Conocimiento (I)

Dicen que no es posible obtener el conocimiento sin, al menos, una pizca de dolor. Ahora puedo decir que es cierto. Lo sé. Mi ano es fiel testigo de ello.

No me atrevo a tocármelo. Aunque han pasado ya varias horas desde la última follada, todavía lo noto dolorido, palpitante, demasiado dilatado. Lo imagino enrojecido, hinchado, cubierto aún por la fina pátina del lubricante que la gloriosa polla que ha acogido no fue capaz de llevarse.

Y sonrío. De satisfacción, de alegría y, por qué no decirlo, también de orgullo. Nunca creí que sería capaz de hacer lo que he hecho. Y lo que me han hecho. Pero lo he sido. Y me ha gustado. 

El hombre está tendido en la cama, a mi lado, durmiendo plácidamente. Debe rondar el metro ochenta, de piel morena y pelo negro, fibroso, masculino, bien dotado. No sé cuál es su nombre; nunca he tenido derecho a saberlo. Fue ella quien lo escogió, atendiendo únicamente a sus gustos y preferencias, a través de métodos que desconozco por completo. Quizá sea uno de sus compañeros de trabajo…

El conocimiento requiere preparación.

Puede que lo conociese en una de las invitaciones a cenas, cursos y congresos que, por su profesión, recibe con frecuencia y acepta con gusto… O, tal vez, optase por alguna de las muchas aplicaciones móviles creadas para satisfacer sin complicaciones nuestras ansias de sexo. Da igual; ese fue nuestro trato. Y es algo que no me preocupó. Tras casi diez años juntos, desde nuestros respectivos veinte, confío lo suficiente en ella como para saber que, en materia de placer, pocas veces se equivoca.

Esta vez no ha sido una excepción. 

Ella descansa un poco más abajo, en la mitad inferior de la cama. Respira con suavidad, un poco encogida para protegerse del frescor del amanecer que eriza el vello de su cuerpo desnudo, todavía abrazada a las piernas del hombre. Su cabeza descansa sobre su pubis; con cada nueva exhalación, el vello de él se agita en dirección opuesta, y, al tomar aire, parece que la polla flácida, ligera y maleable ahora, se mueve hacia sus labios, de los que la separa sólo un centímetro de vacío. Unos labios todavía arqueados, brillantes por el semen no tragado que se ha secado sobre ellos, en los que, aun en sueños, pervive la sonrisa de satisfacción por el placer que ha dado y recibido.

Me gusta verla así.

Y, para mi sorpresa… También me ha gustado verla en brazos del hombre.

Cierro los ojos un instante, llevo mi mano a mi propio falo y, mientras lo acaricio con la yema de un dedo, evoco las imágenes de lo que ha acontecido hace tan poco. El mensaje de mi mujer, autorizándome a volver a casa tras una hora de espera, mientras realizaba los preparativos… Las velas encendidas, desprendiendo un aroma a flor de azahar que me recibió en el descansillo de nuestro séptimo piso… Los dos de pie en el centro del salón, una frente al otro, calibrándose sus deseos con sus miradas, incapaces de llevarse a la boca las copas de champán…

Vuelvo a excitarme. Lo noto. Y la reacción de mi pene corrobora esa sensación.

Fue ella quien inició la magia, llevándonos de la mano a la habitación. Ninguno articuló palabra. Ni él cuando ella le devoró a besos, ni yo cuando él me comió a mí, ni ella mientras se arrodillaba y abría nuestras braguetas, viéndonos gozar a los dos con nuestro cruce de lenguas. Fue su polla la primera que engulló, y la saboreó a conciencia, apretándola hasta lo más hondo de su garganta, bebiendo cada partícula de jugo. Fue una mamada a conciencia, tan intensa que, por dos veces, él se sobresaltó y mordisqueó mi labio, acosado por tremendos espasmos.

Luego me tocó el turno a mí. Su lengua recorrió mi polla una y otra vez, con sus ojos clavados en mi rictus de placer, al tiempo que su mano desaparecía bajo su ropa. Imaginé sus dedos presionando suavemente ese clítoris que tan bien conozco: grande, protuberante, como dotado de latido propio… A nuestro lado, él se desnudó y, acto seguido, me desvistió a mí también. Luego se arrodilló junto a ella y, tras intercambiar un rápido beso, ocupó su lugar.

Su conocimiento era nuestro placer

Mi polla, inflada y gozosa dentro de su boca, me abrasaba tanto que creí que iba estallar… Y lo mismo temo ahora, mientras rememoro cada detalle.

Como maestra de ceremonias esta noche, fue ella quien marcó las reglas del juego. Me ordenó que me tumbase a un lado de la cama, ajeno al juego que se avecinaba, y que mirase.

Sólo eso.

Que mirase y me masturbase.

Empecé a hacerlo mientras él le quitaba la camisa y la falda, mientras le retiraba los tacones, mientras le arrancaba el sujetador y las bragas… Aumenté el ritmo cuando ella se puso a cuatro patas y le ofreció su sexo, tan mojado y lleno como una esponja… Comencé a sufrir de deseo en el momento en que la polla del hombre horadó su coño, arrancándole a ella una exclamación de asombro y un espasmo de placer. Y a punto estuve de arrancármela cuando, embestida tras embestida, él estuvo a punto de sacarla de una cama ya anegada por su chorreo vaginal, entre aullidos y súplicas de ambos.

Como en aquel instante, estoy a punto de correrme encima, furtivamente, ajeno a ellos. Pero aún puedo aguantar unos minutos más…

Los suficientes para recordar el momento en que ella, incapaz de encadenar más orgasmos, se separó de él y, tendida boca arriba, jadeando, le rogó que aplacase la quemazón que sentía. Con movimientos lentos y precisos, la lengua del hombre recorrió los labios vaginales, ascendió a lo alto del clítoris, se zambulló dentro de la vagina…

Los gritos de placer desesperado dejaron paso a los gemidos y ronroneos, más propios de una gata acariciada que de una mujer próxima a la treintena. Pero esa paz duró poco. De un salto, ella se colocó de nuevo a cuatro patas, como una felina al acecho; tomó el bote de lubricante de la mesita de noche, se lo tendió al hombre… Y le ordenó que lo utilizase.