A través del ojo del cuervo (II)

El prolífico negocio de la venta de esclavos había preñado las frías tierras de un crisol de colores, de tonalidades en pieles, ojos y cabelleras, a la par que de rasgos dispares a los de los oriundos, pero ella, la völva[1] en frente a Viggo, si bien era autóctona, también peculiar. Lo era, pues poseía una inusual melena negra, al igual que las alas de Hugin y Munin[2], que le caía por la espalda hasta la cuna de las caderas, con un voluminoso mechón sobre el lado izquierdo del semblante que ocultaba la zona correspondiente al ojo. Sin embargo, no ensombrecía la forma generosa de unos labios encarnados.

El destino te aguardadictaminó Kraka con su particular graznido. En el cuello lucía un torque[3] cuyos extremos estaban enlazados por dos pequeños cráneos de polluelos de cuervo bañados en plata. Sendos picos apuntaban a la magnificencia de los senos. Caminó con los pies descalzos sobre el suelo de tierra batida, aunque alfombrado de pieles. Pasó al lado del fuego, paró e izó la diestra señalando la puerta, más o menos tapiada por la alta y cuadrada figura de Viggo digna de un jotun[4]—. Fuera hace frío.

Las runas grabadas a tinta en la piel rasurada a los flancos del cráneo de Viggo se escalfaron, refulgiendo en bermellón, aunque él no se percató. Ignorando por unos segundos a la prudencia y a la desconfianza,  se deleitó en la visión de los pequeños, pálidos y femeninos pies por debajo del vuelo del verdoso særk[5]igual de rajado que el hangerok[6]. Dicho desgarro mostraba parte de las cremosas pantorrillas, justo hasta las rodillas, donde la tela volvía a cerrarse engrosándose en los muslos, estrechándose en la cintura y adhiriéndose al pecho, abarcando la generosidad redondeada de los senos colmados.

Sé lo que quieres, lo que deseas fervientemente—afirmó Kraka. Al chisporroteo del fuego se le unió el goteo de la escarcha desaguándose en el bigote, barba y en la punta de la larga trenza que recogía la gruesa cabellera de Viggo. Finos riachuelos de condensación se escurrieron, sinuosos, por la robustez del cuello, dividiéndose entonces para regarle los abultados pectorales. Alrededor de una de las areolas giraba, tatuada, Jörmundgander[7], mordiéndose la cola, dejándole a ella, a Kraka hacer lo mismo con el pezón—. Y tiene un precio, uno que bien puedes pagar —añadió en cuanto los ojos de Viggo repararon en sus veladas facciones.

Völva… —mascó él. Entró en la casa y cerró la puerta tras de sí. De refilón, Viggo localizó el vǫlr[8] reclinado contra la pared y ni rastro de bancos que sirvieran de cama o asiento. Lo cierto era que, en el pequeño espacio, solo se hallaban el telar y el hogar. «Inusual, demasiado inusual», pensó—. ¿Tú vas a concederme lo que deseo? —preguntó, no lo cuestionó.  Aun con el cayado, desconfiaba de que la mujer ante sí fuera en realidad una hechicera, sospechaba que había más. Era bien sabido por todos que a muchos de los dioses les gustaban las chanzas, tal vez, quizás, esta fuera una más.

—Estás aquí, vivo —graznó Kraka, aún inmóvil, conforme Viggo se le aproximaba. Inhaló el olor que este desprendía, una combinación de masculinidad, sangre del blót, salobridad del sudor, ahumado de la ceniza que le sombreaba los ojos, y también de trazas de madera de roble y acero caliente—. Eso ya es una garantía en sí misma, Viggo Auðunsson —asintió, entrecerrando el ojo. Las pestañas revolotearon, creando una larga sombra en el cincelado pómulo.

—¿Y si me engañas? —murmuró Viggo, que casi compartía el aliento de ella, dada la cercanía. Thor golpeaba Mjolnir[9]  con tanta fuerza como para horadar montañas, mas él chocaría, estrellaría sus caderas contra las de Kraka percutiendo con la verga en lo más cálido del, predecía ya, mojado sexo. Aquella fémina, fuera lo que fuera, lo inflamaba como si por las venas le fluyera aceite en lugar de sangre. Soltó el hacha, que cayó al suelo cortando pelo y piel del animal desollado. Levantó la mano, ya sin arma, y la aproximó al rostro de Kraka, mientras se le pasaba por la cabeza que era posible que el hidromiel que le habían dado antes de adentrarse en el bosque estuviese aderezado con veneno, uno que le tendría emponzoñado el cerebro y le produciría visiones mientras, en realidad, yacía agonizando, sacrificado en la nieve.

—¿Exiges un juramento? —interpeló Kraka, elevando el párpado y mirándolo. Adelantó un pasito, el necesario para pegarse a Viggo y sentir contra el vientre la dureza carnosa y pesada de la verga bajo el pantalón. La respiración se le tornó violenta en los pulmones y le aceleró el pulso. Los pezones se le endurecieron, arañando la tela que injustamente los ocultaba.

«No», se dijo Viggo. Posó la mano en el cálido semblante y frotó la tosquedad de las yemas sobre la suavidad de la femenina piel, confirmando que estaba vivo. El brillo gualdo del torque[10] en su muñeca fue consumido por la oscuridad del ojo de Kraka—. No lo exijo, lo quiero. —De ella dependía concedérselo o no.

Continuará…


Autora: Andrea Acosta. Texto corregido por Silvia Barbeito y dedicado a @Beka_Von_Freeze

[1] En la mitología nórdica, una völva (del nórdico antiguo vǫlva, la que lleva el vǫlr, cayado o vara) era una sacerdotisa, profetisa y mujer sabia.

[2] En la mitología nórdica, Hugin y Munin eran un par de cuervos que por la mañana salían a volar alrededor del mundo para recabar información y, al anochecer, regresaban para informar al dios Odín. Cabe resaltar que Hugin representaba el pensamiento y Munin, la memoria.

[3] Torque de cuello, pieza de joyería popular entre los pueblos celtas y nórdicos.

[4] Gigantes de la mitología nórdica.

[5]Tipo de vestido utilizado por las mujeres vikingas y otras en el norte de la Europa medieval.

[6] Túnica/vestido bajero/interior.

[7] En la mitología nórdica, Jörmundgander o Jörmungandr, también llamada la Serpiente de Midgard.

[8] Símbolo mágico también llamado/conocido como «la brújula vikinga».  

[9] En la mitología nórdica, Mjolnir es el famoso y mágico martillo del dios Thor

[10] En este caso, brazalete, también llamado torque de muñeca, que los nórdicos jarls (equivalente al título de conde o de duque) o konungr (reyes) entregaban a sus hombres más fieles y exitosos como obsequios, recompensas por actos de valentía o semejantes.