a este es más bien un contratiempo.

El tiempo del orgasmo era clave entre los dos. | Imagen: Xphere.com.

Tan es así que, más de una vez intenté llegar al orgasmo sin necesidad de tocarme la pija, es decir, acabar solo con el esfuerzo mental. Por más que lo intenté, no lo logré, pero en una ocasión, estando en el baño sentado y luego de cagar, me puse a intentar una vez más ese malogrado esfuerzo de acabar sin tocar y por más esfuerzos mentales que hacía, finalmente el orgasmo no llegaba, pese a que estaba excitadísimo como una locomotora a toda velocidad. Agotado por el esfuerzo, sin haber logrado el orgasmo, me dije, «voy a ver cuál es la mínima cantidad de meneos que necesito para acabar».

Ahí la cosa cambió notablemente, me agarré la pija que hasta ese momento casi hervía de calentura, y con mucha suavidad le corrí el forro para atrás, lo volví lentamente hacia adelante sintiendo ese roce aumentado mil veces y el morro de mi pija a punto de estallar. Fueron necesarios apenas cinco suaves meneos en la cabeza de mi pija, para que me viniera un intenso orgasmo, tan fuerte como el que estaba esperando sin las manos.

Fue glorioso orgasmo, solo ligeramente desteñido, porque por ese tiempo, todavía no era capaz de emitir leche, solo me salían un par de cristalinas gotitas por la punta de la pija. Después, casado, uno busca darle placer a su pareja, y yo me esforzaba en prolongar mis tiempos de culeo, retardando tanto como fuese posible la venida de mi orgasmo. Tantos años de pajero solitario habían hecho de mis orgasmos algo perentorio, es decir, tenerlos lo antes posible, y ahora era justamente al revés.

Quería retrasar tanto como fuese posible la venida del orgasmo, y de ese modo, darle el placer necesario para que mi mujer fuera ascendiendo en subir su propia venida de orgasmo. Descubrí que ella no era capaz de tener orgasmos vaginales, sino solamente orgasmos del tipo clitorianos, es decir, ella lograba tener unos orgasmos increíbles, pero solo a través de tocar su clítoris y mostrarme que era capaz de tener desde tres, hasta cuatro orgasmos increíbles, de los cuales suplicaba que no siguiera hurgando su concha porque ya no resistía más.

A pesar de ello, disfrutaba el contacto vaginal con mi verga y yo hacía todo lo posible, para prolongar ese contacto. Todo lo que pudiera, debía hacer verdaderos esfuerzos para mantenerme sereno y evitar la posibilidad de acabar como un cochino, antes de que ella quisiera, que me detuviera en fregarle su concha con mi pija.

Definitivamente, ella acababa con mi lengua en la mayoría de los casos, y casi siempre con mis dedos untados en saliva sobre su clítoris.
Me maravillaba sentir cómo sus tres o cuatro orgasmos la sacudían como a un pelele y la dejaban prácticamente desmayada de placer. Me provocaba un genuina envidia sentir de ella esos terribles orgasmos que yo ni siquiera podía soñar en tener.

Me esforzaba en prolongar mis meneos, sin tener que llegar a caminar por la cornisa, quería tener el control total de esas jornadas de sexo con mi mujer. Entonces cuando sentía que me venía la «catanga» es decir las ganas de acabar, trataba de distraerme abriendo los ojos y mirando los detalles de la cama o de la habitación.